jueves, 31 de diciembre de 2015

Cómo preparar una tarta (con un gateador en la casa)



Antes de ser madre, la receta era

* Compre (o prepare ud. misma) las tapas de pascualina, la verdura, los condimentos, los huevos, el queso y un vinito blanco. No se preocupe por los gastos, la plata alcanza.
* Prenda el horno.
* Abra el vino blanco, previamente refrescado. Sírvase una copa y ponga Aspen.
* Prepare en un bowl la espinaca, el puerro, la cebolla y el ajo. Unifique con un huevo y condimente a gusto.
* Corte los pedacitos de queso y acomódelos con ternura en la base de la tarta, mientras canta una balada éxito de los años 90.
* Vierta la mezcla, emprolije, ponga la otra tapa, haga el repulgue.
* Tome otra copa de vino.
* Pinte la tapa con huevo, haga agujeritos en la misma, mande al horno. 
* Salga al balcón a conversar y tomar vino. Planifique un viaje, una salida al cine o una escapada romántica de fin de semana.
* Retire del horno y disfrute. 

Nueve meses después de ser madre, la receta es

* Compre todo lo más pre-hecho posible. Chequee en el supermercado el precio de los pañales y haga la cuenta a ver si conviene comprar allí o en la pañalera.
* Llegue a su casa y tómese un vaso de agua, no se vaya a deshidratar, que el alerta de calor no es sólo para su hijo.
* Deje a la criatura frente al televisor. Haga una barricada en la puerta del balcón para que no salga.
* Prenda el horno.
* Refuerce la barricada.
* Deje al niño frente al televisor. Esta vez asegúrese de que haya dibujitos con colores flasheros y voces agudas. Canturree desde la cocina alguna canción infantil.
* Pique una cebolla. Asómese al comedor donde dejó a la criatura y sáquelo de arriba de la barricada. Cambiéle la remerita, que se la dejó toda con olor a cebolla.
* Deje la otra cebolla, con una es suficiente. Pique un diente de ajo.
* Asómese al comedor. El niño está entretenido, tiene tiempo.
* Tire todo en un bowl así como viene. No rehogue nada, no es necesario. Mezcle todo con un huevo. Lávese las manos, que enchastrar al pibe con huevo es un asco.
* Aplaste un pedazo de queso y viértale el relleno encima.
* No es necesario que se asome al comedor. Encontrará al niño colgado de su pollera con una mano y abriendo el tacho de basura con la otra.
* Saque al niño de ahí. Sáquele la remera que la llenó de olor a ajo. No es necesario que le ponga otra.
* Consiga un tupper, tacho irrompible o botella de plástico vacía para entretener al niño. No, el cuchillo con el que picó la cebolla no es opción. El palo de amasar tampoco.
* Arme otra barricada entre el niño y el horno. 
* Ponga al niño en el pasillo y diviértase repulgueando la tarta mientras lo ve pasar de una punta a la otra a toda velocidad gateadora.
* Agarre al niño, llévelo al comedor, ponga el noticiero, indígnese con un nuevo decreto de Macri mientras juega con su hijo.
*Vuelva a la cocina y meta la tarta en el horno, que se olvidó de lo más importante.
* Tómese un vaso de agua. Sueñe con tirar abajo un par de paredes y cambiar el parquet por goma eva para convertir su casa en un gran departamento gateable.
* Duerma la siesta con su hijo un rato. Intente despertarse antes de que se queme la tarta. 
* Retire del horno y disfrute. O algo así.

p.d. Si se desanima, recuerde que de a poco se acostumbrará a cocinar con un hijo movedizo en la casa. Y, quién sabe, tal vez el niñito termine en MasterChef. 



lunes, 21 de diciembre de 2015

Tres trimestres

Casi 9 meses. Tres trimestres. En nuestro caso, tres estaciones del año. Hoy, 40 semanas del nacimiento. Distintas formas de medir el tiempo que Fabri lleva con nosotros. Decir que fueron nueve meses intensos y agotadores es repetirme, pero realmente son las primeras palabras que se me vienen a la cabeza. 
 
Como dije en algún otro post, el tiempo corre distinto cuando llegan el embarazo y el bebé. Las noches se hacen largas, las siestas del bebé parecen cortas, las horas de fiebre son eternas. El balance del año que hace todo el mundo en diciembre es, para mí, el balance de los últimos nueve meses. Los primeros tres forman parte del calendario de 2015, pero son parte de otra vida. Es cierto que en ese momento todo estaba en pausa, ya no había mucho más por hacer que esperar, preparar la habitación de Fabri, hacer el curso preparto y lagartear con una panza cada vez más grande bajo el ventilador. Después, todo cobró un ritmo vertiginoso y acá estamos, arrancando el verano de nuevo, con un bebé de 10 kilos que ya empieza a gatear, a balbucear y a querer pararse. Y todo eso pasó dentro del mismo calendario. 

La vida se da vuelta. Es un cliché decir que las prioridades se transforman pero es así. El recuerdo de la vida AF, Antes de Fabri, es cada vez más lejano. No es una vida ni mejor ni peor, es una vida completamente transformada, una vida actual con menos autonomía y más responsabilidades, con más desafíos y menos tiempo libre (¿qué era eso?), con menos rutina y más descubrimientos y novedades cada día. Es una vida que te saca totalmente de la "zona de confort", entrás en un territorio incierto donde casi todas las certezas se derrumban. "Cuando tenga hijos no voy a dar la teta en público" decía, o "desde chiquito a su habitación así se acostumbra" (jaja, qué ilusa). Y también es una vida donde las pequeñas cosas se disfrutan mucho más: las cosas sin hijo, como ir en el subte escuchando música o mirar un ratito de tele, y las cosas con hijo, como llevarlo a la plaza, darle un juguete nuevo o hacerlo dormir mientras le canto una canción (el último hit fue "Wake me up when september ends" de Green Day, aunque yo hubiera querido cantarle "Fall asleep before the year ends", ja!). 
 
El otro día estaba mirando el programa del mediodía de Telefe, y no recuerdo a qué actrices estaba entrevistando Rozín. En eso les preguntó "Ustedes, ¿cuándo se sintieron mamás?" y me quedé pensando en lo mismo, como si él me lo preguntara a mí (oh, la magia de la televisión, que nos acerca a los famosos como si nuestra vida y la de ellos fuera equivalente!). En fin... me quedé pensando y se me ocurrieron las respuestas básicas: "¡cuando ví el positivo!", "¡cuando dio su primer patadita en la panza!", "¡El momento en que nació!". Pero en mi caso ninguna de estas respuestas se aplicaban. Recuerdo que en el sanatorio vino una enfermera y se refirió a mí como "mamá", algo así genérico como "¿Cómo se siente la mamá?" o "Vengo a tomarle la presión a la mamá", y mi hermana estaba emocionada: "¡Te dijeron mamá!". Pero aún así tampoco me sentí de todo mamá en ese momento. Recuerdo también una tarde de invierno, de esas grises y frías, en que cansada del encierro salí a dar una vuelta con el bebé, ya de cuatro o cinco meses, envuelto en muchas mantitas y bien abrigado con esas pilchas de plush que los hacen parecer un osito de peluche estampado. En medio del paseo él se puso a llorar muy sacado y me fui a una plaza vacía (¿quién iba a ir a la plaza en un día así?) a darle la teta. Se calmó, lo arropé y seguí paseando. Pero en ese momento me pegó el bajón, el que creí que ya se había ido, el que cada tanto vuelve: "¿Dónde quedó mi vida? "¿Por qué en esta tarde apestosa no estoy en un café leyendo un libro?" me preguntaba. Ahí me sentí mamá, pero mamá bajón.  Me sentí un poco "ahora soy mamá", tal vez, el día que decidí rechazar un trabajo muy copado porque me quedaba lejos y el corazón se me desgarraba mientras el bondi buscaba abrirse paso, sin suerte, a muchísimas cuadras de casa. Y me sentí otro poco mamá el día en que, en otro trabajo nuevo, un alumno me preguntó "Profe, usted tiene hijos? Tiene cara de mamá!" (seguro que el chupamedias quería aprobar, pero ahora que lo pienso fue uno de los pocos pibes que terminó en diciembre).
Volviendo a la pregunta de Rozín, creo que me "sentí mamá" en ese mismo momento en que miraba la tele, donde mientras Fabri jugaba en el piso con sus chiches me quedé masticando esa duda en la pregunta que él le hacía a las actrices... y la respuesta la encontré ahí, en la rutina compartida, en pasar tiempo juntos, en cambiarlo, cuidarlo, alimentarlo pero también en mirar juntos la tele, en contarle cosas aunque no sé si las entiende, en salir de paseo con él a pesar de las dificultades logísticas, en hacerle cosquillas y en llorar de emoción cuando gatea por primera vez (y pegar un salto porque con el gateo encara directo para el ventilador). Digamos, encontré la respuesta en estos nueve meses, en ir habitando el mundo de una forma distinta, novedosa, transformada... En fin, seguro que si hubiera estado en esa mesa siendo entrevistada Rozín me habría dicho "andá redondeando piba, que arranca el noticiero y salimos del aire", pero este es mi blog y me extiendo todo lo que quiero :D

Nueve meses, tres trimestres, cuarenta semanas, el tiempo que llevamos juntos con nuestro hijo en casa, fuera de la panza, aprendiendo día a día de qué se trata todo esto. Y así se va 2015, el año en que nació nuestro hijo. 


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Una madre siempre sabe

Una madre siempre sabe

Hace mucho tiempo, una era atrás, antes de Fabri, antes de siquiera pensar en tener hijos, ya me molestaba el modelo publicitario de mamá. No sólo el de mujer siempre divina, siempre preocupada por la estética y la limpieza, sino en especial el de las madres: las madres publicitarias, las madres que además de estar siempre divinas y siempre preocupadas por la estética y la limpieza están preocupadas por sus hijos, sus tesoritos, sus milagritos, y dan todo por ellos. Una publicidad de algo así como un yogur o un jugo o alguna galletita cerraba con la frase "Una madre siempre sabe". Las madres saben todo, saben lo que quieren sus hijos, saben qué es lo mejor para ellos y obviamente saben dónde comprarlo al mejor precio. Las madres nunca se enferman (si lo hacen, aquí hay una droga para que puedan seguir siendo mamis productivas, o trabajadores productivos), las madres están neuróticas por la limpieza (si una mujer "es" neurótica, una mami lo es más, porque no sea cosa que los hijos se enfermen con *voz terrorífica* GERRRRMENES), o de última algunas otras madres más copadas dejan que sus hijos se ensucien porque la ropa quedará impecable (pero obvio, porque ensuciarse hace bien, entonces de fondo siempre es lo mismo, nos preocupamos por ellos y sólo por ellos).

Y luego llegó la era Después de Fabri, y si antes me había molestado eso de "una madre siempre sabe", luego fue peor. Se nos vende desde pequeñas que ante el nacimiento y la maternidad nos inunda un torrente de amor infinito y nos iluminamos con una sabiduría ante lo que nos espera. Nada que ver. Lo del torrente de amor puede que ocurra o puede que no... lo más probable es que ese amor se vaya despertando de a poco, y porque estamos dispuestas a que ese amor despierte (porque tenemos ganas, porque lo esperamos, porque lo soñamos a veces nueve meses, a veces menos y a veces más). Día a día nos encontramos con noticias horripilantes de niños abandonados, que son el extremo opuesto, que nos muestran que una madre no siempre ama. Y una madre no siempre sabe... la mayoría de las veces sabe muy poco. Pero en general está dispuesta a aprender. 

Hay muchas personas que nos van enseñando cosas, muchas a las que les hacemos menos caso de lo que quisieran, y muchas que quieren enseñarte de prepo dando consejos que no pedimos. Está bueno asumir nuestra ignorancia, saber reconocer los límites y decir "che, vos que tenés un pibe, ¿cómo hiciste esto / aquello?". No necesariamente todas las madres son nuestras aliadas. No todas pensamos igual ni actuamos del mismo modo, porque básicamente y por suerte somos todas distintas. Hay muchas "escuelas de pensamiento" en el mundo maternal y cada quien sigue la que quiere, la que puede o la que más o menos le sale (o una mezcla de todas ellas). Lo mismo ocurre con los pediatras, ya que no todos piensan igual ni el pediatra al que vamos piensa 100% igual a nosotros. Y lo mismo con las madres de otras generaciones, madres de la familia, suegras, tías, abuelas, madres de amigas... las escuchamos, tomamos algunas cosas, descartamos otras, cuestionamos las formas de crianza antiguas y buscamos la nuestra; está en cada una armarse de personas de apoyo ya que no podemos solas. No nacemos sabiendo, no nos inunda la sabiduría en la sala de parto, y vamos aprendiendo de a poco, entre todas, con otras generaciones, con la nuestra, con otras co-madres, las que elegimos o las que tenemos a mano. 

Si el mundo publicitario es un mundo de fantasías, la fantasía más grande es esa, "una madre siempre sabe". ¿Por qué sabe? ¿Porque le viene en los genes? ¿Porque le corresponde? ¿O lo que sabe la madre es porque mal que mal lo fue aprendiendo? ¿De quienes aprendemos?

En fin, en eso estamos... aprendiendo todos los días una tonelada de cosas nuevas, para ejercer sin pausa este nuevo rol. 

martes, 22 de septiembre de 2015

Chaac me habló al oído

Me tomo un recreo bloggero de los posts de maternidad para recuperar una anécdota de un viaje que hice hace ya ocho años. Es simpático hacer arqueología de mails y encontrarme con mi yo de hace ocho años, ver que aparecen cosas que no recordaba y otras que siento como si hubieran pasado ayer.

Hace ocho años estaba recorriendo México en un viaje turístico. Mi primer viaje sola fuera del país, nunca había viajado tan lejos ni tanto tiempo. Parte del paseo fue con un tour contratado, arrancando por Ciudad de México y bajando por Puebla, Oaxaca, Chiapas, subiendo por Campeche y Mérida hasta llegar a Cancún. Alto viaje. Luego me quedé sola, por mi cuenta, allí en Cancún y cerré el paseo con una semana más en el DF. El 21 de septiembre me encontró yendo a Chichén Itzá a ver el equinoccio. Por aquel entonces no tenía blog y aún le desconfiaba al Facebook así que llevé mi diario de viaje por mail. Encontré el mail que escribí ese día, al regresar del paseo. Acá lo comparto (lo refrito, más bien):


Hola a todos!! Feliz primavera!!
Bueno, este mail no va a ser tan jocoso como los otros porque hoy el día no estuvo tan bueno. Pero bueno, el diario del viaje es así, y era trampa si contaba solo los días buenos.
Desde ayer estuve en Cancún buscando una excursión o micro o algo que me lleve nuevamente a Chichén ítzá hoy o mañana, para ver el fenómeno del equinoccio de otoño. (como buen equinoccio, sólo sucede dos veces al año y hoy era el día indicado, aunque otros rumores decían que se veía mejor mañana 22,bueno... nadie informaba nada). Ayer a última hora conseguí una excursión para hoy 21/9. Allí fui.

Antes de llegar a la zona arqueológica fuimos nuevamente al cenote donde estuve anteayer. --> Este es el cenote
Estar dos veces en un lugar así de ensueño, es increíble. pero más increíble es la cantidad de gente que había hoy. Y en ese mar de gente y de micros y de "no te subas a otro micro" y "no llegues tarde que te dejamos" y etc... perdí la cámara de fotos con memoria y las 600 fotos del viaje y todo. --> Este episodio lo cuento acá.
Intenté recuperarla, llamé al lugar, pregunté, pero nada... Así que sólo tengo las 2 fotos que les mandé, las que me sacaron mis amigos de Santa Fe y las que sacaré desde ahora con la antigua y poco propensa a robos y hurtos cámara de rollo. (sí sí, esas donde no se ve al toque lo que uno saca).

Con mi bronca a cuestas una chica española se me acercó y me dijo que ella mesacaría fotos en Chichén itzá y me las mandaba por mail. Al menos para darme un consuelo... --> Spoiler alert: nunca jamás me las mandó y le perdí el rastro :-(
Rumbo al equinoccio. Como yo ya había visto la excursión me separé del grupo y recorrí por mi cuenta. El evento empezaba a "insinuarse" a las 15.00 pero se veía bien desde las 16.00 a las 16.45. (un juego de sombras hace que se forme la imagen de la serpiente emplumada bajando por la pirámide principal, busquen videos en youtube que aparecen). --> Acá encontré uno
Me senté con toda la loca energía, la gente vestida de blanco, todos ansiosos esperando el evento... hasta que a las 15.55, cuando apenas un pequeño triangulito apareció en la pirámide, PLAAAAAAAM lluvia torrencial. Pero torrencial posta eh!! Yo pensaba "bueno, es un chubasco que pasa pronto" pero no... estampida general hacia la salida. Y cuando estaba ahí yendo al centro de informes bajo techo PLAAAAAAAAAAAAAM otra vez: cayó un rayo. Ahí, al toque. Ví la explosión, el fogonazo, el ruido, hasta se nos pusieron los pelos de gallina por el cagazo y por la estática. La gente corría, pensaron que había sido un atentado (hubo uno en Morelia hace una semana, en los festejos del día de la independencia). Nada lindo. Ahí me olvidé de la cámara y de todo y dije "puf, bueno, lo mío no fue tan grave". Hubo algunos heridos, por suerte dicen que nada más que heridos, y mucha gente nerviosa. Aquí la primer noticia que encontré: http://www.eluniversal.com.mx/notas/540209.html 

Chaac es el dios de la lluvia. Y pa mi que a los dioses de esta zona no les gustan los turistas. Ya que a las 5 de la tarde, cuando el fenómeno había pasado... dejó de llover. No sé si salió el sol, pero dejó de llover un rato. Y todavía asustados por el cagazo del rayo, emprendimos el regreso.

Bueno, conclusión, un día de bajón total. Pero como siempre que llovió paró, mañana me voy a Tulum y me asolearé en playas ancestrales.
Ya estoy extrañando algunas argentinidades básicas. el mate, más que nada. Quiero mate!!!!! Y bizcochitos! las cosas dulces por aquí no son muy ricas.  ¿volvio peter capusotto? quiero comer milangas cuando vuelva.

Ah! ayer estuvo Maradona aquí en Cancún con su showbol!!!!!! me enteré hoy, cuando lo ví en la tapa del diario cancunense. Ja!
Estoy agotada así que me voy a torrar, esperando tener mejores noticias mañana.
Abrazo grande a todos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!


lunes, 14 de septiembre de 2015

Cansancio

Tengo las ideas para este post dando vueltas por la cabeza hace tiempo... pero estaba demasiado cansada como para sentarme a escribir.

Muchos hablan de que al ser madre una siente un amor nunca sentido antes en la vida. Tal vez el amor maternal sea algo cualitativamente distinto de todo lo conocido, pero para mí lo más desconocido fue el cansancio. Puedo afirmar con certeza que nunca había sentido este nivel de cansancio en mi vida. Pasé horas estudiando, estudiando y trabajando, haciendo tareas del hogar, viajando mucho y durmiendo poco, madrugando, mudándome, haciendo deporte. Esto es totalmente nuevo.

Ya en el embarazo el cansancio fue uno de los primeros síntomas. Antes de las náuseas, de los dolores pélvicos, mucho antes de las contracciones, lo que sentía era un cansancio total. Como un apunamiento. Había una fuerza en el sillón que me atrapaba hacia abajo, y otra proveniente desde el techo que me empujaba y no me permitía levantarme. Las primeras semanas fueron de aniquilación total. Nunca pensé que fabricar un humanito podía ser tan agotador, aún haciendo "nada" desde un punto de vista "productivo", sin limpiar la casa, laburando poco, descansando mucho.

Ni que hablar del día que nació. El cansancio que sentí tapaba cualquier otro sentimiento. Por suerte de a poco fue pasando y cediendo para cosas más lindas.

Y luego... el día a día. El día a día con un bebé que demanda el 200% de nuestra energía física y mental de una. Dar la teta. Dormir entrecortado. Hacer cosas. Porque muchos te dicen "cuando el bebé duerme vos dormís". Pero también hay que tener ropa limpia (para él y para una), cocinar (no se puede vivir a delivery), cambiar las sábanas, comprar los pañales (y al principio hacer cinco cuadras hasta la pañalera y volver se siente como correr una maratón)... En muchos casos una aprovecha que el pibe se durmió para hacer todo eso. Y adiós "cuando el bebé duerme vos dormís". Además, no siempre tenemos sueño al mismo tiempo que el niño. Y por último, necesitamos un poco de ese ratito de silencio cuando está dormido para hacernos un té, buscar algo rico para comer y tirarnos en el sillón a mirar una novela (o al menos diez minutos de una novela).

No es que los bebés no duerman. Duermen, bastante. Pero en sus propios horarios. Cuando quieren. Entrecortado. Tres horas y teta. Dos horas y pañal. Siestita de 20 minutos (alcanza para poner el lavarropas, lavar los platos, poner agua para unos mates y listo). En los primeros días llegué a llorar de sueño, pidiéndole a mi marido que me abrace y sollozando "tengo miedo de que no se duerma nunca más". En algún momento él, mi hermana o mi mamá se ocupaban de hacerle upa al niño y dejarme dormir. Gracias, gracias por esas gloriosas dos horitas extras que me regalaban. No por nada dicen que los padres hacemos lo que sea, creemos en el dios que sea o en el consejo que sea con tal de dormir un rato más. El cansancio te gana, literalmente.

Tal vez los bepis se duerman dando un paseo, pero durante ese paseo nosotras tenemos que estar despiertas, ya sea para manejar el auto, para indicarle al tachero que no se mande por cualquier lado o para empujar el carrito, que no llegaremos solos desde la plaza hasta nuestro hogar. Por suerte al pasear el carrito la gente mira a los bebés y no a nosotras... si no seguro se asustarían de nuestras caras de zombis. Dicen que en algún momento se regulariza. Ya veremos.

El bebé crece. El mío ya tiene cinco meses. Duerme más de noche y alguna siesta de día. Como yo empecé a trabajar fuera de casa se fueron adecuando sus horarios, se levanta temprano y se duerme temprano. ¿Ocho horas de corrido? Naaaaah, olvídense. Al estar más grande, a las tareas de siempre se agregan nuevas: estar sentada con él en el piso (todo bien, pero qué difícil es pararse), hacerle upa (cada vez pesa más), jugar, cantar, saltar. Y eso que todavía no arrancó a comer. Ni a caminar. Ni a... bueno... eso... mejor no pensar todo lo que se viene.

Al principio describí este cansancio como un cansancio sin estrés, sin la locura de lidiar con un jefe desquiciado o con un viaje en tren en hora pico. Es un cansancio distinto, que te tira en la cama apenas te acostás. Lo desesperante es nunca saber qué clase de noche te va a tocar: si dormirá mucho, si será dormir-tetear-seguirdurmiendo, si se despertará llorando como un sacado, si al despertarse a las 4 am lo hará con ganas de jugar, si a las 4.30 tendrá un episodio de [inserte enfermedad infantil aquí] y te desvelarás... cada noche puede ser una gran aventura. Un día te despertás, mirás el reloj, ves que son las 6, recordás que la última vez que se levantó eran las 23 y te dan ganas de salir a gritar al balcón en piyama SIIIIIIIIIIIIIII, HOY DORMIMOS!!!!!!!!!!!!!!!

Lo más lindo, definitivamente, es tener la suerte que tuve yo recién: abrazarlo, que caiga palmado y dormir una hermosa siesta con él, con un aire suave entrando por la ventana y obviando los ruidos del mundo exterior. Una siesta, eso que me permitió llegar hasta las 17 hs sin agotarme.

viernes, 7 de agosto de 2015

Lactancia

Estamos en la Semana Mundial de la Lactancia Materna. Entiendo que en medicina suelen usarse los "días de", "semanas de" y "meses de" no para hacer regalitos al que tiene esa enfermedad o hace esa práctica (ufa!) sino para desarrollar campañas de salud pública, difusión, concientización, etc. Bueno, yo no soy quien para concientizar a nadie ni hacer divulgación científica sobre algo que no conozco más que por mi experiencia. Simplemente  la fecha me pareció buena excusa para volcar algunas ideas sobre esto de dar la teta. [Para ver con humor el lado masculino del asunto recomiendo este video de Ser Padre Es Medio Una Poronga]

***

Como ya conté acá, dar la teta puede ser bastante asqueroso. Mientras el niño toma de una la otra chorrea, o tal vez se le desborde por los costados de la boca, o tal vez él duerme plácidamente pero una, en lugar de dormir feliz ("aprovechá para descansar cuando el bebé duerme", sí, claro), tiene que sacarse leche para evitar dolores o inflamaciones o desbordes... Y como ya conté acá, lograr dar la teta con relativa facilidad (en vocabulario técnico: instalar la lactancia) es un trabajo a veces arduo y que requiere compañía y ayuda. No es fácil, pero nadie te lo dice. Lograr la comodidad y tener cancha para amamantar requiere de trabajo, esfuerzo y ganas. Esas ganas que muchas veces son auténticas pero muchas otras están influenciadas por el discurso omnipresente de dar-la-teta-es-lo-mejor-del-mundo. No niego que la lactancia materna tenga muchísimos beneficios, no soy nadie para explicarlos o repetirlos, pero es cierto que una se siente muy abrumada y que el dar-la-teta-es-fundamental-para-su-futuro-empezá-ya puede ser más abrumador todavía. Por eso mismo y recordando mis primeros días comparto lo que aprendí: paciencia, mucha paciencia de una para consigo misma y para con su hijo, y paciencia de los demás para con una.
Aprovecho para dejar un saludito para las puericultoras de la Suizo Argentina que me tuvieron toda la paciencia y más. Son unas genias.

***

Una vez que está instalada la lactancia (fua! qué vocabulario que manejo) la teta y lo que hacemos con ella se vuelve un asunto público. Una vez me encontré conversando con un señor mayor en el bondi sobre si le doy el pecho o no, si además le doy mamadera, si me saco leche con el sacaleche, cuánto tiempo tomaron el pecho sus hijos, si su nuera da el pecho o la mamadera (porque los señores dicen "el pecho", no "la teta") ... ¡Estoy hablando de MIS tetas con un desconocido! Jamás lo habría imaginado.
A medida que adquirimos práctica vamos acostumbrándonos a alimentar al bebé en cualquier lado. En el taxi, por ejemplo, con la campera y la mochilita y el bolso y dando indicaciones al tachero por qué calle ir (¡Señor! ¡Estamos en Flores! ¡Esta no es Av. Corrientes!). O sentada en el pilar de un farolito en la calle, intentando taparme un poco para que el trapito de la cuadra no mire. O en un restaurante, pero eso me da cosa, porque a ver si todavía el bebé vomita y bueno, será natural y todo pero es un asco. 
Lo más loco que me pasó fue en mi primer teteada en el espacio público, en la puerta del Recoleta Mall. Me acomodé con el bebé, me senté en un banco de plaza y mientras mi marido compraba algo yo me quedé ahí, teteando. Un flaco que hacía la fila para sacar entradas para el Bafici se acercó, se sentó detrás mío al lado de un árbol, y me empezó a mirar. Me dio miedo que quisiera afanarme, y habría podido hacerlo: yo con el pibe prendido y aún con los puntos y los dolores no podía moverme mucho. Pero no... así como quien no quiere la cosa apuntó con su celular para donde yo estaba y clic. Habrá sacado un par de fotos y se fue, lo más pancho. ¿Las habrá subido a Instagram? ¿Le habrá parecido tierno, cool, un horror? Sea como sea me sentí incómoda. La posibilidad de sacarle fotos a cualquiera en cualquier lado es algo que no me gusta de la modernidad 2.0. Una no tetea en público por exhibicionista ni por polémica! ¡El pibe tiene hambre, qué andás sacando fotos!?

***

Antes de que naciera mi hijo leí esta nota de Revista Anfibia. Lo que más me gustó fue esta frase hablando sobre los primeros días como madre y como amamantadora: "aterrizas, torpe, en un universo que sospechas, pero desconoces, y sólo cuando estás ahí, envuelto en una nube espesa de preguntas, empiezas a dudar de tu capacidad para encontrar las respuestas." En una madrugada de desvelo y recordando ese escrito me puse a tomar notas. (A pesar del cansancio, también hay desvelos. Otra vez, "dormí cuando el bebé duerme" no siempre funciona). Algo me hacía ruido. Ahí estábamos, Fabri y yo, tres meses de lactancia exclusiva (pero con pezoneras) luego de unos primeros días de jeringuitas y leche de fórmula. Pero algo me hacía ruido. "¿No podés dar sin pezonera?" me decían. "No, no agarra". "¿Pero no intentaste sacárselas?" "No sé, no sé si quiero, con esto se prende, ya no quiero ponerme más presiones, si le sirve así buenísimo". Las pezoneras son  súper útiles, pero son un rompedero de pelotas (o habría que decir "un hinchadero de mamas"?): hay que limpiarlas bien, hay que tener una a mano cada vez que él quiere comer, no tengo que olvidarmelas. Recuerdo una de las primeras visitas a la casa de mis viejos con el bebé. Me olvidé las pezoneras. Me dí cuenta cuando el bebé lloraba y tenía hambre (La peor pesadilla: ¡soy una mala madre!). Mi mamá y la vecina fueron rajando a la farmacia, compraron unas y santo remedio. Rompen las pelotas, pero alimentan a mi hijo. Así que basta. Aguanten las pezoneras.
Un tiempo después, él mismo me la saca y se prende solito. Chau pezoneras. Gracias por los servicios prestados. Pero algo me sigue haciendo ruido. Cuando digo que vamos cuatro meses de lactancia exclusiva (y sin pezoneras!) me felicitan. Y ahí está... eso me molesta. Pensar en lactancia en términos de "éxito". Dar la teta y no caer en la tentación de la mamadera, y no quedarnos sin leche, y no bajar los brazos cuando empezamos a trabajar, es considerado "lactancia exitosa". Me molesta porque la contracara de eso es el fracaso... y el temor al fracaso. Siguiendo esta línea, fracasar en la lactancia es fracasar en lo más importante que tenemos para darle a nuestro hijo. Como si las mamás no tuvieramos suficientes temores o inseguridades. Lo peor es que esto nos lleva a pensarnos más exitosas (o sea: mejores) que esas que por equis motivo no dan la teta, o dan la teta y la mamadera. En lugar de apoyarnos entre "mamis" desconfiamos de las otras (como esa publicidad de aerosol antibacterial donde una mami desconfía de otra que deja que su hijo se ensucie y toque todo). Cada una hace lo que puede. Está bueno darnos ánimos y consejos en lugar de juzgar al otro, colaborar en vez de competir, rodearnos de gente que nos apoye y acompañe y tratar de que el resto nos resbale un poco. Llámenme idealista pero en un mundo tan competitivo no quiero que la crianza de mi hijo también sea una competencia.
Tal vez peque de optimista o de ingenua. Pero si hay algo que me hace ruido, que me molesta, es cuando los demás opinan sobre la vida de uno, cuando creen hacerlo desde una posición de autoridad y lo hacen con condescendencia, cuando consideran que su forma de ser es la mejor y la única. Y más aún, cuando ese discurso está dirigido a las mamás (y un poco menos a los papás). Todos creen tener LA POSTA de cómo criar a los hijos... en especial a los hijos ajenos, claro está. 

Deseo que la lactancia a demanda no signifique "a costa de la vida de la madre", que demos la teta porque nos gusta, no porque "hay que" dar la teta y entonces andamos entristecidas y agotadas pero "exitosas" lactantemente hablando. Que no necesitemos andar explicando cómo alimentamos y cómo criamos a nuestros hijos.
Como comenté en mi Facebook parafraseando a un texto que andaba circulando por ahí, doy la teta porque está buenísimo, porque me sale, y porque me mata de amor cuando la busca con su mano o con su nariz, o cuando la suelta, me mira, se mata de risa y sigue tomando. Porque como todo, es una etapa que pasará y que espero disfrutar lo más posible. ¿Cuándo dejaré de darle teta? No tengo idea. Ya veremos, sobre la marcha, como todo.

viernes, 26 de junio de 2015

Aventuras en el transporte público

En la ciudad se viaja cada vez peor. No me vengan con innovaciones locas: los bondis están llenos, demoran cada vez más en venir, en el subte estás ensardinado y el tren tarda un huevo Ni que hablar si además estás embarazada y querés viajar en colectivo, o si estás con el bebé de este lado del mundo y tenés la alocada idea de moverte más allá de un par de cuadras de tu casa. Salir a la jungla urbana con la panza o con el pequeño es una gran aventura: la ciudad es un ecosistema no apto para pequeñitos.

Además, dentro de casa o en entornos familiares una está (o debería estar) bastante contenida y mimada. Pero puertas afuera pasamos a ser una embarazada más, o una mina con críos más. Y eso puede generar dos cosas: una inusitada ternura por parte de la gente que te va a dar charla (y para los que traer hijos al mundo es lo más maravilloso que puede haber), o malísima onda por parte de otros que se hacen los dormidos, los indiferentes o los contestadores (como si traer un hijo al mundo fuera una afrenta a su relajada y adulta vida). Una agradecería generar indiferencia, pero eso casi nunca ocurre. O sólo pasa en la zona roja de embarazadas, esa región por Facultad de Medicina y alrededores llena de hospitales, sanatorios y consultorios donde brotan las panzas en cada esquina y nadie se emociona con una gorda más.

Teóricamente, todos los colectivos y subtes tienen asientos reservados para personas con movilidad reducida: viejitos, discapacitados, embarazadas y gente con bebé a upa. En la práctica, estos asientos son usados por todo el mundo, lo que no está mal, por supuesto, siempre que al llegar una persona con prioridad pueda conseguir su lugar, lo que no siempre ocurre. De todos modos, lo peor es cuando esa persona-con-prioridad se encuentra con otra persona-con-prioridad. ¿Quién define quién tiene más prioridad? ¿A partir de qué momento del embarazo una mujer empieza a reclamar su asiento? ¿A partir de qué momento se considera que una viejita es una persona prioritaria?

¿Qué hacer cuando todos los asientos prioritarios están ocupados? Un duelo de miradas es la posibilidad, y se puede llegar a arengar a la multitud viajera para que termine de decidir. Llorar es otra opción, y más estando embarazada (ay, las hormonas). Gritar es otra, reclamar e indignarse por lo mal que está la sociedad (las viejitas seguro se suman en esta opción). Pero la más saludable es, a veces, dejar pasar el bondi y esperar que venga otro (cuando sos persona prioritaria aprendés a esperar más). Una buena opción es evitar las horas pico; pero no siempre se puede, en ese caso no queda otra que apechugar y mandarse en el transporte que corresponda. La opción de lujo es tomar un taxi, y en un punto te acostumbrás a considerar ese gasto como parte del presupuesto (total estás ahorrando en salidas nocturnas, en bebidas alcohólicas y en todas esas cosas divertidas que antes se llevaban tu dinero).

Muchas veces la gente es amable. Si el asiento necesario está ocupado se levantará sin chistar, o chistando muy bajito, y una agradece el gesto y todos viajan felices. La mayoría de las veces los amables y buena onda son los jóvenes, adolescentes que salen del colegio y que no tienen drama en ofrecer su lugar. Lo más probable es que en el asiento de al lado haya otra futura mamá o mamá reciente o una viejita, y que te den charla aunque no quieras. "¿De cuántas semanas estás?" "¿Va a ser nena o nene?" "Qué bonito, cuánto pesó al nacer?" "Qué lo parió, este gobierno de mierda que..." (nunca faltan!). Puede que hasta incluso toquen tu panza o la cabeza del nene. Juira!

En otros casos, la gente es mala onda. Me pasó una vez: en un 34 tuve que pedirle el asiento a una señora que viajaba con su hija de unos once años (ahí también nos preguntamos ¿hasta cuándo un niño es prioritario?); la mina me lo dio pero empezó a limarse las uñas parada al lado mío, con lo que toda su onicomugre caía sobre mi ropa (¡sobre mi camisa negra recién planchada!). Un verdadero asco. Me pasó otra vez: Los primeros cuatro asientos del 49 estaban ocupados por señoras mayores, pero en los dos restantes, mirando para atrás y al lado de la puerta, había un tipo de unos cuarenta años y su hijo de unos diez. Me acerqué, les pedí el asiento, exhibí mi panza de seis meses con ropa liviana de verano (o sea: se notaba)... nada... por favor, me dan el asiento... cri cri... ¿no me darías el asiento? ... miraban al piso, hablaban entre ellos. Al adulto ni siquiera se le ocurrió mentirme un esguince o un dolor de rodillas. Me fui al fondo del colectivo y le pedí el asiento a un flaco que iba re pancho escuchando música; mientras el bondi avanzaba perdía mi fe en la humanidad.

La fe en la humanidad me volvió unos días después, en un 114 cargadito volviendo de Devoto. Miré entre los asientos reservados y una señora con cuello ortopédico me dijo "vení, sentate acá que ya bajo". Mientras el bondi frenaba hice lugar para que pase la señora, y en ese interín de maniobras vino a toda velocidad desde el fondo una mina escurridiza, bajita, pensé que era una nena, a sentarse en "mi" asiento. "Chau, cagué", pensé, "a retomar la campaña y pedir otro lugar". Y en un segundo un señor que estaba parado la vio venir, la frenó tapando el camino cual patovica amargo y le dijo "MO-MEN-TI-TO. Este asiento es para la chica". La ciudad también está poblada de héroes anónimos.

Cuando el niño nace ya no hay que cargar sólo con la panza y la cartera, sino también con el niño enmochilado y el bolso lleno de cosas, tenemos una mano ocupada con la sube y otra sosteniendo la cabeza del bebé no sea cosa que se golpee. De a poco, con el pasar de los días y de los paseos, nos convertimos en esa mujer que antes nos parecía ajena: la mujer pulpo.

Cierro este post sobre aventuras en el espacio público (ampliamos un poco el territorio) con una mención especial para Las Viejitas. Esas simpáticas señoras que nos tocan la panza, nos hablan de todo en el viaje aunque no les preguntemos, a veces nos reclaman el asiento sin darse cuenta del bombo o del pibe, y le tocan la cabeza, la nariz y las patitas a nuestra querida criatura... Una tarde, saliendo del curso preparto, me paro en una esquina para cruzar la calle y una ancianita que pasaba frenó, me tocó la panza y me dijo "querida, mucha suerte con tu bebé" (?!). Y ayer nomás, mientras paseábamos en carrito por la calle, otra ancianita más ancianita que la primera caminó bastante hacia mí, me tocó del brazo, me hizo frenar y me dijo "Dale, mostrame a tu hijo". "Ahí, está, dormidito" le dije sin hacer contacto visual y a toda velocidad salí rajando. Y me convertí en otra persona, hasta ahora, totalmente ajena: la NoSeMetanConMiHijo. Guarda, parece una mina jodida.