miércoles, 14 de mayo de 2014

Las aventuras del abuelo antártico

[empiezo a escribir con un nudo en la garganta y sin saber por dónde empezar... pero ahí vamos]

Cuando era chica me encantaba leer. Me iba de vacaciones o de paseo con un libro bajo el brazo y viajaba por mundos reales o imaginarios... y podía visualizar los lugares que me describían los cuentos con una nitidez asombrosa. Podía ser un cuento de hadas clásico lleno de bailarinas, la casa viva que asesinaba a sus habitantes en Socorro o la isla de El Secreto de los Delfines de la colección Elige tu propia aventura. En ese contexto y en esa época de la vida donde la imaginación es moneda corriente y las responsabilidades son algo lejano, cuando yo tenía nueve años el mito y la realidad se mezclaron en un evento: mi abuelo se fue de viaje a la Antártida. 

Se fue por poco tiempo y se terminó quedando seis meses para trabajar como carpintero en la Base Marambio... allá, en el culo del mundo, en ese lugar que para nosotros tiene forma de triángulo porque así sale en los mapas, en el otoño del polo Sur se mandó al continente blanco. Yo no recuerdo particularmente extrañarlo, porque como vivíamos en distintas ciudades igual nos veíamos poco. Pero recuerdo cada vez que llamaba por teléfono... la casa se transformaba y las aventuras antárticas volaban como relámpago entre amigos y parientes. Calculo que yo, a su vez, le contaba a las maestras y a mis amigos las cosas que escuchaba y entendía. 

Para mí el mito empezó cuando el abuelo volvió. El día que llegó se reunió toda la familia junto con un montón de amigos en mi casa. Unos amigos de mis papás nos habían prestado una filmadora, toda una novedad tecnológica en 1992, para filmar el evento: "La afeitada". Él ya nos había dicho que hacía un montón que no se afeitaba y que tenía barba blanca, y yo flasheaba con que mi abuelo se había convertido en Papá Noel. Toda la familia participó de la afeitada, así como en el cumpleaños todos se sacan una foto con el cumpleañero... nosotros tenemos foto con abuelo barbudo y tijerita en mano. Yo también, aunque siendo torpe y corta de vista era toda una amenaza, di mi aporte a la afeitada colectiva.

A partir de ese momento y para más o menos siempre, los eventos familiares estuvieron regados de anécdotas antárticas: el rito de "iniciación" de tirarse en la nieve; los días que pasaban adentro porque no se podía salir por las tormentas, cada llegada del avión con provisiones (y el asco que me daba cuando contaba que todos se congelaban y las cucarachas que bajaban del avión seguían panchas como si nada, indestructibles, highlanders), que sólo podían ver canal 7, que jugaban mucho al ping-pong, que una vez lo agarró una tormenta de viento y voló no sé cuánto hasta caer machucado en la nieve... Imaginen lo que pasaba por la cabeza de una nena de diez años al imaginarse al abuelo volador. Cada anécdota venía acompañada de su foto, aunque no entendíamos nada porque para los no-antárticos era todo igual: blanco, blanco, nieve, más blanco, una casita roja, una bandera argentina, blanco y más blanco, hombrecitos vestidos de naranja. Ah! Porque el uniforme era parte del mito: los que flashean con ser astronautas ya se imaginan con el traje y el casco, yo visualizaba hombrecitos naranjas con gorras con orejeras. Seguro que si le preguntan a alguien de la familia se va a acordar de cosas distintas pero todos tenemos algún recuerdo de las anécdotas antárticas. O casi todos... valga este post de recuerdo para los nietos que nacieron después. 

Hace 22 años el abuelo se fue a la Antártida, volvió al poco tiempo y nos inundó de anécdotas y relatos de aventuras que, al menos para mí, superaban cualquier ficción. Hoy estoy triste porque hace un año se fue, esta vez a un lugar que nadie conoce y de forma permanente; y sin embargo, también estoy feliz porque cada recuerdo que tengo de y con mi abuelo me arranca una sonrisa. 

[avión + hombrecitos naranjas.
Cortesía: google images]


[las casitas de la Base Marambio
cortesía: google images]





sábado, 3 de mayo de 2014

La venganza de Moctezuma

[Advertencia: de un post como este no hay retorno. Ya puedo hablar de cualquier cosa]


[Ya saben que aquí encontrarán cosas que en blogs de viajes y programas de tv ni se insinúan. Dudo que Iván de Pineda toque estos temas en sus programas. Marley capaz que sí.]



Según mi amiga argento-mexicana, "La venganza de Moctezuma" es el nombre chilango para referirse a enfermedades (particularmente estomacales) que le agarran a los extranjeros (especialmente españoles) que visitan México: ¡Ja! ¡Invasores! ¡Si son tan guapos bánquense estos chiles picosos!


Así descubrí que tengo el privilegio (?) de haber sufrido la venganza de Moctezuma (y también sentí el poder de Chaac, como habrán leído acá). Es una manera prolija de describir ese momento horrible, y tremendamente papelonero aunque se lo lleve con elegancia, de la llamada "diarrea del viajero". Qué porquería. El consejo que te dan siempre es: no tomar agua a la que uno no está acostumbrado, cuidarse en las comidas, no entrarle con desesperación al morfi exótico, porque el cuerpo de viaje tiene extraños comportamientos. Pero no, Laurita no aprende. Se entrega a las delicias gastronómicas y luego paga las consecuencias.


Papelón adolescente


De adolescente solía pasar parte de mis vacaciones en Villa Gesell con una amiga. Ah, qué lindo, tener 16 y que todas nuestras preocupaciones fueran playa - cena - boliche, así durante muchos días. Fantástico. En aquella época ninguna de las dos andaba con cámaras de fotos a cuestas, y esto da cuenta de que mi adolescencia quedó lejos, lejos. En estos tiempos de selfies compartidas al instante con el mundo entero, lo confieso: viví en el siglo XX. Aún así, en mi memoria guardo recuerdos memorables de esas vacaciones plagadas de carcajadas, de conversaciones filosóficas, de clases de aerobic y partidos de voley, y de mates en la playa al atardecer. Ah, qué lindo. Qué lindos los mates con churros. Qué lindo comer churros mientras relojeábamos el desfile de churros que paseaban por la playa. Qué ricos los churros rellenos de Gesell. Qué bueno que éramos flacas y podíamos bajarnos una docena de churros sin engordar. Ay, los churros. 

¿Cómo lo puedo decir de manera elegante? Los churros... me cayeron mal. 
Me drogué con todo lo que tenía a mi alcance, la mamá de mi amiga me curó el empacho, durante 24 horas sólo dormí y comí galletitas de agua, mientras sufría en silencio la humillación de que toda la familia (o sea, el hermano lindo y mayor de mi amiga) supiera lo que me pasaba. 
Pasaron muchos años y jamás volví a comer ese horror de la gastronomía playera llamada churro relleno. Vade retro Satanás. 


Papelón recién graduado


Cuando terminé la facu sentía que pesaba muchos kilos menos. Ya no más finales, no más trabajos, no más preocupaciones. Tenía por delante un mundo de éxito (?) y para celebrarlo nos fuimos con mi novio a unas despreocupadas vacaciones por Salta y Tucumán. Hermoso recorrido, tres semanas por los Valles Calchaquíes desenchufan a cualquiera. Y la gastronomía salteña es... no sé, deberían declararla Patrimonio de la Humanidad. Pasamos los primeros días en la ciudad de Salta (insisto: recomendadísima) y una tarde nos fuimos a San Lorenzo, un lugar muy lindo con río y montañas en las afueras de la ciudad. Mención aparte para las deliciosas y enviciantes empanadas salteñas. Enviciantes es la clave. Aceitosas es la segunda clave. Nos mandamos una docena de empanadas entre los dos, y todo bien.

Ese día todo bien, pero tenían efecto retardado. En esta ocasión, el efecto "churros de Gesell" me agarró en la madrugada, en Cachi, de campamento, después de guitarreada con vino tinto con otros hippies del camping, sin madre de amiga que cure el empacho ni botiquín con Sertal a mano. Desastre. Mi novio me vio la cara de zombi pseudoresucitado a la mañana y me llevó derechito al hospital. Peeeero si sho estoy bieeeen intentaba decir, pero no tenía energía ni para hablar. El médico se moría de risa cuando le contaba todo lo que había comido, calculo que debía estar especializado en turistas empachados de poca resistencia digestiva. 

Consecuencias: excursión del día cancelada, inyección de buscapina, tomar durante 2 días agua mineral con unas sales locas y asquerosas, medio camping enterado de que no podía tragar bocado, una debilidad que durante varios días no me permitió trepar ni media lomadita y un novio que me cuidó y se ocupó de cocinarme arroz con los implementos prestados por los hippies solidarios.

Consejo: MO-DE-RA-CIÓN con las empanadas. Es difícil, pero se puede. Volví a Salta un tiempo después y disfruté de su gastronomía con más tranquilidad y sin grandes sobresaltos. Pero sin bajarme una docena de empanadas, claro. Con una sola (por comida) fui feliz.

Mención especial para el excelente Hospital Municipal de Cachi.


Papelón internacional: La venganza de Moctezuma



¿Para qué entrar en detalles? Sólo puedo contar que mi cuerpecito resistió durante dos semanas los ataques que le propició la gastronomía mexicana... y eso que me moderé porque el picante no me copa tanto. Pero al comenzar la tercer semana las defensas se aflojaron, empecé a extrañar, me sentía rara en una ciudad hostil, y bueno. 

Una hermosa costumbre que tienen los hoteles mexicanos es que en todos, desde el hotelazo top hasta el hostel rasca, tienen una botellita de agua para cada huésped, porque NO-SE-TO-MA el agua de la canilla. Todos los hoteles están preparados, menos ese lujoso all-inclusive de Cancún. Ahí descubrí, también, que los "olinclusivs" sólo incluyen algunas cosas en algunos horarios: los restaurantes y bares cierran, y a las 3 am no hay nada abierto ni nada inclusiv. No tenía agua para tomar mi necesaria buscapina así que no me quedó otra que llamar al servicio de habitación para pedir una triste, dolarizada y carísima botellita de agua mineral. 
Al día siguiente me sentí mejor, y con la certeza de "el tequila mata todo" (!) me dí el gusto de tomar unos buenos margaritas frente al mar. Si vamos a morir, que sea de lujo.


En fin... una descompostura viajera pasa hasta en las mejores familias. Hay gente que lo pasa muy mal, por suerte no fue mi caso, pero ya se sabe que hay que tener cuidado: no exagerar con las comidas locas si uno tiene un estómago sensible, tratar de tomar agua envasada, no comer verduras crudas si no sabemos cómo se lavaron, etc. Igual, es imposible estar al tanto de todo a no ser que uno se vuelva un freak, y no da privarse de gustos: quién se puede negar a un zuco de abacaxi bien natural en una playa brasilera, a unos mariscos chilenos, a unas empanadas salteñas... Hay que disfrutar, relajarse y gozar, o como dicen los viejos, los gustos hay que dárselos en vida. Venganza de Moctezuma: no te tenemos miedo.





miércoles, 23 de abril de 2014

La tecnología, los viajes y yo: una relación fallida

Uno podría pensar que una chica tan moderna como yo (?) está siempre al tanto de las últimas novedades tech, que baja las últimas apps de viajes en su smartphone, que se conecta al wifi en todos lados y tuitea desde lo alto de la torre Eiffel subiendo fotos a Instagram. Pues no. Nada más lejos que eso. No solo soy bastante analógica (dame un mapa de ruta y tirá a la basura ese GPS) sino que además, cuando sí tengo tecnología, pueden pasar dos cosas: o atrasa cinco años, o la pierdo. O ambas.

Papelón tecnológico, acto 1


Nos vamos con novio de vacaciones a Mendoza, verano de 2004. Ya existían las cámaras digitales, pero todavía convivían con las analógicas; nosotros teníamos una de estas últimas. Después de unos cuantos días de recorrida nos dirigimos a la excursión de Alta Montaña: un paseo que te lleva desde la ciudad de Mendoza hasta la frontera con Chile, recorriendo la precordillera, parando en Uspallata para desayunar y luego adentrarse en la majestuosa Cordillera de los Andes... cada curva revela un paisaje increíble y literalmente no dan los ojos para ver todo. En el primer mirador bajamos de la combi y cuando voy a sacar la primer foto... ¿y la cámara? ¿la tenés vos? ¿Dónde está? Buscamos por todos lados y la cámara no aparecía. Estaba en uno de los lugares más lindos de Argentina y no podía sacar fotos... ahí pasaron el Puente del Inca, el Aconcagua, las alturas del Cristo Redentor... una vez pasado el mal humor empezamos a disfrutar del recorrido, pero qué bronca.
¿Y la cámara? Ahí, en Uspallata, cagándose de risa. La habíamos dejado cuando desayunamos. Al regreso paramos a preguntar y la encontramos. Pero los paisajes fotogénicos ya habían quedado atrás.

Este verano volvimos y, ya con cámara digital, me cansé de sacarle fotos a esos paisajes. Por suerte, diez años después, las montañas seguían ahí.

Papelón tecnológico, acto 2

No aprende, Laurita no aprende. Sale de viaje sola por primera vez fuera del país, y ya tiene cámara digital. Es 2008, todavía usa cybercafés en el viaje pero no los visita mucho, hay que hacer rendir la plata que con tanto esfuerzo juntó. Así que nada de perder tiempo subiendo fotos a Facebook, sólo manda unas pocas fotitos por mail a la familia. [abandono la 3° persona porque ya parezco el diego]

Llevaba quince días recorriendo México y llegaba al momento más fantástico del viaje: ir a Chichén Itzá a ver el fenómeno del equinoccio en la pirámide principal (aquí está bien explicadito de qué se trata el asunto). El recorrido turístico en micro sale tempranito de Cancún, pero antes de llegar al sitio hace una parada en el cenote Ik-Kil, donde turistas de todo el mundo (principalmente yanquis) se tiran a nadar. Yo ya había estado en ambos lugares tres días antes, pero el equinoccio es el equinoccio así que vamos de nuevo. Nadar en el cenote es maravilloso, y hacerlo dos veces es mejor aún. Los placeres de la vida... 
Al salir del agua corro al vestuario, me cambio a las apuradas para no perder el micro y quedar varada rodeada de gringos. El micro recorre unos cuantos kilómetros hasta que me doy cuenta que la cámara... la cámara no está. SE ESFUMÓ. Otra vez lo mismo. Déja vu, pero sola y lejos de casa. Y SIN HABER HECHO BACKUP.
Pedí ayuda, llamamos de nuevo a los administradores del cenote, "si aparece te avisamos". En Uspallata recuperé la cámara. Pero no puede ocurrir dos veces el mismo milagro. Mi cámara digital nueva y con mil fotos de todo México quedó ahí, en el vestuario del cenote. Un verdadero sacrificio a los dioses.

¿Cómo terminó el asunto? Compré una cámara "automática" en Chichén Itzá, usé el resto del viaje la cámara de rollo de la anécdota 1 que había llevado por las dudas, los amigos que conocí en el viaje me compartieron montones de fotos que son mi recuerdo de los primeros días... y a la hora del equinoccio se desató la furia de Chaac sobre el sitio, y una flor de tormenta nos empapó. Y sin sol no hay fenómeno de luz y sombra que funcione. Perdí la cámara, perdí las fotos, perdí el equinoccio fantástico. A mucha gente le dije "la cámara me la afanaron". No podía, además, perder mi dignidad.

Papelón tecnológico, acto 3.

Cuando fui a Guatemala aprendí la lección. Mi tecnológico novio (que quedó en Buenos Aires) ideó un sistema para que yo pudiera cargar mis fotos directamente en su computadora; todos los días buscaba un cybercafé [2010 y seguía yendo a cybercafés] y uplodeaba las fotos ahí; backup permanente. Podía perder la cámara pero no las fotos. Qué sistema tan genial.
Pero ahí me dí cuenta que con cámara digital no alcanza. Hacia el 2010 los cybercafés ya eran una especie en extinción, así como las compus libres en los hoteles. Todo era zona wifi. Incluso en el curso en el que participé era de las únicas que tomaban apuntes en cuaderno... Nota mental: vuelvo a casa y ahorro para una notebook. 
Pero tampoco alcanzaba con la inexistente notebook. También viajé sin pendrive. Cuando el profesor te dice que te pasa todas las presentaciones en powerpoint que usó en clase, te das cuenta que necesitás un pendrive (la memoria de la cámara cumplió con dignidad su rol de almacenamiento de ppts). Cuando vas a una biblioteca y te encontrás con un bibliotecario copadísimo que te ofrece montones de archivos más que útiles en .pdf, necesitás un pendrive (acá la memoria alcanzó su límite). Como conclusión, terminé corriendo a la librería más cercana a comprar muchos CDs para archivar todos los hermosos archivitos que me ofreció el bibliotecario. La dignidad tecnológica se quedó, de nuevo, en casa.


Moraleja: si viajás por laburo, no te olvides la notebook, netbook, tablet, smartphone o lo que sea. Ni el pendrive. Los cybercafés son algo muy raro, las zonas wifi abundan y por más acostumbrado que estés a lo analógico, lo digital se impone (Soy de esa generación criada en lo no-digital pero que se acostumbró a estar hiperconectada, así que estoy con un pie en el siglo XX y con otro en el XXI, sepan comprender). Hay que viajar bien equipado, no queda otra. Y no olvidarse los cargadores. Y hacer backups de las fotos.[Los menores de 25 años y/o viajeros frecuentes se cagan de risa de esta moraleja, pero bueno, hay que recordarla]

Moraleja 2: si viajás conmigo, NO ME DES LA CÁMARA. 

domingo, 6 de abril de 2014

Mañana voy a verte

Mañana voy a verte.
Mañana nos vemos, vamos a encontrarnos, vamos a volver a cruzarnos, como tantas veces. Mañana me saludarás con un beso, y al hacerlo pondrás tu mano sobre mi hombro, como hacés con todo el mundo, todo el tiempo. Te correrás a un costado y seguirás con lo tuyo. Mi hombro enviará una señal de piel de gallina al resto del cuerpo y una especie de frío correrá por mi espalda. Seguramente diga alguna tontería para romper el hielo. Minutos después, eternos para mí, fugaces para el resto, nos separaremos, y el beso de despedida no será tan luminoso como el primero. Te irás conversando con alguien y yo quedaré ahí, entera como siempre, y sin embargo un poco más vacía.

Mañana voy a verte.
Le pediré a mi mamá que me ponga la mejor remera, la más linda, que me regalaron y que nunca uso, sólo en ocasiones especiales. Todos los jueves a la tarde son mi ocasión especial. La maestra lo sabe, pero vos no. Diez minutos antes de salir ya estaré listo y radiante, y será tanta mi alegría que no podré enojarme, aunque quiera, con mamá cuando salga apurada, cuando no le arranque el auto, cuando me diga que la espere porque se olvidó algo. No quiero llegar tarde, me daría vergüenza llegar a la clase y que estén todos ahí, y que la maestra me señale, y que me mires en mi torpeza. Me pondré mi mejor remera aunque no servirá de nada, porque llegaré temprano y me sentaré en el fondo, porque no podrás ver cuando sonrío cada vez que levantás la mano para responder algo, porque sólo te miro de lejos, aunque recuerdo todos los detalles de tu cara, tu pelo, y del movimiento de tus manos, como si te tuviera cerca todos los días.

Mañana voy a verte.
Nos vemos de lunes a viernes, de nueve a cinco, pero mañana voy a verte de verdad. Me miro al espejo esta noche y me siento más linda que nunca, con una seguridad que otras veces desconozco. Pienso en cómo tiene que estar mi pelo, en la prolijidad de mis manos, en el maquillaje de mis ojos y en el cuello de la camisa. Voy a mirarte fijo cuando estés hablando, e intentaré decir algo inteligente y espontáneamente ensayado. Camino por mi casa, como si fuera mañana cuando esté saliendo de la sala de reuniones y me mires alejarme; cuando sea uno de esos pocos minutos en que siento tu mirada sobre mí, minutos en los que sé que ocupo gran parte de tu pensamiento, hasta que vuelvas a ocuparte de la oficina, de las reuniones, del colegio de los chicos y del regalo de aniversario para tu mujer. Mañana voy a verte y mañana vas a verme, me aseguraré de que lo hagas.

Mañana voy a verte.
Llegarás a la facultad tarde, corriendo como siempre, y te sentarás en el lugar vacío que habrá al lado mío. Con indiferencia y de reojo, abriendo tu cuaderno, me comentarás lo caótico del tránsito, lo que tardó el subte y la cantidad de gente que había. Yo sentiré tu perfume y perderé el hilo de la explicación, no entenderé ningún ejercicio y, menos aún, entenderé cómo vos sí captás todo como si la matemática estuviera dentro tuyo. Pensaré en pedirte ayuda para estudiar pero sé que sería absurdo, que seguro no podrás, que tenés vida además de la facultad y que seguro saldrás con tu novio o tus amigas, con algún plan mejor que explicarle las cosas más básicas a un idiota como yo. Lo pensaré, pero no lo diré nunca. No valdría la pena, sería peor, me hipnotizarías, y te frustrarías por intentar explicarme mil veces sin que yo entienda, como no entiendo nada ahora mientras trato de estudiar, como no entenderé nada mañana porque te sentarás al lado mío y me habrías dirigido, finalmente, al final del cuatrimestre, por una vez la palabra. 

Mañana voy a verte. 
Ya pienso en qué contarte, en llevarte las novedades de la familia, en decirte que los chicos pasaron de grado y además les va bien en inglés. Mañana podré contarte que fui al médico y que me encontró igual que siempre, que me prohibió las comidas de siempre, que me mandó las mismas pastillas de siempre a la misma hora de siempre. Mañana podré contarte que me compré una nueva tele para mirar desde la cama, y no podrás creer que ahora haya tres teles en una casa donde hace cincuenta años apenas había una radio. Mañana me abrumarás con recuerdos del pasado, con pavadas, con pensamientos que jamás se me habría ocurrido que tendrías. Me hablarás de gente que no vemos hace décadas, y te mostrarás indiferente ante los avances en inglés de los chicos, aunque si estuvieras bien habrías sido vos misma quien les enseñe. Mañana voy a verte y vas a verme, aunque si es un buen día apenas recordarás quien soy. 

domingo, 23 de marzo de 2014

Vértigo en la selva

Cada vez que llega esta época me pega la nostalgia. Hace cuatro años me fui, solita con mi valija (sí, valija y no mochila, bad choice), a Guatemala por dos semanas. Fue una aventura en todo sentido, unas de esas que te ponen introspectiva, te dan vuelta la cabeza y te devuelven renovada. Improvisé bastante, anduve sola por lugares con mala fama, recorrí un montón y me quedé con ganas de más. Guatemala es un país increíble, y su gente es maravillosa. Y uno de esos lugares maravillosos es Tikal. 

Para una enamorada de la cultura maya, Tikal era EL lugar para ir. Hubo que viajar a la selva, tomar pastillas para la malaria, llevar un repelente especial y prepararse para caminar. Mucho. El sitio es enorme, y lo que en el mapa parece "cerca" implica unos veinte minutos de caminata por senderitos poco señalizados (y bastante poco transitados, a pesar de la cantidad de la gente que visita el lugar). Debo confesar que en algunos momentos me agarró cagazo: las advertencias de la Lonely Planet sobre episodios de violencia no eran muy tranquilizadoras. Pero no me importaba nada. Me sentía chiquita, minúscula ante la inmensidad de los árboles y la presencia de aves y monos de todo tipo. Se me aflojaron las piernas cuando llegué a la plaza central y tuve enfrente a los templos 1 y 2 y me puse a recorrer la acrópolis.


Pero el punto máximo de esplendor del sitio se apreciaba desde lo alto del templo 5. Al 1 no se puede subir; al 2 sí pero es pequeñito. Dí unas vueltas y tras otra caminata llegué al 5. Es el segundo templo más alto del sitio, con unos 59 mts. de altura (como entre 15 y 20 pisos). Se me aflojaron las piernas de nuevo, pero esta vez no de emoción sino de julepe. La estructura era ENORME y la escalera, diminuta y extremadamente empinada. La adrenalina estaba a full, la emoción también. Me sentía en un momento de autosuperación, de esos en que la cabeza te maquina diciendo "si llegaste hasta acá no podés arrugar ahora"... tremendo. Repetía el "vos podés, vos podés" mientras trepaba cada escalón. Era crucial no mirar para abajo. Por suerte había poca gente y nadie me apuraba. En contramano, bajan dos gringos. "¿Es lindo arriba?" les pregunté. "Fabuloso. Vamos que falta poco. You can do it". Finalmente llegué.

La vista era impresionante, efectivamente. Estaba por encima de esos árboles inmensos, y por encima también se asomaban las crestas de las pirámides. Bajaron dos italianas y me quedé sola en el templo 5, sin poder creer la felicidad y la emoción. Lloré, claro, como no podía ser de otra manera. Quería compartir ese momento con mucha gente, y al mismo tiempo disfrutar de esa soledad en lo alto de la selva del Petén. Mi mente volaba imaginando cómo habría sido ese lugar hace 1400 años... No me quería ir. 

Pero había que volver. Y ahí tuve que hacer algo que no había hecho para nada mientras subía: mirar para abajo. Se me aflojaron las piernas nuevamente. Sentía que la pendiente era de 90°. Ya está, no había vuelta atrás, ¡tenía que bajar! ¿Qué iba a hacer? ¿Llorar para que me bajaran a upa? ¿Pedir un rescate en helicóptero? ¿El seguro del viajero incluía rescates en las alturas? A lo lejos sólo se veía un guardia diminuto que, seguro, se estaría cagando de risa. "Otra turista boluda que no se anima a bajar". Madre mía, qué vértigo, la puta que lo parió. ¡A quién carajo se le ocurre hacer una escalera así! ¿Por qué no las hicieron como en el templo 2, o el 4, con descansos y escalones como cualquier otra escalera normal? Bueno, ya fue, hay que bajar. Me llevó tres o cuatro intentos darle la espalda al precipicio, agarrarme y empezar a bajar. Me sentía como Indiana Jones en Petra, con su "salto de fe".

Mientras bajaba, me crucé con dos gringuitas que subían. "Oh my god, this is too difficult! ¿Es muy difícil bajar?". Y mentí, piadosamente mentí "No, no, es re fácil. La vista arriba es hermosa y bajar es mucho más fácil." Mentira! Pero ¿qué les iba a decir? "Sí, chicas, es imposible, me estoy haciendo pis del miedo, no suban". No podía hacerles eso. Se iban a perder la magnífica vista de Tikal desde las alturas.


 El templo, la escalerita, y en lo alto unas personas...
Tikal, en la selva del Petén, al norte de Guatemala

domingo, 16 de marzo de 2014

Divagaciones norteñas

Poner sobre el papel un montón de sensaciones que flotan alrededor mío es un poco absurdo. Es simplificar y pasar por el filtro de la razón y de la escritura algo que, por definición, la excede. Es como nombrar el amor; verbalizarlo es cargar de definiciones algo que, por definición, no puede definirse, ni clasificarse, ni poseerse, que tiene tantos sentidos como experiencias posibles. Nombrarlo es en cierto modo ponerlo en una caja de expectativas y deberes, es casi matarlo.
Hablamos durante horas de sentidos, de fenómenos y de experiencias, de fenómenos en relación, de percepciones, y todo se mezcla con colores, sonidos, un clima distinto, indicios que me remiten a mi infancia, a ese alguien que fui cuando nada pasaba por la razón y el intelecto. Recuerdos que se activan por sonidos o por silencios, por fotos mentales, por imágenes, o por ese algo imperceptible que llamamos sensaciones.
Intento sacar fotos para captar las sensaciones, y es más lo que queda afuera que lo que está adentro. Pruebo con nuevos efectos y encuadres, pero nada alcanza. Lo imponente de las nubes, tan volátiles y efímeras, tan brillantes y explosivas, se mezcla con la masa perenne de las montañas. El viento sopla y de a ratos, hasta grita. Intentar poner todo eso en dos dimensiones, es como nombrar el amor, o como explicar el dolor o la felicidad.
Escucho sólo ese viento y mis pies pateando la tierra y las piedras. Me siento sobre el puente, con los pies colgando, casi casi flotando, los pies ya no están en la tierra. El paisaje que tengo enfrente me interpela, inunda mis ojos, aturde mis oídos, me entra por los poros de la piel. El momento es, como las nubes, efímero pero contundente. Ese aire imperceptible que me rodea se llena de recuerdos, atardeceres vistos desde las alturas, haciendo silencio y concentrándonos para escuchar cómo el sol choca con la tierra... fijar la vista en una estrella, en noche cerrada, y enfocarme tanto tanto y mirarla tan fuerte, hasta lograr que las demás desaparezcan... esos puentes invisibles que se tienden entre la gente, no entre todos, sólo entre esas personas que pueden franquear las barreras del aire que me rodea. Encuentros que se transforman en una charla, en un abrazo, en un beso, en una palabra de aliento o en una mirada fugaz y verdadera. El aire se llena de esas pocas pero indispensables personas que no están... pero sí.
Camino casi a oscuras y la necesidad de escribir, de fijarlo todo, de captarlo, la urgencia de registrar algo que se desvanece, se choca con la necesidad de no escribir, de no contar, de no guardar, de que sea efectivamente efímero.
Voy llegando de a poco, avanzo de nuevo con los pies en la tierra, que es a fin de cuentas la única manera de avanzar. El silencio se puebla de luces y risas lejanas, a las que me acerco. Alguien me nombra, rompe el hechizo. Corro a esconderme, a escribir, a dar forma sobre el papel antes de que el momento termine de morir. Las ganas de poner sobre el papel las sensaciones triunfa, a pesar de que escribirlas en forma de letras, párrafos y renglones sea domesticarlas.
La pasión que se percibe y se me expresa se contagia. A fin de cuentas, qué son sino las musas, sino aquellas que me invaden y me obligan a dar vida a estas hojas que, hace unos minutos, aún no existían. ¿Qué es crear, sino hacer visible algo que hasta minutos antes, sólo flotaba en el aire?


Tilcara, 10-12-2010


miércoles, 12 de marzo de 2014

Milán, capital de la moda

Esta breve historia empieza mucho antes del viaje, cuando estábamos intentando sacar en forma anticipada el pasaje de tren de Venecia a Milán. Varias veces intenté en la web de Trenitalia y no había caso: no había precio en oferta, no había lugar, no entraba la tarjeta, etc. Finalmente conseguí pasaje... pero me confundí de día. Ya fue, imposible devolverlo. Volví a sacarlo después de varios intentos. Lo conseguí: salíamos a las 6.20 del día exacto desde Venezia Santa Lucía hasta Milano Centrale. ¿Por qué cuento esto? Porque era un viaje que ya venía en contra de lo que decían los planetas... 

El día de la partida 6.20 hasta Milán, ya llevábamos dos semanas de viaje, de mucho andar y poco dormir. La noche anterior la habíamos pasado torrando como podíamos, y con algo de resaca, en el tren nocturno Munich-Venecia (y sí, había que despedirse de Alemania con mucha birra). Durante el día habíamos paseado un montón y comido poco... cuestión: no dábamos más. Nos habremos dormido como a la 1 am o más, y para colmo yo me sentía algo descompuesta.

No recuerdo haber escuchado el despertador que habíamos puesto 5.30. Abrí un ojo y miré el reloj: eran las 6.10. Nah, debo estar dormida. 6.10... WAAAAAA SON Y DIEEEEEZ NO LLEGAMOS!!!! ¡NOS QUEDAMOS DORMIDOS! Nos sentamos los dos de golpe en la cama. Sí: vamos que llegamos. Yes we can. Impossible is nothing.

Ya teníamos las mochilas casi listas. "Ponete la ropa arriba del pijama". Nos pusimos las zapatillas y me até el pelo mientras gritaba "agarrá la plata, no te olvides los pasaportes". 
A las 6.12 estábamos bajando a las corridas tres pisos por una escalerita diminuta en un hotel desvencijado, digo, vintage. Mientras Sergio bajaba con las mochilotas (hay que viajar livianos, amigos), yo le decía al conserje "Arrivederci, we are leaving the room" (en mi clásica combinación idiomática), devolvía las llaves y buscaba los pasajes de tren. 
A las 6.14 empezábamos a correr las tres largas, irregulares, empedradas y llenas de obstáculos cuadras que nos separaban de la estación (sí, además de canales, en Venecia hay calles). Durante esos minutos yo sólo pensaba "ojalá que el tren esté cerca de la entrada de la estación", porque hay estaciones que son gigantes y encontrar el andén implica descifrar un laberinto.

A las 6.18 llegamos a la estación. Subimos las escaleras con la lengua afuera y nos tomamos unos treinta segundos para recuperar el aliento y mirar las pantallas. Había sólo un tren esperando. Frente a nuestros ojos.
A las 6.19 subimos al tren. 

Súper puntual, a las 6.20 arrancó.
Nos tomó un rato largo recorrer el tren buscando nuestro vagón y asiento. Estábamos en la otra punta de Italia cuando nos recuperamos por completo. Fui al baño, me lavé los dientes y me acomodé el pelo. Creo que me puse desodorante. Ni me maquillé. Ni me saqué el pijama. 

Hay modelos que venderían su alma por recorrer Milán. Es la capital mundial de la moda, del estilo, del glamour, de los autos de lujo, con uno de los mejores teatros de ópera del mundo. Súper classy. Y ahí llegamos: metimos las mochilas en un locker y nos fuimos a pasear. Sin moda, sin estilo, sin glamour, sin lujo, en zapatillas y con el pijama abajo de los pantalones. 

El famoso "Dios le da pan al que no tiene dientes", en mi caso, fue un "Dios le da Milán a quien no tiene estilo". El mundo, el universo, el destino, los planetas... parecían no querer que estuviéramos ahí. Pero ahí estuvimos. 

 Yo, con mi glamour y mi estado atlético envidiable
Sergio, las mochilas y los trenes italianos en la estación.