domingo, 23 de marzo de 2014

Vértigo en la selva

Cada vez que llega esta época me pega la nostalgia. Hace cuatro años me fui, solita con mi valija (sí, valija y no mochila, bad choice), a Guatemala por dos semanas. Fue una aventura en todo sentido, unas de esas que te ponen introspectiva, te dan vuelta la cabeza y te devuelven renovada. Improvisé bastante, anduve sola por lugares con mala fama, recorrí un montón y me quedé con ganas de más. Guatemala es un país increíble, y su gente es maravillosa. Y uno de esos lugares maravillosos es Tikal. 

Para una enamorada de la cultura maya, Tikal era EL lugar para ir. Hubo que viajar a la selva, tomar pastillas para la malaria, llevar un repelente especial y prepararse para caminar. Mucho. El sitio es enorme, y lo que en el mapa parece "cerca" implica unos veinte minutos de caminata por senderitos poco señalizados (y bastante poco transitados, a pesar de la cantidad de la gente que visita el lugar). Debo confesar que en algunos momentos me agarró cagazo: las advertencias de la Lonely Planet sobre episodios de violencia no eran muy tranquilizadoras. Pero no me importaba nada. Me sentía chiquita, minúscula ante la inmensidad de los árboles y la presencia de aves y monos de todo tipo. Se me aflojaron las piernas cuando llegué a la plaza central y tuve enfrente a los templos 1 y 2 y me puse a recorrer la acrópolis.


Pero el punto máximo de esplendor del sitio se apreciaba desde lo alto del templo 5. Al 1 no se puede subir; al 2 sí pero es pequeñito. Dí unas vueltas y tras otra caminata llegué al 5. Es el segundo templo más alto del sitio, con unos 59 mts. de altura (como entre 15 y 20 pisos). Se me aflojaron las piernas de nuevo, pero esta vez no de emoción sino de julepe. La estructura era ENORME y la escalera, diminuta y extremadamente empinada. La adrenalina estaba a full, la emoción también. Me sentía en un momento de autosuperación, de esos en que la cabeza te maquina diciendo "si llegaste hasta acá no podés arrugar ahora"... tremendo. Repetía el "vos podés, vos podés" mientras trepaba cada escalón. Era crucial no mirar para abajo. Por suerte había poca gente y nadie me apuraba. En contramano, bajan dos gringos. "¿Es lindo arriba?" les pregunté. "Fabuloso. Vamos que falta poco. You can do it". Finalmente llegué.

La vista era impresionante, efectivamente. Estaba por encima de esos árboles inmensos, y por encima también se asomaban las crestas de las pirámides. Bajaron dos italianas y me quedé sola en el templo 5, sin poder creer la felicidad y la emoción. Lloré, claro, como no podía ser de otra manera. Quería compartir ese momento con mucha gente, y al mismo tiempo disfrutar de esa soledad en lo alto de la selva del Petén. Mi mente volaba imaginando cómo habría sido ese lugar hace 1400 años... No me quería ir. 

Pero había que volver. Y ahí tuve que hacer algo que no había hecho para nada mientras subía: mirar para abajo. Se me aflojaron las piernas nuevamente. Sentía que la pendiente era de 90°. Ya está, no había vuelta atrás, ¡tenía que bajar! ¿Qué iba a hacer? ¿Llorar para que me bajaran a upa? ¿Pedir un rescate en helicóptero? ¿El seguro del viajero incluía rescates en las alturas? A lo lejos sólo se veía un guardia diminuto que, seguro, se estaría cagando de risa. "Otra turista boluda que no se anima a bajar". Madre mía, qué vértigo, la puta que lo parió. ¡A quién carajo se le ocurre hacer una escalera así! ¿Por qué no las hicieron como en el templo 2, o el 4, con descansos y escalones como cualquier otra escalera normal? Bueno, ya fue, hay que bajar. Me llevó tres o cuatro intentos darle la espalda al precipicio, agarrarme y empezar a bajar. Me sentía como Indiana Jones en Petra, con su "salto de fe".

Mientras bajaba, me crucé con dos gringuitas que subían. "Oh my god, this is too difficult! ¿Es muy difícil bajar?". Y mentí, piadosamente mentí "No, no, es re fácil. La vista arriba es hermosa y bajar es mucho más fácil." Mentira! Pero ¿qué les iba a decir? "Sí, chicas, es imposible, me estoy haciendo pis del miedo, no suban". No podía hacerles eso. Se iban a perder la magnífica vista de Tikal desde las alturas.


 El templo, la escalerita, y en lo alto unas personas...
Tikal, en la selva del Petén, al norte de Guatemala

domingo, 16 de marzo de 2014

Divagaciones norteñas

Poner sobre el papel un montón de sensaciones que flotan alrededor mío es un poco absurdo. Es simplificar y pasar por el filtro de la razón y de la escritura algo que, por definición, la excede. Es como nombrar el amor; verbalizarlo es cargar de definiciones algo que, por definición, no puede definirse, ni clasificarse, ni poseerse, que tiene tantos sentidos como experiencias posibles. Nombrarlo es en cierto modo ponerlo en una caja de expectativas y deberes, es casi matarlo.
Hablamos durante horas de sentidos, de fenómenos y de experiencias, de fenómenos en relación, de percepciones, y todo se mezcla con colores, sonidos, un clima distinto, indicios que me remiten a mi infancia, a ese alguien que fui cuando nada pasaba por la razón y el intelecto. Recuerdos que se activan por sonidos o por silencios, por fotos mentales, por imágenes, o por ese algo imperceptible que llamamos sensaciones.
Intento sacar fotos para captar las sensaciones, y es más lo que queda afuera que lo que está adentro. Pruebo con nuevos efectos y encuadres, pero nada alcanza. Lo imponente de las nubes, tan volátiles y efímeras, tan brillantes y explosivas, se mezcla con la masa perenne de las montañas. El viento sopla y de a ratos, hasta grita. Intentar poner todo eso en dos dimensiones, es como nombrar el amor, o como explicar el dolor o la felicidad.
Escucho sólo ese viento y mis pies pateando la tierra y las piedras. Me siento sobre el puente, con los pies colgando, casi casi flotando, los pies ya no están en la tierra. El paisaje que tengo enfrente me interpela, inunda mis ojos, aturde mis oídos, me entra por los poros de la piel. El momento es, como las nubes, efímero pero contundente. Ese aire imperceptible que me rodea se llena de recuerdos, atardeceres vistos desde las alturas, haciendo silencio y concentrándonos para escuchar cómo el sol choca con la tierra... fijar la vista en una estrella, en noche cerrada, y enfocarme tanto tanto y mirarla tan fuerte, hasta lograr que las demás desaparezcan... esos puentes invisibles que se tienden entre la gente, no entre todos, sólo entre esas personas que pueden franquear las barreras del aire que me rodea. Encuentros que se transforman en una charla, en un abrazo, en un beso, en una palabra de aliento o en una mirada fugaz y verdadera. El aire se llena de esas pocas pero indispensables personas que no están... pero sí.
Camino casi a oscuras y la necesidad de escribir, de fijarlo todo, de captarlo, la urgencia de registrar algo que se desvanece, se choca con la necesidad de no escribir, de no contar, de no guardar, de que sea efectivamente efímero.
Voy llegando de a poco, avanzo de nuevo con los pies en la tierra, que es a fin de cuentas la única manera de avanzar. El silencio se puebla de luces y risas lejanas, a las que me acerco. Alguien me nombra, rompe el hechizo. Corro a esconderme, a escribir, a dar forma sobre el papel antes de que el momento termine de morir. Las ganas de poner sobre el papel las sensaciones triunfa, a pesar de que escribirlas en forma de letras, párrafos y renglones sea domesticarlas.
La pasión que se percibe y se me expresa se contagia. A fin de cuentas, qué son sino las musas, sino aquellas que me invaden y me obligan a dar vida a estas hojas que, hace unos minutos, aún no existían. ¿Qué es crear, sino hacer visible algo que hasta minutos antes, sólo flotaba en el aire?


Tilcara, 10-12-2010


miércoles, 12 de marzo de 2014

Milán, capital de la moda

Esta breve historia empieza mucho antes del viaje, cuando estábamos intentando sacar en forma anticipada el pasaje de tren de Venecia a Milán. Varias veces intenté en la web de Trenitalia y no había caso: no había precio en oferta, no había lugar, no entraba la tarjeta, etc. Finalmente conseguí pasaje... pero me confundí de día. Ya fue, imposible devolverlo. Volví a sacarlo después de varios intentos. Lo conseguí: salíamos a las 6.20 del día exacto desde Venezia Santa Lucía hasta Milano Centrale. ¿Por qué cuento esto? Porque era un viaje que ya venía en contra de lo que decían los planetas... 

El día de la partida 6.20 hasta Milán, ya llevábamos dos semanas de viaje, de mucho andar y poco dormir. La noche anterior la habíamos pasado torrando como podíamos, y con algo de resaca, en el tren nocturno Munich-Venecia (y sí, había que despedirse de Alemania con mucha birra). Durante el día habíamos paseado un montón y comido poco... cuestión: no dábamos más. Nos habremos dormido como a la 1 am o más, y para colmo yo me sentía algo descompuesta.

No recuerdo haber escuchado el despertador que habíamos puesto 5.30. Abrí un ojo y miré el reloj: eran las 6.10. Nah, debo estar dormida. 6.10... WAAAAAA SON Y DIEEEEEZ NO LLEGAMOS!!!! ¡NOS QUEDAMOS DORMIDOS! Nos sentamos los dos de golpe en la cama. Sí: vamos que llegamos. Yes we can. Impossible is nothing.

Ya teníamos las mochilas casi listas. "Ponete la ropa arriba del pijama". Nos pusimos las zapatillas y me até el pelo mientras gritaba "agarrá la plata, no te olvides los pasaportes". 
A las 6.12 estábamos bajando a las corridas tres pisos por una escalerita diminuta en un hotel desvencijado, digo, vintage. Mientras Sergio bajaba con las mochilotas (hay que viajar livianos, amigos), yo le decía al conserje "Arrivederci, we are leaving the room" (en mi clásica combinación idiomática), devolvía las llaves y buscaba los pasajes de tren. 
A las 6.14 empezábamos a correr las tres largas, irregulares, empedradas y llenas de obstáculos cuadras que nos separaban de la estación (sí, además de canales, en Venecia hay calles). Durante esos minutos yo sólo pensaba "ojalá que el tren esté cerca de la entrada de la estación", porque hay estaciones que son gigantes y encontrar el andén implica descifrar un laberinto.

A las 6.18 llegamos a la estación. Subimos las escaleras con la lengua afuera y nos tomamos unos treinta segundos para recuperar el aliento y mirar las pantallas. Había sólo un tren esperando. Frente a nuestros ojos.
A las 6.19 subimos al tren. 

Súper puntual, a las 6.20 arrancó.
Nos tomó un rato largo recorrer el tren buscando nuestro vagón y asiento. Estábamos en la otra punta de Italia cuando nos recuperamos por completo. Fui al baño, me lavé los dientes y me acomodé el pelo. Creo que me puse desodorante. Ni me maquillé. Ni me saqué el pijama. 

Hay modelos que venderían su alma por recorrer Milán. Es la capital mundial de la moda, del estilo, del glamour, de los autos de lujo, con uno de los mejores teatros de ópera del mundo. Súper classy. Y ahí llegamos: metimos las mochilas en un locker y nos fuimos a pasear. Sin moda, sin estilo, sin glamour, sin lujo, en zapatillas y con el pijama abajo de los pantalones. 

El famoso "Dios le da pan al que no tiene dientes", en mi caso, fue un "Dios le da Milán a quien no tiene estilo". El mundo, el universo, el destino, los planetas... parecían no querer que estuviéramos ahí. Pero ahí estuvimos. 

 Yo, con mi glamour y mi estado atlético envidiable
Sergio, las mochilas y los trenes italianos en la estación. 


martes, 25 de febrero de 2014

La seguridad del Reichstag

[señores del Inadi: de nuevo, tengan compasión. Post cargado de preconceptos sobre los alemanes]

Era una de las visitas planificadas y más esperadas del viaje: subir a la cúpula del Reichstag, el Parlamento alemán en Berlín. Una mezcla arquitectónica fascinante, con una base del siglo XIX y una cúpula de la década de 1990, desde donde se tienen vistas panorámicas de toda la ciudad. Era una visita cargada de historia (como todo en Berlín, básicamente). Había que reservar un turno con 3 días de anticipación y gracias a que nuestro host nos recordó este dato pudimos hacer la visita. Todo estaba listo: a las 12 del mediodía estaríamos allí.
La estación de trenes desde donde partíamos estaba en reformas, y luego de cruzar varios túneles y andenes perdimos algo de tiempo y llegamos sobre la hora (hermosa nuestra imagen corriendo desesperados desde la estación central hasta el Parlamento, en un lugar donde todo el mundo es puntual y camina ordenadamente).
Llegamos a la entrada para visitantes, y allí tenían una listita “de invitados” con los nombres y números de pasaporte de todos los que teníamos turno para la visita. Antes de entrar había que pasar por un detector de metales y pasar nuestro equipaje por uno de esos cosos que desnudan nuestras mochilas como hay en los aeropuertos. Nos separaron a los dos y fuimos cada uno por una fila.
Yo paso sin dramas pero mi mochila no. Hay algo ahí. Había dos problemas: el primero, que no sé nada de alemán. El segundo, que uno tiene una cierta imagen mental de la ley y las fuerzas de seguridad alemanas, y no son particularmente agradables. Uno viaja e intenta desprenderse de sus prejuicios, pero no siempre funciona: la seguridad del parlamento alemán mete miedo.
El tipo que revisaba mi equipaje me intentó hablar.
- Unfunfrundenschmungen- dijo, o al menos así sonó para mí.
- ¿Lo qué?
- Unfunfrundenschmungen – insistió, pero hablando más lento. Imposible, inentendible, ¡¿de qué planeta viene este idioma?!
- Ich ne sprachen deutsch – o algo así, “ijne sprej doisch” medio repetido para decir “no hablo alemán”. Ya llevábamos varios días en el país pero no había manera de aprender nada.
- ¿English? - me dijo el tipo, muy amablemente, pero sin darme la mochila ni dejarme pasar. Me agrandé y me hice la canchera.
- English, español, francais...-
- Vous avez un couteau – me dijo, en un francés con acento alemán que no entendí.
- ¿Lo qué? - “para qué carajo dije que sé francés si no se nada!”
- Vous avez un couteau.
- … - El tipo se me acerca y me hace un gesto para hablarme al oído. “Serás lindo, pero no es momento para romance” pensé. [Era lindo el malote este]
- You have a swiss knife – Me susurró. Mi mente empezó a traducir “Couteau, swiss knife. LA PUTA MADRE, TENGO LA NAVAJA SUIZA”.
Yo, ahí, en el centro neurálgico de los conflictos del siglo XX, queriendo meter la fucking Victorinox en el Parlamento Alemán. En pocos segundos me imaginé presa explicándole a quince alemanotes que no soy mala, que tan solo soy boluda, que me olvidé de sacar la navaja de la mochila pero que soy buena! Que la navaja la llevo encima para hacer sanguchitos o destapar vinos, ¡nada más!
Me puse roja. Mi vergüenza se entendía en todos los idiomas. Ya no recuerdo en qué idioma me habló, pero entendí que me sacaron la navaja, la pusieron en una bolsita tipo ziploc y me dieron un número. También pensé “chau, no la recupero más, como aquel pisco que me incautaron en el aeropuerto de Lima”. Pero muy organizadamente, como corresponde (son alemanes, al fin y al cabo), recuperé mi navaja al salir de la visita.
Muy amablemente les dije danke schön.
Moraleja: no intentes entrar a edificios de gobierno con objetos cortantes.

Moraleja 2: los de seguridad (y los alemanes en general) son, de todos modos, muy amables. Pero no intentes entrar a edificios de gobierno con objetos cortantes. 


 El Reichstag asomando sobre los árboles


La Cúpula por dentro

jueves, 20 de febrero de 2014

Papelón internacional

[si ud. es miembro del Inadi le solicito amablemente abandone su lectura aquí]

  Viajar es fabuloso. Conocer lugares, conocer gente, vivir experiencias novedosas, salirse un poco de la rutina y espiar por el costado las rutinas de los demás. Viajar es como la vida misma: por más que uno planifique, organice, repase los detalles... la vida te sorprende, y los viajes también. Como me pasó en la Gare du Nord.
  Vale aclarar que venía sin dormir: hacía menos de 48 hs que habíamos aterrizado, y entre el jet lag, dormir entrecortado en los vuelos y la emoción por empezar nuestra aventura, llevaba acumuladas algo así como 5 horas de sueño en total. Era aún de noche y entre RER y metro ya llevábamos una hora viajando cuando, a las 7 am, llegamos a la Gare du Nord aguardando el tren para ir a Bruselas. Habíamos sacado el pasaje con mucha anticipación para que saliera barato (fundamental para un tercermundista mochileando por Europa). Y yo había leído en varios blogs y guías que a los pasajes de tren hay que “validarlos” antes de viajar. No entendía eso de la “validación de tickets”, en años y años de viajar en el Sarmiento nunca había tenido que validar nada. Temía subir al tren, que cayera un guarda francés o belga, me pidiera el ticket validado y al no tenerlo, me arrojara a las llanuras del Somme a 300 km/h.
  “Mejor preguntemos”. Yo estaba emocionada porque con mi precario francés había podido pedir un café (fácil, porque café se dice café en todos lados), y entonces sentía que tenía todo Francia a mis pies. “Sí, sí, voy a preguntar”. Repasé, igual, pensé bien la frase antes de decirla porque sin dormir y en un idioma extraño tampoco estaba en condiciones de improvisar. “Bonjour” (fundamental) “Est-ce que je peux voyager á Bruxelles avec cette billet?”. Repetí varias veces en la mente y me fui a buscar la cabina de informaciones. Ahí, en el medio de la estación que aparece tantas veces en los libros de idiomas, tan grande y con trenes a todo el mundo, ahí estaba yo a punto de hablar en francés con un nativo. Groso. Vamos que podemos. Encontré la cabina y ahí lo encontré.
 Un enano. Un enanito como los que aparecían en el programa de Susana Giménez, como el de Willow. Ahí, grandota y pelotuda, nunca había visto un enano en mi vida. Estaba sentado en una silla que le quedaba enorme y me miraba desde abajo.
  Con pocas horas de sueño y sintiéndome Gulliver me olvidé de todo lo que había repasado. Me paralicé. Si me habló no me acuerdo, y si lo hizo no le entendí un carajo. Y me pasó lo que (según todos los viajeros que dicen que los franceses son amargos y que odian a los ingleses) no te debe pasar. Empecé a hablar en inglés. En realidad hablé en una ensalada, una especie de portuñol, franglés, inglacés, no sé cómo se diría. Años de instituto de inglés contra pocos meses de francés, la batalla se jugaba en mi confundido cerebro. “Bonjour (vamos bien). Est-ce-que-je-peux (oh yeah!) vo-ya-ger (you can do it) with this ticket to Brussels?” (ohhh nooooo).
  Lo mejor de todo fue que el enanito me entendió. O algo así. O vio mi cara de terror y se apiadó de mí. Me hizo el gesto internacional de “sí” con la cabeza, no sé en qué idioma me contestó. Yo no entendía nada, sentía que alrededor mío hablaban en chino mandarín. Me fui muerta de vergüenza y nunca más olvidé el enanito.
  Sentirse ciudadano del mundo y ser súper abierto y tolerante con la diferencia es más difícil de lo que pensaba. Y lo del enano era sólo un indicio de las ensaladas y confusiones idiomáticas que estaban por venir.



 Moraleja: aprendí que si el pasaje tiene fecha y hora no es necesario validarlo. Los que se validan son los tickets abiertos, para que ninguno se haga el bobo y quiera viajar por todo el continente con el mismo billetito. Y el 100% de los enanos que conozco es re amable y políglota.


lunes, 17 de febrero de 2014

Zoo nocturno

Cae la noche y todos se guardan en las madrigueras. En un movimiento lento pero inexorable la ciudad se vacía y las multitudes de explotadores y explotados se esconden de la oscuridad.
La noche en los campos es brillante y con la luna se adivinan los horizontes, y sus habitantes también descansan. Se oyen los ruidos lejanos y la vista se agudiza, pero todos duermen a la espera de la salida del sol, cuando todo vuelve a empezar. Sólo algunos animales nocturnos rompen con sus voces el silencio, y el mudo sonido del viento arrulla al cielo y a la tierra.
En la ciudad, en cambio, los animales nocturnos son otros. No sólo las ratas y los bichos entre caños y rincones mugrientos. Desde lejos, desde arriba, todo parece calmo y silente, sin hojas mecidas por el viento, sin el batir de alas de lechuzas. Mirando más de cerca el panorama es distinto. Cuando todos aquellos llegan a sus casas, hay otros que sin sufrir de insomnio están despiertos hasta que sale el sol. En contramano, en los vacíos vagones que van al centro, salen a la calle para hacer el trabajo sucio, para que todo funcione al día siguiente, mientras ellos duerman acostumbrados al barullo de la ciudad.
Los pocos colectivos que circulan guardan misterios que, a la luz del día, uno no imagina. Y entre conductores y pasajeros hay una camaradería, una comunicación que asombraría a los transeúntes de la hora pico. Los desposeídos pueblan densamente los rincones, más visibles ahora que hay más oscuridad.
Con el nuevo siglo proliferan nuevos trabajos nocturnos, que se superponen con los nocturnos de siempre. Los kioskos abiertos toda la noche, ajenos a cualquier lógica económica pero siempre listos con ese paquete de cigarrillos, esa textura de preservativos, ese antojo de dulce con más dulce de las embarazadas, un café caliente para el residente de guardia en el hospital público, un digestivo de venta libre para bajar la cena. El patrullero haciendo la ronda nocturna, charlando con los caballeros, y levantando la comisión de la noche de las mujeres de la esquina. Arriba de esa esquina, algunas luces encendidas marcan el horario de oficina de estos nuevos jóvenes que atienden por teléfono a gentes de otros rincones del planeta, a fuerza de café y chat.
Y el edificio de elegantes ventanales tiembla al paso del monstruo ruidoso, hediondo, que devora alimento en bolsas negras que hombres corriendo arrojan a su boca. Monstruo carroñero que no deja rastros de su comida, haciendo parecer que quiere más, que es insaciable. En nuestra generosidad lo alimentamos: mejor no pensar donde deja sus propios deshechos... lejos, lejos donde no se huela ni se sienta su sabor en el agua.
Algunas luces encendidas sugieren que aún hay vida, que algunos permanecen en vigilia para asegurar que amanezca de nuevo, mientras el resto está protegido por un sueño profundo. El que tiene que entregar el informe, el que mañana rinde su primer parcial y se pregunta cómo será, el que rinde el último y se pregunta cómo será lo que vendrá después. La madre que termina la tarea de manualidades del hijo, la madre que cuenta contracciones y dilataciones y su propia madre que pasa la noche en vela. El padre que se levanta a preparar la mamadera, el que saca a pasear al perro a la hora en que nadie molesta, el padre que espera levantado a su hijo que trabaja de noche, y le hará unos mates que para uno son el desayuno y para el otro, la cena. La pareja que se besa, el hombre que hace zapping mientras la esposa duerme. El cantante que compone, los bohemios que debaten, los maestros que corrigen, los periodistas en la redacción, y los que hacen guardia: el del hospital, el bombero, el portero del edificio, la telefonista de los taxis, el que entrega la llave en el hotel alojamiento, los de la casa de velorios y los de neonatología. La locutora sexy que acompaña a todos con su voz de noche. Y el del taxi que recién empieza dice “buenos días” a la camarera que limpió el local, y con sueño responde “buenas noches”.

Para los que despiertan, parecerá que fue poco, que no alcanzan las horas de sueño. Para los que van a dormir fue nuevamente una noche interminable, fría y monótona, sin los precios del mercado de divisas, sin los resultados de algún partido de fútbol, sin los anuncios grandilocuentes del presidente, sin ver demasiadas estrellas opacadas por la luz, y sin prender la luz para no despertar a los que duermen. 

[2004]

jueves, 13 de febrero de 2014

Apocalipsis

[esto es algo que escribí a fines de 2012, cuando todos hablaban del "fin del mundo maya" y esas huevadas. Parece anticuado, pero en 2013 vivimos un furor de vaticanismo y por ello comparto este textito]

Me pregunto qué pasaría si alguien tomara un pasaje del Apocalipsis, lo sacara de contexto, y saliera a anunciar que según una escritura sagrada de una cultura exótica se termina el mundo. No le preguntaría a un fiel, a un cura, a un niño que va a catecismo ni a un papa; sólo lanzaría el rumor del desastre. Qué pasaría si no supiéramos nada del resto de la Biblia, ni nos importaran Adán y Eva, Moisés, Jesús, María, Dios.

Alguien reinterpretaría ese pasaje del apocalipsis para generar temor y fomentar una cultura del consumo y el placer inmediatos, "por si mañana se acaba el mundo". Otros harían películas catastrofistas, musicales y miles de horas de documentales con música dramática. Habría quien, para ilustrar y "explicar" el asunto en fotos de Facebook, no dudara en usar iconografía del islam o del judaísmo, "total son todas culturas de por ahí". Algunos otros dirían que la profecía no anuncia el apocalipsis, sino una nueva era de paz, y venderían recetas para asegurar la salvación (propia) y la paz (individual), sin militar por la paz del resto del mundo (para eso no hay tiempo). Y no faltaría quien, por supuesto, diría que "eso lo escribió una cultura demasiado avanzada, seguramente con orígenes en otro planeta". Por supuesto, apoyaría esta hipótesis el hecho de que la Plaza de San Pedro en el Vaticano es claramente una pista de aterrizaje de naves espaciales.
Todos ellos, ¿serían herejes? ¿serían terroristas?

Y si después del temor por el fin del mundo, tras el Día D, tras la oscuridad anunciada, al día siguiente saliera el sol... ¿a quién le echaríamos la culpa? ¿Quiénes consideraríamos que estaban equivocados?