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jueves, 31 de diciembre de 2015

Cómo preparar una tarta (con un gateador en la casa)



Antes de ser madre, la receta era

* Compre (o prepare ud. misma) las tapas de pascualina, la verdura, los condimentos, los huevos, el queso y un vinito blanco. No se preocupe por los gastos, la plata alcanza.
* Prenda el horno.
* Abra el vino blanco, previamente refrescado. Sírvase una copa y ponga Aspen.
* Prepare en un bowl la espinaca, el puerro, la cebolla y el ajo. Unifique con un huevo y condimente a gusto.
* Corte los pedacitos de queso y acomódelos con ternura en la base de la tarta, mientras canta una balada éxito de los años 90.
* Vierta la mezcla, emprolije, ponga la otra tapa, haga el repulgue.
* Tome otra copa de vino.
* Pinte la tapa con huevo, haga agujeritos en la misma, mande al horno. 
* Salga al balcón a conversar y tomar vino. Planifique un viaje, una salida al cine o una escapada romántica de fin de semana.
* Retire del horno y disfrute. 

Nueve meses después de ser madre, la receta es

* Compre todo lo más pre-hecho posible. Chequee en el supermercado el precio de los pañales y haga la cuenta a ver si conviene comprar allí o en la pañalera.
* Llegue a su casa y tómese un vaso de agua, no se vaya a deshidratar, que el alerta de calor no es sólo para su hijo.
* Deje a la criatura frente al televisor. Haga una barricada en la puerta del balcón para que no salga.
* Prenda el horno.
* Refuerce la barricada.
* Deje al niño frente al televisor. Esta vez asegúrese de que haya dibujitos con colores flasheros y voces agudas. Canturree desde la cocina alguna canción infantil.
* Pique una cebolla. Asómese al comedor donde dejó a la criatura y sáquelo de arriba de la barricada. Cambiéle la remerita, que se la dejó toda con olor a cebolla.
* Deje la otra cebolla, con una es suficiente. Pique un diente de ajo.
* Asómese al comedor. El niño está entretenido, tiene tiempo.
* Tire todo en un bowl así como viene. No rehogue nada, no es necesario. Mezcle todo con un huevo. Lávese las manos, que enchastrar al pibe con huevo es un asco.
* Aplaste un pedazo de queso y viértale el relleno encima.
* No es necesario que se asome al comedor. Encontrará al niño colgado de su pollera con una mano y abriendo el tacho de basura con la otra.
* Saque al niño de ahí. Sáquele la remera que la llenó de olor a ajo. No es necesario que le ponga otra.
* Consiga un tupper, tacho irrompible o botella de plástico vacía para entretener al niño. No, el cuchillo con el que picó la cebolla no es opción. El palo de amasar tampoco.
* Arme otra barricada entre el niño y el horno. 
* Ponga al niño en el pasillo y diviértase repulgueando la tarta mientras lo ve pasar de una punta a la otra a toda velocidad gateadora.
* Agarre al niño, llévelo al comedor, ponga el noticiero, indígnese con un nuevo decreto de Macri mientras juega con su hijo.
*Vuelva a la cocina y meta la tarta en el horno, que se olvidó de lo más importante.
* Tómese un vaso de agua. Sueñe con tirar abajo un par de paredes y cambiar el parquet por goma eva para convertir su casa en un gran departamento gateable.
* Duerma la siesta con su hijo un rato. Intente despertarse antes de que se queme la tarta. 
* Retire del horno y disfrute. O algo así.

p.d. Si se desanima, recuerde que de a poco se acostumbrará a cocinar con un hijo movedizo en la casa. Y, quién sabe, tal vez el niñito termine en MasterChef. 



lunes, 28 de julio de 2014

Quedar varados

[pasado el furor mundialista vuelvo a otra de las cosas que me encantan: los viajes. Y mis boludeces relacionadas con los viajes.]

Cuando estamos recorriendo un lugar desconocido, nuevo, placentero, solemos sacar fotos hermosas como para recordar siempre esos momentos de felicidad. Pero esos ratos de alegría y contemplación suelen ser eso, ratos. Más largos, más cortos, pero de ningún modo la totalidad del tiempo viajero. Los viajes también están llenos de otros momentos, situaciones que nos llevan al borde de la locura, de la zozobra y del ridículo. 
Estar de viaje es estar en tránsito, es moverse de un lugar a otro, es querer llegar desde acá hasta allá. Pero algunas veces tardamos demasiado en llegar de un punto a otro, y otras tememos quedar varados, sin poder salir de un "acá" donde ya no queremos (o podemos) estar.
Pues... a mí me pasó varias veces. Algunas viajando sola, otras con mi novio que padeció en carne propia mi histeria. Esos momentos en que no nos detenemos a sacarnos fotos porque sólo queremos teletransportarnos a nuestra cómoda y calentita habitación.

La primera vez que quedamos varados fue en Montevideo. Estábamos acampando en una playa cercana a la ciudad, Salinas, pero habíamos ido a Montevideo para pasar una noche de carnaval en el Club Malvín. Nos lo habían recomendado, viajamos en bondi, dimos vueltas por el barrio bastante perdidos y al final llegamos al club. Lo pasamos muy bien; cuando terminó el espectáculo la gente se fue yendo, y de los colectivos ni noticias. Seguíamos varados y solos en la madrugada, sin un bondi cerca y cada vez con más frío. Nos tomamos un taxi hasta Tres Cruces, la terminal desde donde salían los micros para los alrededores de Montevideo. No les puedo explicar mi nivel de ansiedad y preocupación para ese momento. De noche, sin transporte, con poca plata, en una ciudad desconocida, con frío y sueño. Cuestión que llegamos a la terminal a eso de la 1 de la mañana... y el primer micro salía a las 5. Ya está, no hay nada que hacer. La bronca y los nervios dieron lugar a la resignación y a esperar y dormitar en un banquito toda la madrugada. Una delicia. Llegamos al camping al amanecer. Suena romántico pero no lo fue. 

La vez siguiente fue en un recorrido por la Quebrada de Humahuaca. Después de haber caído en un par de hoteles medio desagradables que habíamos reservado desde Buenos Aires, decidimos que era mejor llegar al siguiente destino y ahí elegir "cara a cara" dónde parar. Lo que no tuvimos en cuenta fue la hora a la que llegaríamos a cada lugar. Todo bien con recorrer y comparar hoteles siempre que uno esté abrigado, alimentado y en un horario más o menos normal. No fue el caso. Cerrábamos el viaje en Salta, y hacia allí nos dirigimos en un bondi desde Humahuaca. Pensamos que demoraría un par de horas, pero nos tomamos el lechero y se tomó más de seis, incluyendo paradas de Gendarmería y revisiones de mochilas en el medio de la nada... Nuevamente, la locura se fue apoderando de mí. Cuando pensé "ya estamos llegando" pusieron una película de tres horas. Me desesperé. Caímos en la terminal de Salta como a las doce de la noche y nos atacó una horda de promotores de hostels ofreciéndonos lugar. Yo, desconfiada, ansiosa y rodeada de desconocidos estaba al borde del pánico. "Estos seguro son todos estafadores". Nos metimos en la terminal y le dije a Sergio "¿por qué no vas a averiguar si hay algún alojamiento recomendado". "Dale, quedate con los bolsos" y se fue. Yo había entendido que iría a alguna oficina de turismo, y lo esperé, y esperé. Me quedé sola, abrigada y abrazando las mochilas, esperando. No recuerdo si no teníamos celular o nos faltaba batería o qué, pero de mi buen muchacho ni noticias. Por mi mente cruzaban las peores ideas: que se perdió y no sabe cómo volver era la más light, que lo habían secuestrado para robarle los órganos era la más trágica. Como a la hora apareció... se había mandado a recorrer Salta (sin mapa ni nada, así, a lo explorador intuitivo) y consiguió un hostel de lo más lindo. Pero claro... para ese momento yo ya era el demonio de Tasmania, la locura personalizada. "Me dejaste sola!! ¿Cómo se te ocurre? ¿Por qué no me avisaste? Estás loco!!!". "Pero nos conseguí un buen lugar". Pobre, le dije de todo menos lindo. Se necesitaron tres días de torrontés, empanadas salteñas y dulces regionales para calmarme.
Es así, sepan que puedo ser muy buena compañera de viajes pero que cuando enloquezco... agarrate.

Otra vez que casi quedo no sólo varada sino también presa fue en Bariloche. Ya nos tocaba volver, y siempre es triste volver de Bariloche. Pero bueno, las vacaciones terminaron. Estábamos con Sergio en la fila para embarcar, a punto de subir al avión, de nuevo a la noche tarde (el vuelo más barato, ejem), cuando ocurre lo más temido. Me llaman por altavoz. 
- Pasajera LauSan, preséntese en el mostrador de check-in, por favor. 
Con mi desconcierto me fui hacia abajo. 
- Bueno, Sergio quedate acá, no te vayas sin mí! 
Llego abajo, pensando que no sé, que tal vez el vuelo estaba sobrevendido y nos pasaban a primera clase o algo así. Me apersono en el mostrador.
- Soy yo, ¿qué pasa?
- Acompáñenos, por favor. 
Dos señores representantes de la autoridad aparecieron de la nada, detrás mío, y me pidieron que fuera con ellos. Y ahí me fui.
- ¿Qué pasa? - yo ya pensaba en llamar un abogado, en recordar mis derechos, en que todo lo que diga pueda ser usado en mi contra, en qué cuernos está pasando. Pero logré quedarme calmada. De a poco estoy aprendiendo a no enloquecer.
- Tenemos que ir a la pista
- ... - noenloquecer, noenloquecer, no-en-lo-que-cer !!!!!!!!!!!
- Usted está viajando con un elemento prohibido en la mochila
- ... - ¡elemento prohibido! ¿Qué elemento prohibido? ¿La navaja? Pero si está bien que la navaja vaya abajo. ¿¡Me metieron drogas!? Nah, si es un vuelo de cabotaje. - ¿Qué elemento prohibido? Esto debe ser un error. - Sí, claro, todos deben decir lo mismo, ¿por qué me van a creer? 
- Usted está transportando una garrafa y no se puede viajar con una garrafa.
- ¡Yo no tengo ninguna garrafa! - Noenloquecer, noenloquecer, noenloquecer ¡pero una garrafa la puta madre eso es re terrorista!
- Acompáñenos a la pista.
Ahí fui, con estos dos buenos muchachos, a la pista del aeropuerto de Bariloche, a la noche, de nuevo a chupar frío. El backstage del vuelo. Las lucecitas de la pista y un montoncito de equipaje esperando para subir al avión.
- ¿Usted es LauSan?
- Sí
- Entonces esta es su mochila, y en su mochila hay una garrafa.
- No.
- Sí.
- ¿Usted es LauSan?
- Sí, pero esa no es mi mochila.
- Pero acá dice "LauSan".
- Sí, pero no es mi mochila. 
- Pero dice "LauSan".
- Pero no es mía. Le dije, esto es un error, yo no vine en carpa, no tengo carpa, no tengo garrafa, no tengo nada.
- Pero tiene su nombre.
- Se habrán confundido. La chica que nos hizo el check-in imprimió como cinco tiritas con mi nombre porque no funcionaba bien la impresora. Le habrán puesto mi nombre a otra mochila.
- ¿Y entonces?
- ¡Y qué se yo!
- ¿Y qué hago con esta mochila?
- ¡Dejela acá, si tiene una garrafa! ¡No la pensará subir al avión!
- Pero si la dejo se queda sin su equipaje.
- ¡Pero que no es mi mochila le dije!
- ¿Y de quién es?
- ¡Qué se yo! - Laputamadre se me va el avión. Si pierdo el vuelo les armo un quilombo y un bruto reclamo y me van a tener que pagar un finde en el Llao Llao. Mínimo.
- Bueno, volvamos, me tiene que acompañar a declarar.
- ¡Pero pierdo el vuelo! 
- Bueno, está bien, la acompañamos a la puerta de embarque, muchas gracias.
- ...

Volví a embarcar, Sergio me estaba esperando, subimos al avión, padecimos las miradas de la gente ("por culpa de estos dos hippies salimos con demora") y me senté. Ahí hice catarsis. "¡Estos hijos de puta pensaron que yo quería volar el avión!". Dije la palabra "bomba" a los gritos, ya pensando que me iban a bajar y meter en cana de nuevo. Volvimos a casa y jamás me enteré de quién era el dueño esa bendita mochila con elemenos prohibidos.

Moraleja: Sin contratiempos, a los viajes les falta algo. 
Moraleja 2: Igual... no enloquecer.

sábado, 3 de mayo de 2014

La venganza de Moctezuma

[Advertencia: de un post como este no hay retorno. Ya puedo hablar de cualquier cosa]


[Ya saben que aquí encontrarán cosas que en blogs de viajes y programas de tv ni se insinúan. Dudo que Iván de Pineda toque estos temas en sus programas. Marley capaz que sí.]



Según mi amiga argento-mexicana, "La venganza de Moctezuma" es el nombre chilango para referirse a enfermedades (particularmente estomacales) que le agarran a los extranjeros (especialmente españoles) que visitan México: ¡Ja! ¡Invasores! ¡Si son tan guapos bánquense estos chiles picosos!


Así descubrí que tengo el privilegio (?) de haber sufrido la venganza de Moctezuma (y también sentí el poder de Chaac, como habrán leído acá). Es una manera prolija de describir ese momento horrible, y tremendamente papelonero aunque se lo lleve con elegancia, de la llamada "diarrea del viajero". Qué porquería. El consejo que te dan siempre es: no tomar agua a la que uno no está acostumbrado, cuidarse en las comidas, no entrarle con desesperación al morfi exótico, porque el cuerpo de viaje tiene extraños comportamientos. Pero no, Laurita no aprende. Se entrega a las delicias gastronómicas y luego paga las consecuencias.


Papelón adolescente


De adolescente solía pasar parte de mis vacaciones en Villa Gesell con una amiga. Ah, qué lindo, tener 16 y que todas nuestras preocupaciones fueran playa - cena - boliche, así durante muchos días. Fantástico. En aquella época ninguna de las dos andaba con cámaras de fotos a cuestas, y esto da cuenta de que mi adolescencia quedó lejos, lejos. En estos tiempos de selfies compartidas al instante con el mundo entero, lo confieso: viví en el siglo XX. Aún así, en mi memoria guardo recuerdos memorables de esas vacaciones plagadas de carcajadas, de conversaciones filosóficas, de clases de aerobic y partidos de voley, y de mates en la playa al atardecer. Ah, qué lindo. Qué lindos los mates con churros. Qué lindo comer churros mientras relojeábamos el desfile de churros que paseaban por la playa. Qué ricos los churros rellenos de Gesell. Qué bueno que éramos flacas y podíamos bajarnos una docena de churros sin engordar. Ay, los churros. 

¿Cómo lo puedo decir de manera elegante? Los churros... me cayeron mal. 
Me drogué con todo lo que tenía a mi alcance, la mamá de mi amiga me curó el empacho, durante 24 horas sólo dormí y comí galletitas de agua, mientras sufría en silencio la humillación de que toda la familia (o sea, el hermano lindo y mayor de mi amiga) supiera lo que me pasaba. 
Pasaron muchos años y jamás volví a comer ese horror de la gastronomía playera llamada churro relleno. Vade retro Satanás. 


Papelón recién graduado


Cuando terminé la facu sentía que pesaba muchos kilos menos. Ya no más finales, no más trabajos, no más preocupaciones. Tenía por delante un mundo de éxito (?) y para celebrarlo nos fuimos con mi novio a unas despreocupadas vacaciones por Salta y Tucumán. Hermoso recorrido, tres semanas por los Valles Calchaquíes desenchufan a cualquiera. Y la gastronomía salteña es... no sé, deberían declararla Patrimonio de la Humanidad. Pasamos los primeros días en la ciudad de Salta (insisto: recomendadísima) y una tarde nos fuimos a San Lorenzo, un lugar muy lindo con río y montañas en las afueras de la ciudad. Mención aparte para las deliciosas y enviciantes empanadas salteñas. Enviciantes es la clave. Aceitosas es la segunda clave. Nos mandamos una docena de empanadas entre los dos, y todo bien.

Ese día todo bien, pero tenían efecto retardado. En esta ocasión, el efecto "churros de Gesell" me agarró en la madrugada, en Cachi, de campamento, después de guitarreada con vino tinto con otros hippies del camping, sin madre de amiga que cure el empacho ni botiquín con Sertal a mano. Desastre. Mi novio me vio la cara de zombi pseudoresucitado a la mañana y me llevó derechito al hospital. Peeeero si sho estoy bieeeen intentaba decir, pero no tenía energía ni para hablar. El médico se moría de risa cuando le contaba todo lo que había comido, calculo que debía estar especializado en turistas empachados de poca resistencia digestiva. 

Consecuencias: excursión del día cancelada, inyección de buscapina, tomar durante 2 días agua mineral con unas sales locas y asquerosas, medio camping enterado de que no podía tragar bocado, una debilidad que durante varios días no me permitió trepar ni media lomadita y un novio que me cuidó y se ocupó de cocinarme arroz con los implementos prestados por los hippies solidarios.

Consejo: MO-DE-RA-CIÓN con las empanadas. Es difícil, pero se puede. Volví a Salta un tiempo después y disfruté de su gastronomía con más tranquilidad y sin grandes sobresaltos. Pero sin bajarme una docena de empanadas, claro. Con una sola (por comida) fui feliz.

Mención especial para el excelente Hospital Municipal de Cachi.


Papelón internacional: La venganza de Moctezuma



¿Para qué entrar en detalles? Sólo puedo contar que mi cuerpecito resistió durante dos semanas los ataques que le propició la gastronomía mexicana... y eso que me moderé porque el picante no me copa tanto. Pero al comenzar la tercer semana las defensas se aflojaron, empecé a extrañar, me sentía rara en una ciudad hostil, y bueno. 

Una hermosa costumbre que tienen los hoteles mexicanos es que en todos, desde el hotelazo top hasta el hostel rasca, tienen una botellita de agua para cada huésped, porque NO-SE-TO-MA el agua de la canilla. Todos los hoteles están preparados, menos ese lujoso all-inclusive de Cancún. Ahí descubrí, también, que los "olinclusivs" sólo incluyen algunas cosas en algunos horarios: los restaurantes y bares cierran, y a las 3 am no hay nada abierto ni nada inclusiv. No tenía agua para tomar mi necesaria buscapina así que no me quedó otra que llamar al servicio de habitación para pedir una triste, dolarizada y carísima botellita de agua mineral. 
Al día siguiente me sentí mejor, y con la certeza de "el tequila mata todo" (!) me dí el gusto de tomar unos buenos margaritas frente al mar. Si vamos a morir, que sea de lujo.


En fin... una descompostura viajera pasa hasta en las mejores familias. Hay gente que lo pasa muy mal, por suerte no fue mi caso, pero ya se sabe que hay que tener cuidado: no exagerar con las comidas locas si uno tiene un estómago sensible, tratar de tomar agua envasada, no comer verduras crudas si no sabemos cómo se lavaron, etc. Igual, es imposible estar al tanto de todo a no ser que uno se vuelva un freak, y no da privarse de gustos: quién se puede negar a un zuco de abacaxi bien natural en una playa brasilera, a unos mariscos chilenos, a unas empanadas salteñas... Hay que disfrutar, relajarse y gozar, o como dicen los viejos, los gustos hay que dárselos en vida. Venganza de Moctezuma: no te tenemos miedo.





miércoles, 23 de abril de 2014

La tecnología, los viajes y yo: una relación fallida

Uno podría pensar que una chica tan moderna como yo (?) está siempre al tanto de las últimas novedades tech, que baja las últimas apps de viajes en su smartphone, que se conecta al wifi en todos lados y tuitea desde lo alto de la torre Eiffel subiendo fotos a Instagram. Pues no. Nada más lejos que eso. No solo soy bastante analógica (dame un mapa de ruta y tirá a la basura ese GPS) sino que además, cuando sí tengo tecnología, pueden pasar dos cosas: o atrasa cinco años, o la pierdo. O ambas.

Papelón tecnológico, acto 1


Nos vamos con novio de vacaciones a Mendoza, verano de 2004. Ya existían las cámaras digitales, pero todavía convivían con las analógicas; nosotros teníamos una de estas últimas. Después de unos cuantos días de recorrida nos dirigimos a la excursión de Alta Montaña: un paseo que te lleva desde la ciudad de Mendoza hasta la frontera con Chile, recorriendo la precordillera, parando en Uspallata para desayunar y luego adentrarse en la majestuosa Cordillera de los Andes... cada curva revela un paisaje increíble y literalmente no dan los ojos para ver todo. En el primer mirador bajamos de la combi y cuando voy a sacar la primer foto... ¿y la cámara? ¿la tenés vos? ¿Dónde está? Buscamos por todos lados y la cámara no aparecía. Estaba en uno de los lugares más lindos de Argentina y no podía sacar fotos... ahí pasaron el Puente del Inca, el Aconcagua, las alturas del Cristo Redentor... una vez pasado el mal humor empezamos a disfrutar del recorrido, pero qué bronca.
¿Y la cámara? Ahí, en Uspallata, cagándose de risa. La habíamos dejado cuando desayunamos. Al regreso paramos a preguntar y la encontramos. Pero los paisajes fotogénicos ya habían quedado atrás.

Este verano volvimos y, ya con cámara digital, me cansé de sacarle fotos a esos paisajes. Por suerte, diez años después, las montañas seguían ahí.

Papelón tecnológico, acto 2

No aprende, Laurita no aprende. Sale de viaje sola por primera vez fuera del país, y ya tiene cámara digital. Es 2008, todavía usa cybercafés en el viaje pero no los visita mucho, hay que hacer rendir la plata que con tanto esfuerzo juntó. Así que nada de perder tiempo subiendo fotos a Facebook, sólo manda unas pocas fotitos por mail a la familia. [abandono la 3° persona porque ya parezco el diego]

Llevaba quince días recorriendo México y llegaba al momento más fantástico del viaje: ir a Chichén Itzá a ver el fenómeno del equinoccio en la pirámide principal (aquí está bien explicadito de qué se trata el asunto). El recorrido turístico en micro sale tempranito de Cancún, pero antes de llegar al sitio hace una parada en el cenote Ik-Kil, donde turistas de todo el mundo (principalmente yanquis) se tiran a nadar. Yo ya había estado en ambos lugares tres días antes, pero el equinoccio es el equinoccio así que vamos de nuevo. Nadar en el cenote es maravilloso, y hacerlo dos veces es mejor aún. Los placeres de la vida... 
Al salir del agua corro al vestuario, me cambio a las apuradas para no perder el micro y quedar varada rodeada de gringos. El micro recorre unos cuantos kilómetros hasta que me doy cuenta que la cámara... la cámara no está. SE ESFUMÓ. Otra vez lo mismo. Déja vu, pero sola y lejos de casa. Y SIN HABER HECHO BACKUP.
Pedí ayuda, llamamos de nuevo a los administradores del cenote, "si aparece te avisamos". En Uspallata recuperé la cámara. Pero no puede ocurrir dos veces el mismo milagro. Mi cámara digital nueva y con mil fotos de todo México quedó ahí, en el vestuario del cenote. Un verdadero sacrificio a los dioses.

¿Cómo terminó el asunto? Compré una cámara "automática" en Chichén Itzá, usé el resto del viaje la cámara de rollo de la anécdota 1 que había llevado por las dudas, los amigos que conocí en el viaje me compartieron montones de fotos que son mi recuerdo de los primeros días... y a la hora del equinoccio se desató la furia de Chaac sobre el sitio, y una flor de tormenta nos empapó. Y sin sol no hay fenómeno de luz y sombra que funcione. Perdí la cámara, perdí las fotos, perdí el equinoccio fantástico. A mucha gente le dije "la cámara me la afanaron". No podía, además, perder mi dignidad.

Papelón tecnológico, acto 3.

Cuando fui a Guatemala aprendí la lección. Mi tecnológico novio (que quedó en Buenos Aires) ideó un sistema para que yo pudiera cargar mis fotos directamente en su computadora; todos los días buscaba un cybercafé [2010 y seguía yendo a cybercafés] y uplodeaba las fotos ahí; backup permanente. Podía perder la cámara pero no las fotos. Qué sistema tan genial.
Pero ahí me dí cuenta que con cámara digital no alcanza. Hacia el 2010 los cybercafés ya eran una especie en extinción, así como las compus libres en los hoteles. Todo era zona wifi. Incluso en el curso en el que participé era de las únicas que tomaban apuntes en cuaderno... Nota mental: vuelvo a casa y ahorro para una notebook. 
Pero tampoco alcanzaba con la inexistente notebook. También viajé sin pendrive. Cuando el profesor te dice que te pasa todas las presentaciones en powerpoint que usó en clase, te das cuenta que necesitás un pendrive (la memoria de la cámara cumplió con dignidad su rol de almacenamiento de ppts). Cuando vas a una biblioteca y te encontrás con un bibliotecario copadísimo que te ofrece montones de archivos más que útiles en .pdf, necesitás un pendrive (acá la memoria alcanzó su límite). Como conclusión, terminé corriendo a la librería más cercana a comprar muchos CDs para archivar todos los hermosos archivitos que me ofreció el bibliotecario. La dignidad tecnológica se quedó, de nuevo, en casa.


Moraleja: si viajás por laburo, no te olvides la notebook, netbook, tablet, smartphone o lo que sea. Ni el pendrive. Los cybercafés son algo muy raro, las zonas wifi abundan y por más acostumbrado que estés a lo analógico, lo digital se impone (Soy de esa generación criada en lo no-digital pero que se acostumbró a estar hiperconectada, así que estoy con un pie en el siglo XX y con otro en el XXI, sepan comprender). Hay que viajar bien equipado, no queda otra. Y no olvidarse los cargadores. Y hacer backups de las fotos.[Los menores de 25 años y/o viajeros frecuentes se cagan de risa de esta moraleja, pero bueno, hay que recordarla]

Moraleja 2: si viajás conmigo, NO ME DES LA CÁMARA. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Vértigo en la selva

Cada vez que llega esta época me pega la nostalgia. Hace cuatro años me fui, solita con mi valija (sí, valija y no mochila, bad choice), a Guatemala por dos semanas. Fue una aventura en todo sentido, unas de esas que te ponen introspectiva, te dan vuelta la cabeza y te devuelven renovada. Improvisé bastante, anduve sola por lugares con mala fama, recorrí un montón y me quedé con ganas de más. Guatemala es un país increíble, y su gente es maravillosa. Y uno de esos lugares maravillosos es Tikal. 

Para una enamorada de la cultura maya, Tikal era EL lugar para ir. Hubo que viajar a la selva, tomar pastillas para la malaria, llevar un repelente especial y prepararse para caminar. Mucho. El sitio es enorme, y lo que en el mapa parece "cerca" implica unos veinte minutos de caminata por senderitos poco señalizados (y bastante poco transitados, a pesar de la cantidad de la gente que visita el lugar). Debo confesar que en algunos momentos me agarró cagazo: las advertencias de la Lonely Planet sobre episodios de violencia no eran muy tranquilizadoras. Pero no me importaba nada. Me sentía chiquita, minúscula ante la inmensidad de los árboles y la presencia de aves y monos de todo tipo. Se me aflojaron las piernas cuando llegué a la plaza central y tuve enfrente a los templos 1 y 2 y me puse a recorrer la acrópolis.


Pero el punto máximo de esplendor del sitio se apreciaba desde lo alto del templo 5. Al 1 no se puede subir; al 2 sí pero es pequeñito. Dí unas vueltas y tras otra caminata llegué al 5. Es el segundo templo más alto del sitio, con unos 59 mts. de altura (como entre 15 y 20 pisos). Se me aflojaron las piernas de nuevo, pero esta vez no de emoción sino de julepe. La estructura era ENORME y la escalera, diminuta y extremadamente empinada. La adrenalina estaba a full, la emoción también. Me sentía en un momento de autosuperación, de esos en que la cabeza te maquina diciendo "si llegaste hasta acá no podés arrugar ahora"... tremendo. Repetía el "vos podés, vos podés" mientras trepaba cada escalón. Era crucial no mirar para abajo. Por suerte había poca gente y nadie me apuraba. En contramano, bajan dos gringos. "¿Es lindo arriba?" les pregunté. "Fabuloso. Vamos que falta poco. You can do it". Finalmente llegué.

La vista era impresionante, efectivamente. Estaba por encima de esos árboles inmensos, y por encima también se asomaban las crestas de las pirámides. Bajaron dos italianas y me quedé sola en el templo 5, sin poder creer la felicidad y la emoción. Lloré, claro, como no podía ser de otra manera. Quería compartir ese momento con mucha gente, y al mismo tiempo disfrutar de esa soledad en lo alto de la selva del Petén. Mi mente volaba imaginando cómo habría sido ese lugar hace 1400 años... No me quería ir. 

Pero había que volver. Y ahí tuve que hacer algo que no había hecho para nada mientras subía: mirar para abajo. Se me aflojaron las piernas nuevamente. Sentía que la pendiente era de 90°. Ya está, no había vuelta atrás, ¡tenía que bajar! ¿Qué iba a hacer? ¿Llorar para que me bajaran a upa? ¿Pedir un rescate en helicóptero? ¿El seguro del viajero incluía rescates en las alturas? A lo lejos sólo se veía un guardia diminuto que, seguro, se estaría cagando de risa. "Otra turista boluda que no se anima a bajar". Madre mía, qué vértigo, la puta que lo parió. ¡A quién carajo se le ocurre hacer una escalera así! ¿Por qué no las hicieron como en el templo 2, o el 4, con descansos y escalones como cualquier otra escalera normal? Bueno, ya fue, hay que bajar. Me llevó tres o cuatro intentos darle la espalda al precipicio, agarrarme y empezar a bajar. Me sentía como Indiana Jones en Petra, con su "salto de fe".

Mientras bajaba, me crucé con dos gringuitas que subían. "Oh my god, this is too difficult! ¿Es muy difícil bajar?". Y mentí, piadosamente mentí "No, no, es re fácil. La vista arriba es hermosa y bajar es mucho más fácil." Mentira! Pero ¿qué les iba a decir? "Sí, chicas, es imposible, me estoy haciendo pis del miedo, no suban". No podía hacerles eso. Se iban a perder la magnífica vista de Tikal desde las alturas.


 El templo, la escalerita, y en lo alto unas personas...
Tikal, en la selva del Petén, al norte de Guatemala

miércoles, 12 de marzo de 2014

Milán, capital de la moda

Esta breve historia empieza mucho antes del viaje, cuando estábamos intentando sacar en forma anticipada el pasaje de tren de Venecia a Milán. Varias veces intenté en la web de Trenitalia y no había caso: no había precio en oferta, no había lugar, no entraba la tarjeta, etc. Finalmente conseguí pasaje... pero me confundí de día. Ya fue, imposible devolverlo. Volví a sacarlo después de varios intentos. Lo conseguí: salíamos a las 6.20 del día exacto desde Venezia Santa Lucía hasta Milano Centrale. ¿Por qué cuento esto? Porque era un viaje que ya venía en contra de lo que decían los planetas... 

El día de la partida 6.20 hasta Milán, ya llevábamos dos semanas de viaje, de mucho andar y poco dormir. La noche anterior la habíamos pasado torrando como podíamos, y con algo de resaca, en el tren nocturno Munich-Venecia (y sí, había que despedirse de Alemania con mucha birra). Durante el día habíamos paseado un montón y comido poco... cuestión: no dábamos más. Nos habremos dormido como a la 1 am o más, y para colmo yo me sentía algo descompuesta.

No recuerdo haber escuchado el despertador que habíamos puesto 5.30. Abrí un ojo y miré el reloj: eran las 6.10. Nah, debo estar dormida. 6.10... WAAAAAA SON Y DIEEEEEZ NO LLEGAMOS!!!! ¡NOS QUEDAMOS DORMIDOS! Nos sentamos los dos de golpe en la cama. Sí: vamos que llegamos. Yes we can. Impossible is nothing.

Ya teníamos las mochilas casi listas. "Ponete la ropa arriba del pijama". Nos pusimos las zapatillas y me até el pelo mientras gritaba "agarrá la plata, no te olvides los pasaportes". 
A las 6.12 estábamos bajando a las corridas tres pisos por una escalerita diminuta en un hotel desvencijado, digo, vintage. Mientras Sergio bajaba con las mochilotas (hay que viajar livianos, amigos), yo le decía al conserje "Arrivederci, we are leaving the room" (en mi clásica combinación idiomática), devolvía las llaves y buscaba los pasajes de tren. 
A las 6.14 empezábamos a correr las tres largas, irregulares, empedradas y llenas de obstáculos cuadras que nos separaban de la estación (sí, además de canales, en Venecia hay calles). Durante esos minutos yo sólo pensaba "ojalá que el tren esté cerca de la entrada de la estación", porque hay estaciones que son gigantes y encontrar el andén implica descifrar un laberinto.

A las 6.18 llegamos a la estación. Subimos las escaleras con la lengua afuera y nos tomamos unos treinta segundos para recuperar el aliento y mirar las pantallas. Había sólo un tren esperando. Frente a nuestros ojos.
A las 6.19 subimos al tren. 

Súper puntual, a las 6.20 arrancó.
Nos tomó un rato largo recorrer el tren buscando nuestro vagón y asiento. Estábamos en la otra punta de Italia cuando nos recuperamos por completo. Fui al baño, me lavé los dientes y me acomodé el pelo. Creo que me puse desodorante. Ni me maquillé. Ni me saqué el pijama. 

Hay modelos que venderían su alma por recorrer Milán. Es la capital mundial de la moda, del estilo, del glamour, de los autos de lujo, con uno de los mejores teatros de ópera del mundo. Súper classy. Y ahí llegamos: metimos las mochilas en un locker y nos fuimos a pasear. Sin moda, sin estilo, sin glamour, sin lujo, en zapatillas y con el pijama abajo de los pantalones. 

El famoso "Dios le da pan al que no tiene dientes", en mi caso, fue un "Dios le da Milán a quien no tiene estilo". El mundo, el universo, el destino, los planetas... parecían no querer que estuviéramos ahí. Pero ahí estuvimos. 

 Yo, con mi glamour y mi estado atlético envidiable
Sergio, las mochilas y los trenes italianos en la estación. 


martes, 25 de febrero de 2014

La seguridad del Reichstag

[señores del Inadi: de nuevo, tengan compasión. Post cargado de preconceptos sobre los alemanes]

Era una de las visitas planificadas y más esperadas del viaje: subir a la cúpula del Reichstag, el Parlamento alemán en Berlín. Una mezcla arquitectónica fascinante, con una base del siglo XIX y una cúpula de la década de 1990, desde donde se tienen vistas panorámicas de toda la ciudad. Era una visita cargada de historia (como todo en Berlín, básicamente). Había que reservar un turno con 3 días de anticipación y gracias a que nuestro host nos recordó este dato pudimos hacer la visita. Todo estaba listo: a las 12 del mediodía estaríamos allí.
La estación de trenes desde donde partíamos estaba en reformas, y luego de cruzar varios túneles y andenes perdimos algo de tiempo y llegamos sobre la hora (hermosa nuestra imagen corriendo desesperados desde la estación central hasta el Parlamento, en un lugar donde todo el mundo es puntual y camina ordenadamente).
Llegamos a la entrada para visitantes, y allí tenían una listita “de invitados” con los nombres y números de pasaporte de todos los que teníamos turno para la visita. Antes de entrar había que pasar por un detector de metales y pasar nuestro equipaje por uno de esos cosos que desnudan nuestras mochilas como hay en los aeropuertos. Nos separaron a los dos y fuimos cada uno por una fila.
Yo paso sin dramas pero mi mochila no. Hay algo ahí. Había dos problemas: el primero, que no sé nada de alemán. El segundo, que uno tiene una cierta imagen mental de la ley y las fuerzas de seguridad alemanas, y no son particularmente agradables. Uno viaja e intenta desprenderse de sus prejuicios, pero no siempre funciona: la seguridad del parlamento alemán mete miedo.
El tipo que revisaba mi equipaje me intentó hablar.
- Unfunfrundenschmungen- dijo, o al menos así sonó para mí.
- ¿Lo qué?
- Unfunfrundenschmungen – insistió, pero hablando más lento. Imposible, inentendible, ¡¿de qué planeta viene este idioma?!
- Ich ne sprachen deutsch – o algo así, “ijne sprej doisch” medio repetido para decir “no hablo alemán”. Ya llevábamos varios días en el país pero no había manera de aprender nada.
- ¿English? - me dijo el tipo, muy amablemente, pero sin darme la mochila ni dejarme pasar. Me agrandé y me hice la canchera.
- English, español, francais...-
- Vous avez un couteau – me dijo, en un francés con acento alemán que no entendí.
- ¿Lo qué? - “para qué carajo dije que sé francés si no se nada!”
- Vous avez un couteau.
- … - El tipo se me acerca y me hace un gesto para hablarme al oído. “Serás lindo, pero no es momento para romance” pensé. [Era lindo el malote este]
- You have a swiss knife – Me susurró. Mi mente empezó a traducir “Couteau, swiss knife. LA PUTA MADRE, TENGO LA NAVAJA SUIZA”.
Yo, ahí, en el centro neurálgico de los conflictos del siglo XX, queriendo meter la fucking Victorinox en el Parlamento Alemán. En pocos segundos me imaginé presa explicándole a quince alemanotes que no soy mala, que tan solo soy boluda, que me olvidé de sacar la navaja de la mochila pero que soy buena! Que la navaja la llevo encima para hacer sanguchitos o destapar vinos, ¡nada más!
Me puse roja. Mi vergüenza se entendía en todos los idiomas. Ya no recuerdo en qué idioma me habló, pero entendí que me sacaron la navaja, la pusieron en una bolsita tipo ziploc y me dieron un número. También pensé “chau, no la recupero más, como aquel pisco que me incautaron en el aeropuerto de Lima”. Pero muy organizadamente, como corresponde (son alemanes, al fin y al cabo), recuperé mi navaja al salir de la visita.
Muy amablemente les dije danke schön.
Moraleja: no intentes entrar a edificios de gobierno con objetos cortantes.

Moraleja 2: los de seguridad (y los alemanes en general) son, de todos modos, muy amables. Pero no intentes entrar a edificios de gobierno con objetos cortantes. 


 El Reichstag asomando sobre los árboles


La Cúpula por dentro

jueves, 20 de febrero de 2014

Papelón internacional

[si ud. es miembro del Inadi le solicito amablemente abandone su lectura aquí]

  Viajar es fabuloso. Conocer lugares, conocer gente, vivir experiencias novedosas, salirse un poco de la rutina y espiar por el costado las rutinas de los demás. Viajar es como la vida misma: por más que uno planifique, organice, repase los detalles... la vida te sorprende, y los viajes también. Como me pasó en la Gare du Nord.
  Vale aclarar que venía sin dormir: hacía menos de 48 hs que habíamos aterrizado, y entre el jet lag, dormir entrecortado en los vuelos y la emoción por empezar nuestra aventura, llevaba acumuladas algo así como 5 horas de sueño en total. Era aún de noche y entre RER y metro ya llevábamos una hora viajando cuando, a las 7 am, llegamos a la Gare du Nord aguardando el tren para ir a Bruselas. Habíamos sacado el pasaje con mucha anticipación para que saliera barato (fundamental para un tercermundista mochileando por Europa). Y yo había leído en varios blogs y guías que a los pasajes de tren hay que “validarlos” antes de viajar. No entendía eso de la “validación de tickets”, en años y años de viajar en el Sarmiento nunca había tenido que validar nada. Temía subir al tren, que cayera un guarda francés o belga, me pidiera el ticket validado y al no tenerlo, me arrojara a las llanuras del Somme a 300 km/h.
  “Mejor preguntemos”. Yo estaba emocionada porque con mi precario francés había podido pedir un café (fácil, porque café se dice café en todos lados), y entonces sentía que tenía todo Francia a mis pies. “Sí, sí, voy a preguntar”. Repasé, igual, pensé bien la frase antes de decirla porque sin dormir y en un idioma extraño tampoco estaba en condiciones de improvisar. “Bonjour” (fundamental) “Est-ce que je peux voyager á Bruxelles avec cette billet?”. Repetí varias veces en la mente y me fui a buscar la cabina de informaciones. Ahí, en el medio de la estación que aparece tantas veces en los libros de idiomas, tan grande y con trenes a todo el mundo, ahí estaba yo a punto de hablar en francés con un nativo. Groso. Vamos que podemos. Encontré la cabina y ahí lo encontré.
 Un enano. Un enanito como los que aparecían en el programa de Susana Giménez, como el de Willow. Ahí, grandota y pelotuda, nunca había visto un enano en mi vida. Estaba sentado en una silla que le quedaba enorme y me miraba desde abajo.
  Con pocas horas de sueño y sintiéndome Gulliver me olvidé de todo lo que había repasado. Me paralicé. Si me habló no me acuerdo, y si lo hizo no le entendí un carajo. Y me pasó lo que (según todos los viajeros que dicen que los franceses son amargos y que odian a los ingleses) no te debe pasar. Empecé a hablar en inglés. En realidad hablé en una ensalada, una especie de portuñol, franglés, inglacés, no sé cómo se diría. Años de instituto de inglés contra pocos meses de francés, la batalla se jugaba en mi confundido cerebro. “Bonjour (vamos bien). Est-ce-que-je-peux (oh yeah!) vo-ya-ger (you can do it) with this ticket to Brussels?” (ohhh nooooo).
  Lo mejor de todo fue que el enanito me entendió. O algo así. O vio mi cara de terror y se apiadó de mí. Me hizo el gesto internacional de “sí” con la cabeza, no sé en qué idioma me contestó. Yo no entendía nada, sentía que alrededor mío hablaban en chino mandarín. Me fui muerta de vergüenza y nunca más olvidé el enanito.
  Sentirse ciudadano del mundo y ser súper abierto y tolerante con la diferencia es más difícil de lo que pensaba. Y lo del enano era sólo un indicio de las ensaladas y confusiones idiomáticas que estaban por venir.



 Moraleja: aprendí que si el pasaje tiene fecha y hora no es necesario validarlo. Los que se validan son los tickets abiertos, para que ninguno se haga el bobo y quiera viajar por todo el continente con el mismo billetito. Y el 100% de los enanos que conozco es re amable y políglota.