Mostrando entradas con la etiqueta Argentina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Argentina. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de julio de 2014

Quedar varados

[pasado el furor mundialista vuelvo a otra de las cosas que me encantan: los viajes. Y mis boludeces relacionadas con los viajes.]

Cuando estamos recorriendo un lugar desconocido, nuevo, placentero, solemos sacar fotos hermosas como para recordar siempre esos momentos de felicidad. Pero esos ratos de alegría y contemplación suelen ser eso, ratos. Más largos, más cortos, pero de ningún modo la totalidad del tiempo viajero. Los viajes también están llenos de otros momentos, situaciones que nos llevan al borde de la locura, de la zozobra y del ridículo. 
Estar de viaje es estar en tránsito, es moverse de un lugar a otro, es querer llegar desde acá hasta allá. Pero algunas veces tardamos demasiado en llegar de un punto a otro, y otras tememos quedar varados, sin poder salir de un "acá" donde ya no queremos (o podemos) estar.
Pues... a mí me pasó varias veces. Algunas viajando sola, otras con mi novio que padeció en carne propia mi histeria. Esos momentos en que no nos detenemos a sacarnos fotos porque sólo queremos teletransportarnos a nuestra cómoda y calentita habitación.

La primera vez que quedamos varados fue en Montevideo. Estábamos acampando en una playa cercana a la ciudad, Salinas, pero habíamos ido a Montevideo para pasar una noche de carnaval en el Club Malvín. Nos lo habían recomendado, viajamos en bondi, dimos vueltas por el barrio bastante perdidos y al final llegamos al club. Lo pasamos muy bien; cuando terminó el espectáculo la gente se fue yendo, y de los colectivos ni noticias. Seguíamos varados y solos en la madrugada, sin un bondi cerca y cada vez con más frío. Nos tomamos un taxi hasta Tres Cruces, la terminal desde donde salían los micros para los alrededores de Montevideo. No les puedo explicar mi nivel de ansiedad y preocupación para ese momento. De noche, sin transporte, con poca plata, en una ciudad desconocida, con frío y sueño. Cuestión que llegamos a la terminal a eso de la 1 de la mañana... y el primer micro salía a las 5. Ya está, no hay nada que hacer. La bronca y los nervios dieron lugar a la resignación y a esperar y dormitar en un banquito toda la madrugada. Una delicia. Llegamos al camping al amanecer. Suena romántico pero no lo fue. 

La vez siguiente fue en un recorrido por la Quebrada de Humahuaca. Después de haber caído en un par de hoteles medio desagradables que habíamos reservado desde Buenos Aires, decidimos que era mejor llegar al siguiente destino y ahí elegir "cara a cara" dónde parar. Lo que no tuvimos en cuenta fue la hora a la que llegaríamos a cada lugar. Todo bien con recorrer y comparar hoteles siempre que uno esté abrigado, alimentado y en un horario más o menos normal. No fue el caso. Cerrábamos el viaje en Salta, y hacia allí nos dirigimos en un bondi desde Humahuaca. Pensamos que demoraría un par de horas, pero nos tomamos el lechero y se tomó más de seis, incluyendo paradas de Gendarmería y revisiones de mochilas en el medio de la nada... Nuevamente, la locura se fue apoderando de mí. Cuando pensé "ya estamos llegando" pusieron una película de tres horas. Me desesperé. Caímos en la terminal de Salta como a las doce de la noche y nos atacó una horda de promotores de hostels ofreciéndonos lugar. Yo, desconfiada, ansiosa y rodeada de desconocidos estaba al borde del pánico. "Estos seguro son todos estafadores". Nos metimos en la terminal y le dije a Sergio "¿por qué no vas a averiguar si hay algún alojamiento recomendado". "Dale, quedate con los bolsos" y se fue. Yo había entendido que iría a alguna oficina de turismo, y lo esperé, y esperé. Me quedé sola, abrigada y abrazando las mochilas, esperando. No recuerdo si no teníamos celular o nos faltaba batería o qué, pero de mi buen muchacho ni noticias. Por mi mente cruzaban las peores ideas: que se perdió y no sabe cómo volver era la más light, que lo habían secuestrado para robarle los órganos era la más trágica. Como a la hora apareció... se había mandado a recorrer Salta (sin mapa ni nada, así, a lo explorador intuitivo) y consiguió un hostel de lo más lindo. Pero claro... para ese momento yo ya era el demonio de Tasmania, la locura personalizada. "Me dejaste sola!! ¿Cómo se te ocurre? ¿Por qué no me avisaste? Estás loco!!!". "Pero nos conseguí un buen lugar". Pobre, le dije de todo menos lindo. Se necesitaron tres días de torrontés, empanadas salteñas y dulces regionales para calmarme.
Es así, sepan que puedo ser muy buena compañera de viajes pero que cuando enloquezco... agarrate.

Otra vez que casi quedo no sólo varada sino también presa fue en Bariloche. Ya nos tocaba volver, y siempre es triste volver de Bariloche. Pero bueno, las vacaciones terminaron. Estábamos con Sergio en la fila para embarcar, a punto de subir al avión, de nuevo a la noche tarde (el vuelo más barato, ejem), cuando ocurre lo más temido. Me llaman por altavoz. 
- Pasajera LauSan, preséntese en el mostrador de check-in, por favor. 
Con mi desconcierto me fui hacia abajo. 
- Bueno, Sergio quedate acá, no te vayas sin mí! 
Llego abajo, pensando que no sé, que tal vez el vuelo estaba sobrevendido y nos pasaban a primera clase o algo así. Me apersono en el mostrador.
- Soy yo, ¿qué pasa?
- Acompáñenos, por favor. 
Dos señores representantes de la autoridad aparecieron de la nada, detrás mío, y me pidieron que fuera con ellos. Y ahí me fui.
- ¿Qué pasa? - yo ya pensaba en llamar un abogado, en recordar mis derechos, en que todo lo que diga pueda ser usado en mi contra, en qué cuernos está pasando. Pero logré quedarme calmada. De a poco estoy aprendiendo a no enloquecer.
- Tenemos que ir a la pista
- ... - noenloquecer, noenloquecer, no-en-lo-que-cer !!!!!!!!!!!
- Usted está viajando con un elemento prohibido en la mochila
- ... - ¡elemento prohibido! ¿Qué elemento prohibido? ¿La navaja? Pero si está bien que la navaja vaya abajo. ¿¡Me metieron drogas!? Nah, si es un vuelo de cabotaje. - ¿Qué elemento prohibido? Esto debe ser un error. - Sí, claro, todos deben decir lo mismo, ¿por qué me van a creer? 
- Usted está transportando una garrafa y no se puede viajar con una garrafa.
- ¡Yo no tengo ninguna garrafa! - Noenloquecer, noenloquecer, noenloquecer ¡pero una garrafa la puta madre eso es re terrorista!
- Acompáñenos a la pista.
Ahí fui, con estos dos buenos muchachos, a la pista del aeropuerto de Bariloche, a la noche, de nuevo a chupar frío. El backstage del vuelo. Las lucecitas de la pista y un montoncito de equipaje esperando para subir al avión.
- ¿Usted es LauSan?
- Sí
- Entonces esta es su mochila, y en su mochila hay una garrafa.
- No.
- Sí.
- ¿Usted es LauSan?
- Sí, pero esa no es mi mochila.
- Pero acá dice "LauSan".
- Sí, pero no es mi mochila. 
- Pero dice "LauSan".
- Pero no es mía. Le dije, esto es un error, yo no vine en carpa, no tengo carpa, no tengo garrafa, no tengo nada.
- Pero tiene su nombre.
- Se habrán confundido. La chica que nos hizo el check-in imprimió como cinco tiritas con mi nombre porque no funcionaba bien la impresora. Le habrán puesto mi nombre a otra mochila.
- ¿Y entonces?
- ¡Y qué se yo!
- ¿Y qué hago con esta mochila?
- ¡Dejela acá, si tiene una garrafa! ¡No la pensará subir al avión!
- Pero si la dejo se queda sin su equipaje.
- ¡Pero que no es mi mochila le dije!
- ¿Y de quién es?
- ¡Qué se yo! - Laputamadre se me va el avión. Si pierdo el vuelo les armo un quilombo y un bruto reclamo y me van a tener que pagar un finde en el Llao Llao. Mínimo.
- Bueno, volvamos, me tiene que acompañar a declarar.
- ¡Pero pierdo el vuelo! 
- Bueno, está bien, la acompañamos a la puerta de embarque, muchas gracias.
- ...

Volví a embarcar, Sergio me estaba esperando, subimos al avión, padecimos las miradas de la gente ("por culpa de estos dos hippies salimos con demora") y me senté. Ahí hice catarsis. "¡Estos hijos de puta pensaron que yo quería volar el avión!". Dije la palabra "bomba" a los gritos, ya pensando que me iban a bajar y meter en cana de nuevo. Volvimos a casa y jamás me enteré de quién era el dueño esa bendita mochila con elemenos prohibidos.

Moraleja: Sin contratiempos, a los viajes les falta algo. 
Moraleja 2: Igual... no enloquecer.

lunes, 14 de julio de 2014

El día después

Se fue el mundial, pasó volando, y nos dejó de todo. Se vendrán los días de análisis del partido, pensar el futuro de la selección, los que sigan protestando porque "nos robaron la final" y los que, resignados, admitamos que estuvimos cerca y que se nos escapó de las manos.

A mí, en lo personal me dejó muchos nuevos seguidores en twitter (que probablamente se vayan cuando me vean tuiteando en la vida normal). Me dejó hermosos momentos familiares, deliciosas picadas, partidos con amigos, comentarios en los grupos de facebook y whatsapp, polémicas sexistas, inspiración para la escritura y festejos callejeros. Me dejó un pequeño triunfo en el Prode. Me dejó un mes para no olvidar.

Tenemos miles de momentos para atesorar. Las derrotas tempranas de campeones y las insólitas victorias de equipos sorpresivos. Goles hermosos, atajadas memorables, arbitrajes ridículos y eliminaciones injustas. Nuevas estrellas que brillan mientras otras se opacan. Lágrimas de dolor, de nervios, de derrota y de miedo. Y también de alegría.

Disfrutamos los cantos, el color, las entrevistas bien hechas, la emoción de los jugadores, disfrutamos sentirnos un poco más cerca de cada uno de ellos. Padecimos y seguiremos padeciendo a los que piensan el fútbol como una verdadera guerra. A los entrevistadores sin sentido común y a los que bajan línea moral. A los que piensan realmente que la naturaleza de un país se expresa en cómo actúan sus hinchas y que las tapas de los periódicos definen lo que siente una nación. A los que interpretan políticamente lo que pasó en el mundial: que nos merecemos la derrota porque "somos así", los que creen que llegamos lejos por el bienestar del país y los que piensan que quedamos afuera por nuestra debacle económica. En fin...

Vuelve la selección y la aplaudiremos. Y después volveremos a sumergirnos en la rutina sin mundial, en el fútbol local, en las puteadas a barrabravas y dirigentes, en la pasión y en el tedio cotidianos. Los hombres argentinos seguirán lesionándose en picados con los amigos y juntándose a las once de la noche a jugar en cualquier canchita. Los pibes argentinos seguirán soñando con ser futbolistas. Ojalá, en lugar de reclamar a los jugadores por lo que no hicieron, aprendamos a "poner huevo" en lo que hacemos nosotros, aspiremos a ser mejores en lo nuestro, y en lugar de pedirle a los dioses que sean dioses, recuperar su lado humano.

El fútbol expresa lo mejor y lo peor de la vida: la pasión, el peso del azar, el cansancio, la garra, el poder del talento pero también sus límites, la fuerza del paso del tiempo, la ilusión más infundada, lo justo y lo injusto, los momentos de gambeta y poesía y los de violencia y bronca. Lo efímero de la alegría y lo profundo de las tristezas.
Por eso nos enganchamos, nos apasionamos, nos comprometemos, por eso nos bajoneamos cuando perdemos. Pero a los pocos minutos lo seguimos mirando y volvemos a alentar.

jueves, 10 de julio de 2014

Hoy te comés el mundo

[post escrito luego de sufrir, de gritar, de salir a la calle a celebrar eufórica, de hacer chistes sobre Mascherano en Twitter y con una manija tremenda.]

Ya veníamos diciendo que Brasil 2014 era un mundial maravilloso. 
Fase de grupo con goleadas, muchos muchos goles por todos lados. Costa Rica saliendo primero en el grupo de la muerte. El campeón vigente, y el anterior, volviendo a casa en fase de grupos. Los pibes de Colombia bailando deliciosamente en cada festejo de gol. Suárez volviendo de su operación de rodilla y metiendo dos golazos. Y arruinándolo todo con esa mordida al tano. Y siendo exageradamente castigado por la Fifa, en una de las grandes (y no únicas) injusticias del mundial. Partidos con árbitros sospechosamente parciales, goles en contra, arqueros maravillosos. Situaciones horribles, lesiones zarpadas y apenas sancionadas. Penales que no fueron. Definiciones en el último minuto.
La goleada de Alemania a Brasil.

De a poco, muy de a poco, le fuimos tomando cariño al equipo. Messi le tapó la boca con sus goles a todos los que desde hace años lo bardean, dudan de que sea un grande, lo creen sin sangre en las venas. Los demás se jugaron todo, para demostrar que no dependen de un genio, que son grosos ellos también y que ponen todo el huevo y el corazón que haga falta. Sabella, con su pachorra y su falta de carisma demostró que se puede, porque a la hora de la verdad cuentan la inteligencia y el talento. No golean, no siempre gustan, no sé si darán miedo pero imponen respeto. 
Y los vemos ser felices. Es hermoso verlos disfrutar, abrazarse, contenerse, darse aliento unos a otros, bajar del micro cantando, gritar y llorar a más no poder cuando suena el pitazo final. De a poquito, paso a paso, fueron construyendo un sueño.

Ya decíamos que nuestra generación lo merecía. Pero con merecerlo no alcanza. Brasil siempre quiere ser campeón, siempre quiere ser más grande, inalcanzable... y quería lograrlo en su casa. Holanda tiene la sangre en el ojo porque no logran ser potencia mundialista a pesar de su poder. Alemania está cansada de mirar la final desde el tercer lugar. 
32 países llegaron con este sueño. 
Sólo 2 jugaremos la final. 

Hoy empieza a nacer una leyenda. Nuestra leyenda, la de nuestra generación. La leyenda de los pibes que se comieron la cancha. Messi cada vez más eufórico, hasta enojado, desesperado por ganar. Las definiciones de último minuto. Higuaín golpeándose el pecho cuando al fin logró su gol. Las lesiones de Agüero y Di María. Los chistes de Lavezzi a Sabella. Rojo despejando de rabona, metiendo un gol con la rodilla, haciéndole un caño a Robben. La sangre de Zabaleta jugando remendado la semifinal. Romero tapando dos penales. Y Mascherano... Mascherano, que nos hizo temblar de miedo cuando se desplomó en el campo, y que luego jugó como si nada hubiera pasado. Que organizó al equipo desde el principio, que defendió hasta último momento, que recuperó las pelotas que él mismo perdía. Y que le dijo a Romero la frase del año, de la década, del siglo: "Hoy te comés el mundo. Hoy te convertís en héroe".

No importa que enfrente esté Alemania. No importa lo que pase el domingo. No nos achicamos ante nadie.
Hoy se convirtieron en héroes.

[foto publicada en el Facebook de Javier Mascherano]
---------------------------------------------------------------------------------
[y porque creo que ya es hora de dejar de cantar sobre Maradona y Cannigia, acá mi sugerencia de actualización de la letra del hit mundialista.]

♬ ♬ Brasil decime qué se siente
QUE ARGENTINA ESTÉ EN LA FINAL
te juro que aunque pasen los años
nunca nos vamos a olvidar

QUE MASCHE SE DESMAYÓ
ZABALETA SE ROMPIÓ
QUE ROMERO DOS PENALES ATAJOOOO

A MESSI LO VAS A VER
LA COPA NOS VA A TRAER
ALEMANIA CEBOLLITA VAS A SEEEER ♬ 

domingo, 6 de julio de 2014

24 años después

Yo tenía tres años cuando Argentina salió campeón en el '86. Lo que sé y recuerdo de ese mundial es por todo lo que ví después, por lo que escuché y leí, por lo que me contaron.
Siete años tenía cuando Argentina llegó a la final en el '90. Recuerdo mirar los partidos, recuerdo el sufrimiento de los demás con los penales, recuerdo a las mujeres enamoradas de Goycochea (sí, también pasó en ese momento). Recuerdo, por supuesto, la canción del mundial. Algo que no alcanzaba a entender era por qué estaban todos felices cuando eliminamos a Brasil, si yo veía en la tele a la hinchada brasilera llorando por la eliminación y me sentía triste por ellos... Recuerdo que salíamos a festejar a la calle con cada triunfo, nos encontrábamos celebrando en el centro de Merlo con las maestras y con mis amigas de clase, gritábamos cantitos contra Brasil y contra Italia. Recuerdo la bandera alemana en el centro de la cancha al final del último partido, recuerdo a Maradona llorando. Y esa fue la última vez, hasta ahora, que llegamos a estar tan cerca.

Muchos dicen que la vida es eso que pasa entre mundial y mundial. Para muchos, una vida entera nos pasó entre semifinal y semifinal. 24 años. 24 años cantando que volveremos a ser campeones como en el cada vez más lejano 86. 24 años viviendo de glorias pasadas, viviendo del gol de Cannigia a Brasil, rememorando con una nostalgia tanguera las atajadas del Goyco. En aquella época Neymar ni había nacido, y sin embargo osamos cantarle que va llorando desde Italia hasta hoy, cuando su país, que recuerde, ganó el mundial dos veces después de eso... y nosotros nada.
A pesar de todo, cada cuatro años renovábamos la ilusión, nos esperanzaba el rendimiento de los jugadores en Europa, nos agrandábamos con los triunfos de las selecciones juveniles, se nos inflaba el ego nacional y creíamos que podíamos contra todos. Le cortaron las piernas al Diego, nos rajó Holanda en el 98, nos volvimos en fase de grupos en el 2002, nos bajoneamos con esos malditos penales contra Alemania y volvimos a sufrir sus cuatro puñaladas letales en 2010. No pasábamos de cuartos. De golpe, la ilusión acumulada se transformaba en frustración y en puteadas contra técnicos y jugadores. Volvíamos a mirar la fase definitoria desde afuera y quedaba en evidencia que no éramos tan buenos como creíamos ser. A seguir recordando glorias pasadas, cada vez más lejanas y más ajenas para los nacidos en los '80.

Entre todos los nenes que salíamos a festejar por los rincones del país en el '90 estábamos los que ahora vemos este Mundial sintiéndolo nuestro. Sintiendo que ahora podemos tener memorias propias y dejar de vivir de los recuerdos de nuestros padres y hermanos mayores. Todos esos nenes, que ahora tenemos un poco más o un poco menos de treinta años, tenemos nuestras vidas, nuestras profesiones, nuestros proyectos, algunos incluso nuestras propias familias e hijos, nenes tan chicos como éramos nosotros en aquellos momentos de esplendor deportivo. 

Entre esos nenes había unos pibitos que ni debían pensar que iban a dedicar su vida a un deporte que en ese momento sólo era un juego... ni en sus mejores sueños estarían tan felices como estaban ayer, celebrando en el estadio como si fueran un hincha más. Seguro ni imaginaban que nos estarían ilusionando a otros otra vez, hoy, veinticuatro años después. 



(fotos descargadas del Facebook oficial de Messi)

sábado, 3 de mayo de 2014

La venganza de Moctezuma

[Advertencia: de un post como este no hay retorno. Ya puedo hablar de cualquier cosa]


[Ya saben que aquí encontrarán cosas que en blogs de viajes y programas de tv ni se insinúan. Dudo que Iván de Pineda toque estos temas en sus programas. Marley capaz que sí.]



Según mi amiga argento-mexicana, "La venganza de Moctezuma" es el nombre chilango para referirse a enfermedades (particularmente estomacales) que le agarran a los extranjeros (especialmente españoles) que visitan México: ¡Ja! ¡Invasores! ¡Si son tan guapos bánquense estos chiles picosos!


Así descubrí que tengo el privilegio (?) de haber sufrido la venganza de Moctezuma (y también sentí el poder de Chaac, como habrán leído acá). Es una manera prolija de describir ese momento horrible, y tremendamente papelonero aunque se lo lleve con elegancia, de la llamada "diarrea del viajero". Qué porquería. El consejo que te dan siempre es: no tomar agua a la que uno no está acostumbrado, cuidarse en las comidas, no entrarle con desesperación al morfi exótico, porque el cuerpo de viaje tiene extraños comportamientos. Pero no, Laurita no aprende. Se entrega a las delicias gastronómicas y luego paga las consecuencias.


Papelón adolescente


De adolescente solía pasar parte de mis vacaciones en Villa Gesell con una amiga. Ah, qué lindo, tener 16 y que todas nuestras preocupaciones fueran playa - cena - boliche, así durante muchos días. Fantástico. En aquella época ninguna de las dos andaba con cámaras de fotos a cuestas, y esto da cuenta de que mi adolescencia quedó lejos, lejos. En estos tiempos de selfies compartidas al instante con el mundo entero, lo confieso: viví en el siglo XX. Aún así, en mi memoria guardo recuerdos memorables de esas vacaciones plagadas de carcajadas, de conversaciones filosóficas, de clases de aerobic y partidos de voley, y de mates en la playa al atardecer. Ah, qué lindo. Qué lindos los mates con churros. Qué lindo comer churros mientras relojeábamos el desfile de churros que paseaban por la playa. Qué ricos los churros rellenos de Gesell. Qué bueno que éramos flacas y podíamos bajarnos una docena de churros sin engordar. Ay, los churros. 

¿Cómo lo puedo decir de manera elegante? Los churros... me cayeron mal. 
Me drogué con todo lo que tenía a mi alcance, la mamá de mi amiga me curó el empacho, durante 24 horas sólo dormí y comí galletitas de agua, mientras sufría en silencio la humillación de que toda la familia (o sea, el hermano lindo y mayor de mi amiga) supiera lo que me pasaba. 
Pasaron muchos años y jamás volví a comer ese horror de la gastronomía playera llamada churro relleno. Vade retro Satanás. 


Papelón recién graduado


Cuando terminé la facu sentía que pesaba muchos kilos menos. Ya no más finales, no más trabajos, no más preocupaciones. Tenía por delante un mundo de éxito (?) y para celebrarlo nos fuimos con mi novio a unas despreocupadas vacaciones por Salta y Tucumán. Hermoso recorrido, tres semanas por los Valles Calchaquíes desenchufan a cualquiera. Y la gastronomía salteña es... no sé, deberían declararla Patrimonio de la Humanidad. Pasamos los primeros días en la ciudad de Salta (insisto: recomendadísima) y una tarde nos fuimos a San Lorenzo, un lugar muy lindo con río y montañas en las afueras de la ciudad. Mención aparte para las deliciosas y enviciantes empanadas salteñas. Enviciantes es la clave. Aceitosas es la segunda clave. Nos mandamos una docena de empanadas entre los dos, y todo bien.

Ese día todo bien, pero tenían efecto retardado. En esta ocasión, el efecto "churros de Gesell" me agarró en la madrugada, en Cachi, de campamento, después de guitarreada con vino tinto con otros hippies del camping, sin madre de amiga que cure el empacho ni botiquín con Sertal a mano. Desastre. Mi novio me vio la cara de zombi pseudoresucitado a la mañana y me llevó derechito al hospital. Peeeero si sho estoy bieeeen intentaba decir, pero no tenía energía ni para hablar. El médico se moría de risa cuando le contaba todo lo que había comido, calculo que debía estar especializado en turistas empachados de poca resistencia digestiva. 

Consecuencias: excursión del día cancelada, inyección de buscapina, tomar durante 2 días agua mineral con unas sales locas y asquerosas, medio camping enterado de que no podía tragar bocado, una debilidad que durante varios días no me permitió trepar ni media lomadita y un novio que me cuidó y se ocupó de cocinarme arroz con los implementos prestados por los hippies solidarios.

Consejo: MO-DE-RA-CIÓN con las empanadas. Es difícil, pero se puede. Volví a Salta un tiempo después y disfruté de su gastronomía con más tranquilidad y sin grandes sobresaltos. Pero sin bajarme una docena de empanadas, claro. Con una sola (por comida) fui feliz.

Mención especial para el excelente Hospital Municipal de Cachi.


Papelón internacional: La venganza de Moctezuma



¿Para qué entrar en detalles? Sólo puedo contar que mi cuerpecito resistió durante dos semanas los ataques que le propició la gastronomía mexicana... y eso que me moderé porque el picante no me copa tanto. Pero al comenzar la tercer semana las defensas se aflojaron, empecé a extrañar, me sentía rara en una ciudad hostil, y bueno. 

Una hermosa costumbre que tienen los hoteles mexicanos es que en todos, desde el hotelazo top hasta el hostel rasca, tienen una botellita de agua para cada huésped, porque NO-SE-TO-MA el agua de la canilla. Todos los hoteles están preparados, menos ese lujoso all-inclusive de Cancún. Ahí descubrí, también, que los "olinclusivs" sólo incluyen algunas cosas en algunos horarios: los restaurantes y bares cierran, y a las 3 am no hay nada abierto ni nada inclusiv. No tenía agua para tomar mi necesaria buscapina así que no me quedó otra que llamar al servicio de habitación para pedir una triste, dolarizada y carísima botellita de agua mineral. 
Al día siguiente me sentí mejor, y con la certeza de "el tequila mata todo" (!) me dí el gusto de tomar unos buenos margaritas frente al mar. Si vamos a morir, que sea de lujo.


En fin... una descompostura viajera pasa hasta en las mejores familias. Hay gente que lo pasa muy mal, por suerte no fue mi caso, pero ya se sabe que hay que tener cuidado: no exagerar con las comidas locas si uno tiene un estómago sensible, tratar de tomar agua envasada, no comer verduras crudas si no sabemos cómo se lavaron, etc. Igual, es imposible estar al tanto de todo a no ser que uno se vuelva un freak, y no da privarse de gustos: quién se puede negar a un zuco de abacaxi bien natural en una playa brasilera, a unos mariscos chilenos, a unas empanadas salteñas... Hay que disfrutar, relajarse y gozar, o como dicen los viejos, los gustos hay que dárselos en vida. Venganza de Moctezuma: no te tenemos miedo.





miércoles, 23 de abril de 2014

La tecnología, los viajes y yo: una relación fallida

Uno podría pensar que una chica tan moderna como yo (?) está siempre al tanto de las últimas novedades tech, que baja las últimas apps de viajes en su smartphone, que se conecta al wifi en todos lados y tuitea desde lo alto de la torre Eiffel subiendo fotos a Instagram. Pues no. Nada más lejos que eso. No solo soy bastante analógica (dame un mapa de ruta y tirá a la basura ese GPS) sino que además, cuando sí tengo tecnología, pueden pasar dos cosas: o atrasa cinco años, o la pierdo. O ambas.

Papelón tecnológico, acto 1


Nos vamos con novio de vacaciones a Mendoza, verano de 2004. Ya existían las cámaras digitales, pero todavía convivían con las analógicas; nosotros teníamos una de estas últimas. Después de unos cuantos días de recorrida nos dirigimos a la excursión de Alta Montaña: un paseo que te lleva desde la ciudad de Mendoza hasta la frontera con Chile, recorriendo la precordillera, parando en Uspallata para desayunar y luego adentrarse en la majestuosa Cordillera de los Andes... cada curva revela un paisaje increíble y literalmente no dan los ojos para ver todo. En el primer mirador bajamos de la combi y cuando voy a sacar la primer foto... ¿y la cámara? ¿la tenés vos? ¿Dónde está? Buscamos por todos lados y la cámara no aparecía. Estaba en uno de los lugares más lindos de Argentina y no podía sacar fotos... ahí pasaron el Puente del Inca, el Aconcagua, las alturas del Cristo Redentor... una vez pasado el mal humor empezamos a disfrutar del recorrido, pero qué bronca.
¿Y la cámara? Ahí, en Uspallata, cagándose de risa. La habíamos dejado cuando desayunamos. Al regreso paramos a preguntar y la encontramos. Pero los paisajes fotogénicos ya habían quedado atrás.

Este verano volvimos y, ya con cámara digital, me cansé de sacarle fotos a esos paisajes. Por suerte, diez años después, las montañas seguían ahí.

Papelón tecnológico, acto 2

No aprende, Laurita no aprende. Sale de viaje sola por primera vez fuera del país, y ya tiene cámara digital. Es 2008, todavía usa cybercafés en el viaje pero no los visita mucho, hay que hacer rendir la plata que con tanto esfuerzo juntó. Así que nada de perder tiempo subiendo fotos a Facebook, sólo manda unas pocas fotitos por mail a la familia. [abandono la 3° persona porque ya parezco el diego]

Llevaba quince días recorriendo México y llegaba al momento más fantástico del viaje: ir a Chichén Itzá a ver el fenómeno del equinoccio en la pirámide principal (aquí está bien explicadito de qué se trata el asunto). El recorrido turístico en micro sale tempranito de Cancún, pero antes de llegar al sitio hace una parada en el cenote Ik-Kil, donde turistas de todo el mundo (principalmente yanquis) se tiran a nadar. Yo ya había estado en ambos lugares tres días antes, pero el equinoccio es el equinoccio así que vamos de nuevo. Nadar en el cenote es maravilloso, y hacerlo dos veces es mejor aún. Los placeres de la vida... 
Al salir del agua corro al vestuario, me cambio a las apuradas para no perder el micro y quedar varada rodeada de gringos. El micro recorre unos cuantos kilómetros hasta que me doy cuenta que la cámara... la cámara no está. SE ESFUMÓ. Otra vez lo mismo. Déja vu, pero sola y lejos de casa. Y SIN HABER HECHO BACKUP.
Pedí ayuda, llamamos de nuevo a los administradores del cenote, "si aparece te avisamos". En Uspallata recuperé la cámara. Pero no puede ocurrir dos veces el mismo milagro. Mi cámara digital nueva y con mil fotos de todo México quedó ahí, en el vestuario del cenote. Un verdadero sacrificio a los dioses.

¿Cómo terminó el asunto? Compré una cámara "automática" en Chichén Itzá, usé el resto del viaje la cámara de rollo de la anécdota 1 que había llevado por las dudas, los amigos que conocí en el viaje me compartieron montones de fotos que son mi recuerdo de los primeros días... y a la hora del equinoccio se desató la furia de Chaac sobre el sitio, y una flor de tormenta nos empapó. Y sin sol no hay fenómeno de luz y sombra que funcione. Perdí la cámara, perdí las fotos, perdí el equinoccio fantástico. A mucha gente le dije "la cámara me la afanaron". No podía, además, perder mi dignidad.

Papelón tecnológico, acto 3.

Cuando fui a Guatemala aprendí la lección. Mi tecnológico novio (que quedó en Buenos Aires) ideó un sistema para que yo pudiera cargar mis fotos directamente en su computadora; todos los días buscaba un cybercafé [2010 y seguía yendo a cybercafés] y uplodeaba las fotos ahí; backup permanente. Podía perder la cámara pero no las fotos. Qué sistema tan genial.
Pero ahí me dí cuenta que con cámara digital no alcanza. Hacia el 2010 los cybercafés ya eran una especie en extinción, así como las compus libres en los hoteles. Todo era zona wifi. Incluso en el curso en el que participé era de las únicas que tomaban apuntes en cuaderno... Nota mental: vuelvo a casa y ahorro para una notebook. 
Pero tampoco alcanzaba con la inexistente notebook. También viajé sin pendrive. Cuando el profesor te dice que te pasa todas las presentaciones en powerpoint que usó en clase, te das cuenta que necesitás un pendrive (la memoria de la cámara cumplió con dignidad su rol de almacenamiento de ppts). Cuando vas a una biblioteca y te encontrás con un bibliotecario copadísimo que te ofrece montones de archivos más que útiles en .pdf, necesitás un pendrive (acá la memoria alcanzó su límite). Como conclusión, terminé corriendo a la librería más cercana a comprar muchos CDs para archivar todos los hermosos archivitos que me ofreció el bibliotecario. La dignidad tecnológica se quedó, de nuevo, en casa.


Moraleja: si viajás por laburo, no te olvides la notebook, netbook, tablet, smartphone o lo que sea. Ni el pendrive. Los cybercafés son algo muy raro, las zonas wifi abundan y por más acostumbrado que estés a lo analógico, lo digital se impone (Soy de esa generación criada en lo no-digital pero que se acostumbró a estar hiperconectada, así que estoy con un pie en el siglo XX y con otro en el XXI, sepan comprender). Hay que viajar bien equipado, no queda otra. Y no olvidarse los cargadores. Y hacer backups de las fotos.[Los menores de 25 años y/o viajeros frecuentes se cagan de risa de esta moraleja, pero bueno, hay que recordarla]

Moraleja 2: si viajás conmigo, NO ME DES LA CÁMARA.