miércoles, 9 de agosto de 2017

Un paseo por el super

En el episodio de hoy: Madre e hijo de 2 en el supermercado.

- Fabri, dame la tablet, vamos a pasear
- No!
- Dale, hijo, vamos. Damela - pequeño llanto. Me ve con la campera y las llaves en la mano y se le pasa. - Vamos, que en un ratito volvemos. Si te portás bien, vamos a la plaza.
- Mhm! - afirma con la cabeza.
- Bajás caminando?
- Mhm!
Baja la escalera de la mano, camina media cuadra de la mano, vamos, qué éxito. A mitad de cuadra se queda parado y me mira. Hay que darle cuerda, hay que cantar. Cantamos "Despacito" para caminar despacio, y luego 1, 2, 3! A correr!!! Corremos. Frena de golpe. Despacito otra vez. A correr. A saltar los obstáculos. La cuadra es larga. Pasamos por la puerta de un colegio secundario y se quiere meter.
- No, Fabri, este es un colegio para grandes. No hagas berrinche, vamos.
Para cuando llegamos al super ya estoy agotada.

- Qué bueno, hay descuento en yogures.
- Wiiiiiiiii! - Grita contento como si entendiera.
Es hora pico en el Día%. Mucha gente. El niño se escabulle mientras miro la letra chica de la promo. Meto los yogures en la bolsa y lo persigo.

Compro las galletitas y la yerba con total tranquilidad. Siguen los éxitos, todo va bien. Vamos al sector fríos. Se quiere meter en la heladera. Reviso la fecha de vencimiento de la bandejita de carne y lo corro de nuevo.

Verdulería.
- Fabri, me ayudás a meter las papas en la bolsa?
- Mhm, pa-pa.
- Papas, sí. - Agarro la bolsita. Fabri agarra la primer papa. Pienso "ah, qué emoción, le estoy enseñando cómo comprar las papas". Mete la cuarta papa con mucho ímpetu, la bolsa se rompe, las papas ruedan. Fabri "wiiii yuipiiiiii" salta re contento y aplaude a las papas rodantes. Buscar otra bolsita, hacerle un nudito, volver a empezar.

Vamos a pagar. Hay mucha gente. Nadie me ofrece pasar antes. El niño es suficientemente grande para meter papas en bolsas, ya no merecemos pasar antes. Sector juguetes. Revisa, pero por suerte no pide. Sector golosinas.
- Fabri, elegí una golosina y después la comés.
Agarra los Rocklets. Me los trae. Vuelve y agarra dos paquetes de M&M mientras señala los turrones. Waaaaa Fabri pará. 
- Esto no, dejalo donde estaba.
Primer berrinche. Se le pasa cuando le doy sus Rocklets y le digo que espere a pagar. Entonces se va corriendo para la salida, para el extremo de la caja donde se supone que ya se pagó, con el paquetito de Rocklets en la mano. Dejo la bolsa en el suelo y lo persigo. Lo traigo a upa. Dale hijo, copate que falta poco, no te sientes en el suelo que es un asco. Empieza otro berrinche. Ya casi nos toca pagar. Pone los Rocklets en la cinta y se quiere ir corriendo para la puerta. Atajo al niño. 
- Hay que esperar un ratito para comer los Rocklets, paciencia que mamá tiene que pagar.
- Tenés tarjeta Día%?
- Sí, acá está. Fabri! Vení para acá! Te pago con débito, puede ser?
- Dale. Bolsita?
- No, gracias. Fabrizio dejá eso que está sucio. 
Pip, pip, pip, pasamos para el otro sector. Embolsar mientras miro que el niño no salga corriendo ni vuelva adentro del super ni se manotee algo ni regrese a buscar los M&M que no le compré ni me afanen la billetera mientras voy mirando cómo va la cuenta.
- Vos compraste milanesas?
- No, cerdo. Digo, ese carré de cerdo.
- Ah, pasame la bandejita. Mirá, se habían cobrado $1300 unas milanesas.
- ¡¿Qué?! Fabri, no salgas. Dejá de tocar las puertitas. Bueno, dale, tocá las puertitas. Contá los números de los lockers. Se hizo el descuento de las milanesas?
- Sí, sí.
Hijo se escabulle hacia las góndolas, entrando al súper de nuevo. Lo corro mientras pasan los últimos productos. Ya ni chequeo si alguien se los lleva. Dejo la billetera arriba de mi bolsa. Vuelvo con hijo a upa. Firmo el ticket con una mano mientras con el otro brazo lo sostengo a upa. Dejo los Rocklets a mano para que los coma en el camino de regreso. Reviso si tengo tarjeta, DNI y tarjeta Día% mientras la que venía atrás mío me empujaba para ir embolsando y ella, a su vez, le decía a su hijo [que a mí entender estaba re tranquilo] "no te traigo más eh! qué hinchapelotas estás!" 
- No se olvide sus tickets de descuento señora
- Ah, cierto, gracias! - No sé ya con qué mano los agarro, si las tengo todas ocupadas.
 
Ni chequeo a ver si se hizo el descuento de los yogures.
 
Volvemos. 
- Querés caminar, Fabri?
- No!
- Querés ir a upa de mamá?
- No!
- Bueno, muchas opciones más no hay.
Lo llevo a upa. Entramos al barrio y lo bajo para que camine. En cada encrucijada de caminos hacia los edificios va señalando cada dirección posible, como cuando mira Dora la Exploradora. En cada esquina le tengo que preguntar "vamos para acá o para allá?" Señala los caminitos correctos. Qué orgullo. Llegamos a la puerta del edificio. Mientras abro DÓNDE ESTÁ FABRIZIO?! Se metió atrás de una columna. Quiere jugar a las escondidas. Ay, dale hijo matame de un susto. Lo busco, se ríe, se vuelve a esconder, se vuelve a reir. No lo niego, es divertido. Pero no doy más. Entramos al edificio. Decime por favor que vas a subir las escaleras caminando y no a upa.
Le doy la mano. Subimos. En cada descanso señala los números de los departamentos y los dibuja en el aire. Yo aprovecho para recuperar el aliento. 

Llegamos al departamento. Corre a jugar con sus autitos. Le doy sus Rocklets mientras guardo las cosas. No doy más. Me tiro en el sillón. Recuerdo que le había prometido ir a la plaza, y recuerdo que me había prometido a mí misma no romper las promesas que le hiciera a mi hijo. Por suerte todavía no reclama. Viene en silencio, me sonríe y me mete un rocklet en la boca. 

Casi dos años y medio. Ternura y cansancio en partes iguales.
 
 


domingo, 14 de mayo de 2017

Leyendas

A veces escribimos para neutralizar al olvido. Para retrasarlo un poco. Para fijar ideas que de otro modo se nos escapan. A veces, usamos aniversarios para recordar con intensidad cosas que en otros momentos recordamos sin detenernos mucho.


viernes, 24 de febrero de 2017

¿Cuánto cuesta trabajar?

    Tuve colgado el blog bastante tiempo, pero eso no significa que no haya estado pensando nuevas cosas para escribir. Las ideas siempre vuelan, lo difícil es darles forma, tener el tiempo de calma para volcar el pensamiento en un texto. El año pasado casi no hubo ratos libres, y esos ratos libres eran fuera de la compu. Logramos establecer una rutina (rutina, palabra tan mal vista a veces, pero tan necesaria para poder organizarnos con el trabajo y la familia sin colapsar): mamá se va temprano al trabajo, papá lleva a hijo al maternal, papá va a trabajar, mamá retira a niño al mediodía, tarde juntos madre e hijo en casa, papá llega a la nochecita, jugar, comer, bañarse, mirar dibujitos, dormir (rutina que nunca se cumplía al 100%, pero al menos nos daba una guía, una hoja de ruta para movernos de lunes a viernes). Ni hablar cuando esa rutina se alteraba por algo: una reunión fuera de horario, un hijo con fiebre, una jornada familiar en el jardín... a sincronizar agendas y hacer malabares, nuevamente.

    Siempre me gustó pensar historias, ver gente por la calle y preguntarme dónde iban, cuáles serían sus secretos, sus proyectos, sus frustraciones, imaginar diálogos y peleas. El año pasado, en cambio, cada vez que me cruzaba con alguna persona empujando un carrito o cargando con mochilas, luncheras y bolsones de pañales, mi pregunta era la misma: ¿Cómo hacen? ¿Cómo hacemos? ¿Cómo hacen las demás familias? ¿Cómo hacen las otras mamás para organizarse? ¿Trabajan? ¿Dejan de trabajar? Esa persona que empuja el carrito ¿es la mamá, la niñera, la abuela, la tía? ¿Cuántas familias tienen repartido el trabajo doméstico y el trabajo fuera de casa entre ambos padres? ¿Cómo hacen las mujeres que [por decisión o por la fuerza] se ocupan de todo solas? ¿Cuánto impacta la maternidad en nuestras profesiones, en nuestras carreras, en nuestra economía? La pregunta se repetía en grupos de madres o en charlas con amigas: ¿Cómo hacemos?

    Y caí en la cuenta de una pregunta que nunca antes me había hecho: ¿Cuánto cuesta trabajar? ¿Cómo repercuten los hijos en nuestra economía familiar? ¿Cuál es el costo emocional y físico, además del económico, de trabajar afuera? Antes de los hijos, el “costo” de ir a trabajar era: cuánto sale el viaje de ida y vuelta, cuánto sale el almuerzo y cuánto aportamos para el café del office. Ahora, a todo eso, se suma: ¿cuánto sale pagarle a alguien para que lo cuide? ¿Cuánto está la cuota del maternal? ¿Conviene o no la licencia sin goce de sueldo? ¿Me rinde más llevar al nene enfermo en taxi a reconocimientos médicos o que me descuenten el día? Muchas veces, la pregunta final es: ¿Conviene trabajar o quedarse en casa?

    Una vez, leyendo un texto de marketing (les debo la fuente, estaba ayudando a mi hermana a preparar una materia empresarial), veía que las franjas que más consumen son las parejas de clase media sin hijos: ambos con trabajo, dos sueldos, gastos de esparcimiento, viajes, salidas. El cambio en el consumo de “pareja de clase media con hijos pequeños” era brutal: tal vez ya no hay dos sueldos, y además de más bocas en la casa que alimentar y más cuerpos que vestir, llegan los gastos del colegio, materiales didácticos, uniformes o guardapolvos, y alguien que los cuide. (Dejo afuera a las familias con muchos recursos, que pueden tener ocho hijos y un ejército de niñeras atrás. Y las familias con muy pocos recursos, cuyo nivel de consumo está lamentablemente restringido más allá de la subsistencia, aunque muchos de los malabares económicos también las incluyen). El contraste entre el grupo-sin-hijos y el grupo-con-hijos es notable, tan notable que es el que lleva a muchas de las parejas del primer grupo a decidir quedarse ahí: son los DINKS, “Double Income, No Kids” = Dos ingresos, sin hijos. Más dinero para repartir entre menos gente. Con la llegada de los hijos, entonces, hay que decidir qué hacer: ¿Trabajamos los dos y gastamos en cuidado? ¿Uno de ambos padres reduce su horario de trabajo [y sus ingresos]? ¿Nos ayuda la familia? Nuevamente, la pregunta, “cómo hacemos”. La gran mayoría de las veces, la que reduce su horario de trabajo, o la que directamente deja de trabajar, es la mujer. Las licencias no ayudan: el hombre que se convierte en padre tiene 2 días de licencia, mientras que las mujeres tienen tres meses. La licencia por paternidad es ridículamente breve: en el caso de una cesárea, la mujer aún no fue dada de alta del sanatorio y el hombre ya tiene que reincorporarse al trabajo, o pedir vacaciones o francos o etc. para poder quedarse unos días más. Y esa división del trabajo se profundiza cuando el hijo va creciendo, aunque ya haya pasado el puerperio, la lactancia sea menos frecuente, etc.
    El sitio Economía Femini(s)ta también nos aporta datos, que indican que el embarazo y la maternidad son una complicación en el mercado laboral. “Según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC, la tasa de actividad de las mujeres se reduce sustancialmente (de 54% a 39%) a medida que hay más niños y niñas en el hogar y la brecha –la diferencia entre participación de varones y mujeres- se duplica (de 15% a 33%).” (http://economiafeminita.com/maternidad-y-mercado-de-trabajo-escenario-y-posibilidades-en-nuestras-luchas-por-la-igualdad/) Una de las conclusiones a las que arriba el artículo dice que “lo cierto es que nuestra sociedad está ordenada en términos de leyes y estructuras que no facilitan que las mujeres puedan compatibilizar fácilmente el trabajo en el hogar con el trabajo en el mercado, restringiendo las opciones de las mujeres –y de sus familias-.”

    ¿Cuáles son estas opciones? Van surgiendo a partir de la pregunta incómoda: cuánto me cuesta trabajar. La respuesta es: si tenés hijos, en especial chicos chiquitos, trabajar te cuesta mucho. Si ambos padres se dedican a trabajar, alguien tiene que cuidar a los chicos, siendo las posibilidades:
    a) la familia extendida→ abuelos y abuelas (en general, abuelas, nuevamente mujeres sobre las que recae el trabajo doméstico), tíos, tías, familiares que, más allá del amor y el cariño que sienten por nuestros hijos, están dedicando tiempo de sus vidas a cuidar un niño ajeno.
    b) una (o varias) niñeras → es una opción cara, ya sea full o part time, que muchas veces está fuera del alcance del presupuesto porque el salario de esa niñera equivale al que ganamos afuera. Además, es difícil conseguir gente de confianza, que entre a nuestra casa, comparta con nuestros hijos, se lleve bien con ellos y tenga disponibilidad horaria. Hay capítulos de Friends y de How I Met Your Mother sobre graciosas búsquedas de niñeras. En How I Met... termina siendo el abuelo materno quien cuida al niño, y en Friends, creo que al final se reparten entre niñeras, abuelas y tías (todas mujeres, no sea cosa que Ross vuelva a sufrir porque un hombre cuide a su hija).
    c) jardín maternal estatal → son escasos, muy escasos. En la Ciudad de Buenos Aires, los maternales de gestión estatal son pocos, y sabidas son las dificultades para conseguir vacantes. Las comunas que menos jardines maternales tienen son la 9 (Liniers, Mataderos y Parque Avellaneda, con 4 maternales públicos), la 2 (Recoleta, 5 jardines), la 15 (Parque Chas, Villa Crespo y Chacarita, 5 jardines) y la 6 (Devoto, Villa del Parque y Villa Gral. Mitre, 6 jardines) (Datos de http://www.buenosaires.gob.ar/areas/educacion/establecimientos). Para paliar esa falta, el Ministerio de Desarrollo Social gestiona los 62 Centros de Primera Infancia (CPI), que ofician como pseudo-jardines por fuera (al costado, digamos) del sistema educativo y de su regulación. (http://www.buenosaires.gob.ar/desarrollohumanoyhabitat/consulta-de-establecimientos)
    d) jardín maternal sindical o de la empresa → en algunas empresas, y en distintas reparticiones estatales, hay jardines para los hijos de los empleados y empleadas. A veces también son gestionados por los sindicatos para sus afiliados. Suelen tener cuotas accesibles y cercanía, si no al domicilio, al lugar de trabajo de uno de los padres. En ciertos empleos, ante la falta de jardín “propio”, se paga un “plus por jardín maternal”, que de todas maneras no alcanza para cubrir la opción siguiente...
    e) jardín maternal privado → también son caros. En Buenos Aires dependen mucho del barrio, y de la más cruda oferta y demanda. Si en la zona no hay jardines, es más caro. Si en el barrio hay muchas oficinas y padres trabajadores, es más caro, etc. No suelen tener subvenciones. Algunos colegios grandes abren la salita de 2 ya con cuotas más accesibles, pero hasta ese entonces uno se acomoda como puede. La cuota de un maternal puede equivaler a una maestría en una universidad privada top.

    En este panorama, en muchos casos, los números no cierran. Y comienzan los malabares financieros y organizativos para congeniar maternidad, paternidad y trabajo. ¿Cómo hacemos? Conozco ejemplos de todas estas opciones, hay tantas posibilidades como diversidad de familias, mujeres y trabajos.

* Madre y padre trabajan todo el día, y requieren de niñera, jardín jornada completa, red familiar (rentada o no) o una combinación de las tres. Hay doble ingreso, sí, pero el costo del trabajo es alto.
* Madre que reduce su carga horaria, trabaja part time, y cobra en función de eso: más tiempo en casa, menos sueldo; el cuidado se reparte también con niñera, familiar o jardín. Algunas profesiones lo permiten, la docencia es el mejor ejemplo. No por nada es una profesión tan feminizada.
* Madres que deciden renunciar a sus empleos porque no les rinde. El costo de trabajar es demasiado alto. Pero no todas están en condiciones de hacerlo. En algunos contextos y en algunas familias, mantener ambos salarios es fundamental.
* Madres que empiezan a trabajar desde su casa, en alguna profesión que lo permite, o emprendiendo un pequeño proyecto de trabajo manual. Admirable, para mí, que siempre fui un queso y me fundiría en dos minutos haciendo tortas, decoración, costura u otros oficios que requieran cierta destreza.
* Madres que dejan de trabajar por un tiempo, que deciden volver al ruedo cuando los chicos son un poco más grandes, y que cuando lo intentan encuentran un mercado muy distinto al que abandonaron años antes (véase The Good Wife, por ejemplo, donde Alicia vuelve a trabajar como abogada tras años de dedicarse puramente a la familia. En ese caso fue porque el marido estuvo involucrado en un escándalo sexual, no lleguemos a tanto!)
* El trabajo repartido entre ambos padres, donde se divide de manera más o menos equitativa la carga horaria entre el trabajo del hogar y afuera de casa (aunque no necesariamente ambos ganen lo mismo).
* El más difícil para mí, el que aún no comprendo cómo hacen → las madres solas (solteras, o separadas, o divorciadas, o viudas) que se encuentran casi sin ayuda ante la tarea de criar a los hijos. Trabajo, crianza, cuidado... y muchas veces con un padre totalmente borrado que no aporta una moneda. Malabaristas permanentes, con una carga emocional extra.
   
    Dejé de lado los aspectos subjetivos, que por supuesto también inciden en estas decisiones: no es (solo) una cuestión económica. Muchas familias deciden trabajar menos para compartir más tiempo con los hijos, en su primera infancia, y es una opción tan válida como todas las demás. También hay mujeres, cada vez más, que conociendo (o imaginando) todas estas dificultades deciden no tener hijos, porque prefieren priorizar sus carreras profesionales. Hay quienes las tildan de egoístas. En mi opinión, son sensatas. Saben que hay que poner una pausa, a veces muy larga, en un mundo del trabajo donde entrar y permanecer cuesta cada vez más.
    También veo muchas miradas de reojo y con recelo: “trabaja demasiado porque no le interesan los hijos y compensa con muchos regalos” o “qué dejada, abandona todos sus sueños por criar pibes”. Tras esas frases está la nube negra que nos persigue: hagamos lo que hagamos, no falta el que opina sobre nuestras decisiones familiares, reproductivas y personales.
    Sabemos que esta disyuntiva entre familia y trabajo es fundamental en las mujeres, pero no así en los hombres. Dudo que en una entrevista laboral a un hombre soltero de unos 30 años le pregunten si está en sus planes ser padre pronto.
    En fin... trabajar y tener hijos, en las condiciones actuales, es EL tema a resolver; el tema que cae como balde de agua fría cuando el niño ya nació y tenemos que decidir cómo/quiénes/dónde cuidarlos (cuántas angustias, sumadas al descalabro hormonal y a la falta de sueño de las primeras épocas!) Es un problema que cada familia resuelve más o menos como puede (familia nuclear, familia ampliada cuando involucramos a tíos, abuelos y primos lejanos en el cuidado). Pero es también una cuestión económica y política: arrojarla puramente al ámbito privado es lavarse las manos. Es parte fundamental de las luchas de las mujeres por la igualdad. Y pensar que el problema es que “ahora las mujeres quieren trabajar cuando les corresponde estar en la casa” es, a esta altura del partido, insostenible.

miércoles, 31 de agosto de 2016

A veces no es tan fácil

Hace dos años anunciábamos en Facebook que se venía el bebé en camino. El embarazo transitaba por la semana 10, faltaba poquito para terminar el primer trimestre y el "tiempo prudencial" que se recomienda para los anuncios (básicamente porque las primeras 12 semanas son las más riesgosas en términos de la continuidad del embarazo, es decir: lo podés perder). Ya muchas personas del entorno más cercano sabían del bebé en camino, y usamos esa red social para compartirlo con todos. Después de las fotos divertidas, los comentarios y la lluvia de felicitaciones, publiqué el texto que vuelvo a compartir ahora. Sentí necesario escribirlo como desahogo después de tantos meses de espera. "Tantos meses": casi dos años de búsqueda, que incluyeron incertidumbre en los diagnósticos, estudios, terapia, tests de ovulación, pastillas, inyecciones, vitaminas, evatest fallidos y dos evatest positivos. Uno de ellos fue solo eso, un test. El embarazo se detuvo en sus primeras semanas y viví los días más tristes y desgarradores de mi vida. El otro fue un test, después una ecografía, después otra, y después todo lo lindo que vino con un embarazo sano y un bebé feliz. 
Decía: después de anunciar la buena nueva, compartí este texto para desahogarme, para no ser careta, ya que detrás de la noticia había una historia que contar.

31 de agosto de 2014

Aprovecho que tengo su atención (ya sabemos que cuando nazca nuestro hijo se va a robar todas las miradas jaja) para compartir algunas reflexiones que tengo dando vueltas hace un tiempo en la cabeza. Uno usa Facebook para compartir distintas cosas, videos, fotos, buenas noticias, pero casi siempre se guarda las malas, los momentos difíciles o las complicaciones. Si nuestra biografía fuera solamente la que mostramos acá, estaríamos ocultando un montón de cosas, y daríamos la falsa impresión de conseguimos todo al toque y/o fácil y lo nuestro es puro éxito. Pues no. 
A veces hay caminos que cuesta transitar, situaciones más difíciles y donde nos sentimos más solos; empezamos a conocer estadísticas que desconocíamos, y descubrimos que es más común de lo que pensábamos tener dificultades para concebir un bebé. También descubrimos que "dificultades" no significa "imposibilidad", que hay distintos problemas y distintas posibles soluciones. Hay mucha gente que pasó o está pasando por lo mismo, gente que luchó para que la ley y las obras sociales reconozcan estos problemas y siguen peleando para que la conseguida ley se cumpla. O parejas que tal vez lo estén transitando ahora y se sientan solos: sepan que no lo están. 
Por suerte nuestras dificultades no requirieron de mucha complejidad para solucionarse y pasado cierto tiempo logramos lo que buscábamos. Visto de lejos es poco tiempo... pero en su momento parecía una eternidad. 
Esto es algo que en los medios y en la ficción casi no aparece (Chandler Bing querido! Podrías haber intentado tomando vitaminas!!) y de lo que se habla poco, y mal (capítulos de policiales que estigmatizan a las mujeres con problemas de fertilidad o que hablan con horror de los cientos o miles de "hijos" que tiene un hombre que donó esperma). Tal vez no se hable por pudor, tal vez por no querer meterse en la intimidad de los demás (cosa rara, porque llegada cierta edad -en especial de las mujeres- la pregunta del "para cuándo!" se repite). 
Dicho todo esto, muchas veces cuando una mujer queda embarazada se siente tan feliz que quiere que toooodoooo el mundo se embarace y tooodooos sus amigos tengan hijos. Tal vez en algún momento me ponga así de densa (culpo a las hormonas, obvio); pero hoy simplemente puedo decir que mi más sincero deseo para todas las mujeres que me leen es que respeten, y se respeten, sus deseos y decisiones. Nadie más que una, o una y su pareja, puede y debe decidir si quiere tener hijos, cuántos, y cuando.

domingo, 14 de agosto de 2016

Creciendo

Hace varios meses que no escribo en el blog. No porque no tenga ganas, sino porque, por lo general, no tengo tiempo. Volví a laburar a full fuera de casa, y el pequeño arrancó el jardín maternal. Nuestras mañanas son una vorágine de preparaciones y de salir corriendo a trabajar y a llevarlo a la escuela. Nuestras tardes, de siestas, juegos, dibujitos, paseos y tareas del hogar. Nuestras noches, de trabajo conjunto para la cena, el baño y todo ese montón de cosas que hacen a la vida cotidiana con un deambulador. Y las post-noches (?), el momento temido de "hacerlo dormir", acción que puede ocurrir en una feliz media hora o que puede tenernos al borde de los nervios por el tiempo que insume (1 am, poner el despertador y ver que dice "la alarma sonará en 5 horas y 30 minutos...")

En fin: si la vida con un bebé te transforma por completo, la vida con el deambulador te hace correr como nunca. Se largó a caminar hace unos meses y los avances en su motricidad me dejan con la boca abierta: caminar a los tumbos, caminar con equilibrio, caminar y dar saltitos, bailar, ponerse en puntas de pie, hacer un trotecito, subir escaleras gateando, subir escaleras de la mano, bajar escaleras con ayuda, y el más temido: trepar. Trepar al sillón, trepar a sus padres, trepar a la cama, trepar a las sillitas. Cuando estamos en casa, todo está bajo un relativo control, y cuando está en el jardín, también: ambientes controlados y adaptados para pequeños exploradores. Fuera de casa, el mundo es un maravilloso lugar para investigar, y para escapar de mamá por un rato. Si tener un gateador implicaba un desafío a la hora de cocinar, el desafío ahora es andar por la ciudad sin que se escape. Dejarlo moverse, dejarlo conocer y pasear sin hacer destrozos, sin tirar al suelo todos los productos de la góndola, sin ensuciarse por demás. ¿Lo retamos por todo? ¿Lo dejamos hacer de todo? ¿Lo sobreprotegemos? ¿Lo descuidamos? ¿Le estamos generando un trauma terrible? ¿Lo estamos malcriando? Nos hacemos estas preguntas y no tenemos respuesta, tal vez porque no la haya, tal vez porque vamos descubriendo nuestras formas de ser padres a medida que se nos presentan las situaciones.

Avanzar en la motricidad, además, no es sólo dominar el arte de la caminata. Es pararse y agacharse, es agarrar y tocar, poner y sacar cosas de lugares, interactuar con los juguetes, con la tele (saludando a cada programa de tv cada vez que pasan los títulos finales), con la tablet (buscando dibujitos en YouTubeKids), con las cosas que no son juguetes (tachitos de la cocina, manijas de los muebles, imanes de la heladera), con los objetos que usamos nosotros (si me ve con el control remoto quiere control remoto, si me ve escribiendo quiere dibujar, si me ve barriendo... quiere jugar con la basurita que barro). Caminar es estar en el mundo de otra manera, y tener miles de nuevas posibilidades para explorar.

De marzo para acá, para mí fueron unos meses de mucho trabajo y poca escritura. Para él, fueron meses increíbles de desarrollo y descubrimiento. Todo lo que diga me suena a aforismo maternal barato, a frase de Doña Rosa o a publicidad de productos para bebés (pufffffff qué mercado increíble). Pero es cierto que crecen rápido, que cambian de un día para otro, que aprenden todo el tiempo de todo lo que ven, y que ellos mismos se ponen desafíos y tratan de lograrlos. 

Ya se despertó, ya pasó mi ratito de escritura, de hilvanar ideas para próximos posts que quién sabe cuándo podré publicar. Arrancamos otro día más, lleno de juguetes, de piruetas, de tratar de entender qué quiere, de repartirnos su cuidado mientras intentamos desarrollar actividades de adultos, otro día agotador, intenso y lleno de cosas nuevas.

martes, 22 de marzo de 2016

Un día como hoy

No necesito de Facebook para recordar que hace un año nos estábamos despidiendo de la panza y preparándonos para recibir al bebé. ¿Un año? Pero ¿cómo que pasó un año? Aun resuena en mis oídos la voz de la partera diciendo "ahí viene, ahí viene", y la bajada de la cortinita y verlo ahí, por primera vez, chupándose la mano, con sus cachetitos inflados. ¿Un año? Pero si aún tengo el cansancio de aquellos primeros días, esa sensación de "yo no voy a poder con esto, en qué me metí"... 

Y sí. Ya pasó un año. Hace un año pasábamos el último fin de semana antes del nacimiento de nuestro hijo. Mirábamos Game of Thrones, bailábamos al ritmo del reggaeton de los vecinos y nos indignábamos con el arquero de Boca quebrando a un rival. Esos días, desde el balcón veía los árboles del barrio ir poniéndose amarillos y caía en la cuenta, "ya está, ya llega el otoño, ya llega la fecha, ya viene el bebé". Vuelven a ponerse amarillas las hojas y me agarra la emoción de nuevo. Leo en el cuaderno de comunicados del jardín maternal la letra de una canción de bienvenida al otoño y me pongo a llorar... pensar que hace dos años arrancaba el otoño con malas noticias médicas y parecía que el bebé no iba a a venir nunca. Pensar que hace un año estaba por nacer y ahora ya estamos con la adaptación del jardín. ¿Pasó rápido o pasó lento? No lo sé, sólo sé que fue un torbellino y que estamos, un año después, con la emoción a flor de piel. Todo se mezcla: el cansancio cotidiano, el comienzo de las clases (de él y mías), el estrés del cumpleaños (y yo que me hacía la superada, "no me voy a poner nerviosa por el cumple de un año del nene", sí, sí, contate otro) y la emoción de recordar todo aquello. Lo miro dormir y no puedo creer que sea tan perfecto, lo escucho jugar con su papá y los ojos me brillan otra vez. 

Fue y es agotador, para qué negarlo, ya lo escribí muchas veces. Pero en ese agotamiento lo vamos acompañando: él descubre el mundo y nosotros lo re-descubrimos jugando en el pasto, aplastando bolitas de tierra, probando texturas y colores y dándole literalmente una mano para que empiece a caminar. Y acá, casi un año después del terremoto que sacudió nuestras vidas desde los cimientos, vamos haciendo equilibrio en esta aventura de andar juntos por el mundo. 

Seguiría escribiendo papelitos toda la tarde, pero me voy a preparar las bolsitas con sorpresa para el jardín (!!!) y a hacer todo lo que hay que hacer mientras el pequeño duerme su siesta. Gracias por leer a esta madre emocionada! :-)



martes, 1 de marzo de 2016

Solas

Matan a dos chicas en Ecuador. Dos mujeres que cometieron el terrible pecado de ser jóvenes y querer ser libres. Dos mujeres que estaban cumpliendo el sueño de viajar, de conocer, de adueñarse del mundo en el que viven, de desplegar sus alas. No las conozco, no las conocí, no sé mucho sobre ellas, no sé si estudiaban, si trabajaban, si dormían en hostels o en carpa, si se habían pagado el viaje ahorrando por años o si sus abuelos habían colaborado con plata para la aventura. No me interesa saber cómo estaban vestidas cuando las mataron. Si habían salido de noche. Si preferían ir a surfear a la playa bien temprano a la mañana. A los que se alimentan de sangre, tampoco: lo que importa es saber qué hacían sin "alguien que las cuide" en "un lugar tan peligroso". 

Dicen que estaban solas. No. Estaban juntas. ¿Y si hubieran estado solas, qué? ¿Si se hubieran separado al menos por un rato, una para ir a comprar comida mientras la otra se daba un baño? Resulta que por ser mujeres no podemos andar acompañadas de otras mujeres. ¿Por ser mujeres no podemos movernos solas? Viajar solas es peligroso. Esperar el colectivo es peligroso. Tomar un taxi es peligroso. Ir a trabajar es peligroso. Salir a bailar es peligroso. ¿Nos quieren disciplinar con el miedo? ¿Quieren que nos quedemos en casa todo el día? Tampoco es garantía de seguridad, porque ¿cuántas mujeres son lastimadas por sus parejas, esos hombres que supuestamente nos aseguran cuidado y protección? Nos enteramos todos los días de una historia distinta: una joven argentina a la que matan en una playa de Uruguay, una pareja de francesas a las que matan en un paseo en Salta, una chica de Palermo asesinada por el portero de su edificio, otra piba que vuelve en taxi y abusan de ella, una adolescente asesinada por el pibe con el que salía porque había quedado embarazada, otra que aún con todos los cuidados posibles es acuchillada en un café de Caballito... El primer victimario es el asesino, el violador, el abusador, el que creyó que tenía derecho al cuerpo y a la vida de esa mujer. El que esperemos que sea juzgado y castigado en consecuencia. El segundo, el que nos quema la cabeza, es el discurso que los justifica. El "algo habrán hecho" aplicado al género. "¿Pero vos qué hiciste para que te peguen?" El tercero, la justicia que revictimiza. Quieren inocularnos el virus del miedo, para que no nos animemos ni a respirar. Quieren que seamos mujeres sumisas, hijas obedientes, novias entregadas, esposas devotas, madres sacrificadas, consumidoras activas de todo lo que implique cuidado.

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Viajar es maravilloso; yo nunca me canso de explorar. Me encanta conocer lugares nuevos, sacudirme los prejuicios, perderme en una ciudad, charlar con gente de otras tierras, en otro idioma, o tal vez conocer una rutina totalmente opuesta a la nuestra... Viajar en pareja es hermoso, muy romántico, muy divertido. Es lindo compartir buenos momentos de un viaje en familia. Viajar con amigas, ni hablar. Pero viajar solas también está buenísimo. Es una experiencia totalmente diferente, muy recomendable para hacer al menos una vez en la vida. Movernos por un lugar sin negociar con nadie, depender de las ganas propias, del propio cansancio y del de nadie más. Darse más espacio para conversar con gente nueva. Conocerse mejor a una misma. "¿Pero vos la dejas ir sola?" le preguntaron a mis padres cuando, a los 27 (!!!!!) años, me fui a Guatemala. 9 años después de la mayoría de edad y aún creían que necesitaba pedirles permiso. "Pero, estás casada y tu marido te dejó venir?" me han dicho en México cuando viajé, sola, ya pasados los 30. En pleno siglo XXI, como si el acta de matrimonio fuera cederle una "patria potestad" a la persona con la que me casé. Claro que seguro mis papás estuvieron preocupados por mi seguridad, pero eso porque es parte de ser padres y de preocuparnos por nuestros hijos. Claro que con mi marido nos extrañamos. Pero es cierto que a nadie se le ocurre preguntarle a un hombre que viaja si le pidió permiso a sus padres o a su esposa para salir un rato de su casa. A un hombre que explora el mundo y, por caso, sufre un asalto o un delito violento no se le dice "víctima propiciatoria". No se lo juzga porque se lo merecía. No se mira si su camisa estaba demasiado desabrochada o si dejaba ver el elástico de su boxer por arriba del jean. Pareciera que al universo le molestara la existencia de mujeres andando por ahí, trabajando, viajando, disfrutándose a sí mismas. ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Nos recluimos? ¿Dejamos de salir a la calle, andamos sólo cuando hay luz y movimiento, viajamos siempre acompañadas, nos tapamos de pies a cabeza, dejamos de decir nuestras opiniones? Para estar seguras, ¿tenemos que dejar de vivir? ¿De qué nos serviría? ¿O este es el "precio" que hay que "pagar" por esta idea loca de las mujeres de valernos por nosotras mismas? Lo que molesta es que seamos libres. Lo lamento, pero les va a seguir molestando.