viernes, 5 de junio de 2020

Los últimos once meses

Julio 2019. Ezeiza. Me despido de mi familia y me preparo para viajar con mi tía abuela, de más de 80 años, a Italia. Es un viaje que ella tenía pendiente y me propuso acompañarla. Marido e hijo se quedan disfrutando sus vacaciones de invierno, yo me voy con la tía a disfrutar del verano italiano.

Julio 2019. Milán. Después de un vuelo tranquilo y un viaje caótico y demorado en tren, llegamos a Milán. Allí nos encontramos con mi hermana, que vive en Inglaterra y a quien con suerte vemos una vez al año, y luego del reencuentro emotivo le cuento la noticia: está en camino su segundo sobrino o sobrina. Unos días antes de viajar me había enterado del embarazo y me aguanté hasta verla en persona para contárselo. Tenemos unos días de paseo las tres juntas, tía abuela y sus sobrinas, por Milán y los lagos del norte de Italia. Vamos a nuestro ritmo, constante pero tranquilo: la tía mayor, la sobrina embarazada y la otra, recién operada de la mano. No estamos para correr. El calor es agobiante y la temporada alta se hace notar: está lleno de gente por todos lados. Los vagones van abarrotados, nos tocan cancelaciones de trenes, paros de transporte y demoras en aeropuertos. En el “primer mundo” también pasa. Nos despedimos de mi hermana en Milán y seguimos recorriendo: Como, Bellagio, Turín, Génova, Portofino, Cinque Terre y, finalmente, Roma. Aún con el calor y las multitudes, los paseos son hermosos y la comida, espectacular. A los kilos de más que ya tenía le sumo otros kilos nuevos 100% italianos. “Si arranco así el embarazo, ni imagino cómo terminaré”. Mi preocupación, en ese entonces, era el peso. Qué superfluo parece ahora. Quién diría que unos meses después esas calles llenísimas de gente estarían vacías, que Ezeiza estaría sin vuelos, que habría cientos de viajeros varados por todo el mundo, que Milán sería el centro del caos, que Italia sería el espejo en el que nadie se iba a querer ver.

Agosto. Caballito. Ecografía y análisis en mano, mientras espero mi primer control con el obstetra, veo en redes sociales que el peso se sigue devaluando: el día anterior fueron las PASO y el país entero parece dado vuelta. Todo empieza a regirse según los tiempos electorales. Me pregunto cómo será todo cuando nazca el bebé. Ni en mis sueños más delirantes habría pensado que el mundo que encontraría en marzo de 2020 sería este.

Octubre. Buenos Aires. La panza crece, no sólo en Argentina sino también en Inglaterra. Mi hermana también está embarazada. Compartimos a la distancia por videollamada nuestra ilusión, nuestros miedos y nuestro estrés. Nuestro tiempo se cuenta en semanas. El mundo afuera corre, parece no detenerse; corro con él. Mis días están llenos de trabajo, controles médicos, crianza de hijo mayor, nuevos desafíos. El mundo afuera corre, todavía.

Diciembre. Confirmado: dos nenas en camino, la argentina y la inglesa. ¿Cuándo se conocerán las primas? ¿Juntaremos plata para viajar de allá para acá o de acá para allá? Mi panza pesa y ya estoy cansada de correr por la ciudad, pero lo disfruto. Me gusta moverme de un lado al otro, me gusta poder hacerlo mientras imagino a la beba escuchando los sonidos de la ciudad. Me acompaña a dar clases, a tomar exámenes y a los actos y reuniones del fin de sala de cuatro del hermano. Me gusta viajar en subte, mirar la ciudad desde un taxi, corregir en un bar tomando un café, mirar vidrieras de ropa infantil. En Argentina cambia el gobierno. En China, alguien toma la sopa incorrecta y se desata el caos.

Enero 2020. Se confirma mi diabetes gestacional, empiezo una dieta obligada para intentar mantener a raya este problema. Me pregunto cómo seguirá el embarazo, cómo será el parto, cómo impactará en mi hijo la llegada de su hermanita. Pasamos mucho tiempo juntos en la pileta de la abuela, paseando, yendo al cine, comiendo tostados y hamburguesas, haciendo compras para la bebé. Es un verano con pocas noticias: un chancho arrojado desde un helicóptero en Punta del Este, una gripe rara que surge en una ciudad de China. Me llama la atención que le dediquen tanto tiempo en los medios a algo tan lejano. Será que es verano y no hay noticias.

Febrero. Las visitas al obstetra y los controles son más estrictos. Llevar el embarazo hasta el final requiere un esfuerzo mayor al esperado. Con la ayuda familiar para el cuidado de mi niño mayor puedo cumplir con los estudios médicos. La gripe ya es famosa, no es sólo una gripe: es mucho más complicado. El llamado coronavirus se dispersa por el mundo y se habla de cuarentenas, de cerrar ciudades. Me parece un delirio. Cada vez que voy al médico veo más carteles de advertencias, pero parece restringido a quienes viajaron a “zonas de riesgo”. Las ciudades italianas donde anduvimos hace unos meses ahora son zona de riesgo, el epicentro del caos, de lo que ya empieza a llamarse pandemia. ¿Es posible apagar un país? ¿Es posible poner en pausa la vida? Todo parece aún lejano, un problema de otros continentes. En casa nos preparamos para la llegada de la niña. Pasamos los últimos días de febrero reorganizando los muebles y limpiando la casa. Fabri me ayuda a controlarme el azúcar, a volcar los datos en las planillas y me felicita cuando los números dan bien. Ya falta poco.

Primer semana de marzo. Todo se acelera. Diez días antes de la fecha probable, el 2 de marzo, llega Valeria. Un día más tarde, Fabrizio comienza el preescolar: se reencuentra con sus amigos y sus maestras. En el sanatorio recibo las fotos que me mandan abuelos y otras madres: Fabri está a los abrazos con todo el mundo. Está contento. Unas horas después, viene a conocer a su hermanita. Me cuentan que se confirmó el primer caso de coronavirus en Argentina. No puedo pensar en eso. Sólo pienso en recuperarme, en que se prenda a la teta, en que las mediciones de azúcar de la beba den bien, y me pregunto cómo será la rutina cuando Fabri esté en la escuela, marido en la oficina y yo sola en casa con la beba. Esa rutina nunca llega a ocurrir. 
Una amiga que acaba de llegar de Europa me dice que no vendrá a visitarla, que se guardará dos semanas como recomiendan. Yo agradezco, pero en el fondo pienso que un poquito exagera. ¿Tan terrible puede ser esto?
Por suerte, en esos primeros días en el sanatorio y en casa la familia conoce a Valeria, incluyendo a la tía bisabuela con la que, meses atrás, paseamos por esas ciudades de Italia que ahora parecen devastadas. No lo sabemos aún, pero gracias a esos diez días que decidió adelantarse la familia la pudo conocer.

Segunda semana de marzo. Valeria tiene sus primeras visitas al pediatra y la encuentra, por suerte, muy bien. Yo vuelvo a salir a la calle después de la cesárea. Si bien me recupero rápido, cada movimiento me deja agotada. El aire ya se siente raro: la amenaza de la peste es más cercana y en los medios casi no se habla de otra cosa. Las mañanas son agitadas: bien temprano, después de alimentar a la beba, preparamos a Fabri para el colegio. Ya se terminó la adaptación y comienza con el horario habitual. Volver a su rutina lo ayuda a ordenarse, después de la transformación que implicó recibir a su hermanita en casa.
El viernes a la tarde nos preparamos para la excursión: iremos en familia a buscar a Fabri al jardín, para después poder ir juntos al pediatra de Valeria. Es la primera vez en el año que voy a buscarlo. Llego temprano a la puerta, converso con padres y madres. Algunas me abrazan y me felicitan por el nacimiento de Valeria; con otras, mantenemos la distancia. Ya sabemos que hay que evitar el contacto, pero es muy difícil. Fabri me ve de lejos y sonrie. Abraza fuerte a su maestra y cuando salen, también hay abrazo de grupo con sus compañeros. Algunos padres se ponen nerviosos: no debería haber saludos con beso y abrazo. ¿Cómo le decimos a chicos de 5 años que no se abracen? Ya corre el rumor de que suspenderán las clases. Yo no lo creo, ¿cómo puede ser, si hace diez días se dio el primer caso, si son pocos, si esta era una gripe de la que hace poco nadie sabía nada? No me imagino un mundo sin clases. Pero efectivamente, ese fue el último viernes en que pisamos la escuela. Después vamos al pediatra y a tomar la merienda a la casa de mi cuñada. Yo estoy agotada por el esfuerzo y el movimiento; el calor del final del verano se hace sentir, pero disfrutamos del paseo y del encuentro. 
El sábado recibimos más visitas a lo largo del día: estoy feliz de ver a mis amigos y de que nos acompañen en este momento. 
El domingo vamos a la casa de mi abuela: hay gran reunión familiar. Llega la parte de familia que vive en la costa, comemos un genial asado, corremos en el pasto, descanso mientras todos le hacen upa a la bebé. Cambiamos el mate de la tarde por un té, un aburrido té que no tiene el mismo sabor que el mate de los domingos. A la tardecita se le cae el cordón a Valeria. En ese momento, mientras le cambio los pañales y le limpio el flamante ombliguito, el presidente anuncia la suspensión de las clases. Todo se acelera. 

Tercer semana de marzo. Ya sin clases, nos guardamos en casa. La cuarentena no es aún obligatoria, pero nos resguardamos: no hay necesidad de salir más. Sergio y yo estamos de licencia, la bebé está bien, Fabri recibe las primeras tareas vía web. Le avisamos que tenemos que suspender su fiesta de cumpleaños, programada para la semana siguiente. Trato de no llorar mientras se lo digo. Al final de esa semana, se decreta la cuarentena obligatoria y sólo podrán salir a trabajar algunos rubros esenciales. ¿Es posible ponernos en pausa? Algo así nos ocurre. A partir de ese momento, nuestro mundo casi se detiene, la vida transcurre en otro tiempo y en otro espacio, un espacio mínimo, un espacio íntimo. El hogar, y nada más. Los encuentros de las semanas anteriores no volverán a repetirse, quién sabe por cuánto tiempo. Escribo esto cuando comienza el confinamiento y ya parece escrito hace una vida atrás 

Abril. Esto se alarga cada vez más. Sergio vuelve a trabajar, pero desde casa. No hay idea de cuándo volverán las clases. Salimos una vez por semana a hacer compras básicas. Planificamos bien las comidas para no tener que volver a salir por un olvido. Nos pusimos en pausa, pero no del todo. La vida sigue pasando. Yo sigo atravesando el puerperio, así como otros atraviesan duelos, cambios, embarazos, nacimientos, crecimientos, viajes suspendidos, familias partidas que no pueden reencontrarse. Amigas y compañeras de trabajo tienen sus bebés en cuarentena. Ni siquiera los abuelos los llegan a conocer. El 22 de abril, tras 36 horas de trabajo de parto y angustioso acompañamiento virtual, nace en Inglaterra mi sobrina. La pandemia pegó con más fuerza allá que acá, y mi hermana sólo está un día internada: le dan de alta rápido para que esté el menor tiempo posible en el sanatorio. Su pareja puede acompañarla en el parto pero no puede quedarse a dormir la primera noche. Mi hermana se convirtió en madre a miles de kilómetros de su familia argentina, en medio de una pandemia y sin la presencia de su familia política inglesa. 

Mayo. Acá seguimos, empezando una nueva etapa. Como dijo Victoria en este post , yo tampoco puedo pensar. Transcurrimos, nomás. Hibernamos. Hablamos con amigos y familiares, mandamos fotos, posteamos en redes sociales. Muchos están absorbidos por las tareas virtuales, desde la primera hasta la última hora del día. Muchos otros salen a trabajar a un mundo completamente diferente. Yo atravieso la licencia por maternidad más extraña que podría haber imaginado. Los únicos proyectos en los que puedo pensar son de muy corto plazo: la lista de las compras, la receta que estoy probando, el cuidado de los chicos, lograr ver un capítulo de una serie, escribir este post que me lleva semanas. Vamos día a día, hora a hora. El ánimo de todos pende de un hilo. Recuerdo mi vida en febrero y me parece otra vida; ni hablar la vida del julio pasado, cuando el embarazo comenzaba y nadie tenía idea de lo que se venía. 

Junio. Inicia un nuevo mes, faltan sólo días para el invierno y seguimos en casa. Llevamos 80 días en cuarentena y llegaremos a los cien. Hubo algunos cambios, pudimos salir a caminar por el parque de la mano, pero sin juegos de plaza ni interacción con otros niños. Es salida “recreativa” aunque de recreación no hay mucho. La beba ya tiene tres meses, de los cuales dos y medio estuvo encerrada en casa. Somos su mundo entero, y es abrumador. Algunas actividades vuelven, otras siguen limitadas. Tenemos nuestra rutina de cuarentena y nos acostumbramos a ella. Da miedo salir. El recuerdo de los meses previos al caos es cada vez más lejano. Tal vez por eso escribo, no por creer que mi historia sea excepcional sino para no olvidar aquella vida que ahora parece tan lejana, y para pensar que algo de eso aún puede volver, a pesar de los cambios. Para poder contarle a Valeria cómo fue era el mundo cuando nació. 

Escribo para cerrar este post y borro. Escribo y borro. No hay cierre. Las preguntas de los meses anteriores no tienen respuesta. No puedo aún imaginar el final de esta pesadilla.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Puerperio

Escrito hace una semana. Recién ahora estoy con ganas de sentarme frente a la computadora para editar y revisar. La urgencia del confinamiento por pandemia altera todos los planes, e incluso nuestra nueva y pequeña rutina. ¿Publico igual? Sí... pandemia y puerperio se superponen. En eso estamos.

Madrugada. Quiero escribir, quiero dejar salir las ideas. Pero no me da el cuerpo. Aún me cuesta levantarme. La beba llora y el padre le cambia el pañal. Me siento en el borde de la cama y logro prenderla a la teta. Se calma. Vuelve el silencio. Miro el reloj, 2 de la mañana. Hago la cuenta de cuántas horas dormí. El corpiño se moja. Al terminar, voy a la cocina a buscar agua y comida. Chequeo la habitación del hermano mayor. Duerme tranquilo. Mejor, mañana madruga para ir al cole. Miro dormir a la beba. Está en posición fetal. Las manitos en su cara, como se veía en las ecografías. Hace unos días todavía estaba así, dentro mío. En ese espacio que ella habitó ahora hay tirones, dolores, ruidos. Todo vuelve a su lugar. El proceso cuesta. Me arde la herida. Me cuesta ir al baño, pero voy. Me cambio los apósitos, las pérdidas siguen. La miro dormir y lloro. Miro el reloj, ya son más de las 3. Mejor vuelvo a la cama. 

Meconio. Apósito. Calostro. Pezonera. Protector mamario. Entuerto. Loquio. Puerperio. Las palabras que rodean a esta etapa son sonoramente feas. Debería ser un indicio. Me siento mal, siento que de golpe me cae una tonelada de cansancio encima. No debería quejarme, todo salió bien. Los cuidados valieron la pena y la bebé nació súper sana. La cesárea fue linda, dentro de lo lindo que puede ser ir al quirófano. Fue tranquila. No temblé tanto. Estuve siempre con ella en la internación. Los temores se fueron disipando y salimos de alta muy bien las dos. La leche bajó rápido. "No debería quejarme", pienso, "todo salió bien", y sin embargo acá estoy haciendo catarsis, con algo de culpa, porque me quejo de llena. Hay gente que lo pasa peor, es cierto. Pero tampoco estoy en un allinclusive del Caribe. Me pongo algo egoísta, también tengo derecho a quejarme. Es que el cuerpo me molesta y, aunque me recupero rápido, me canso rápido también. 

No tengo paciencia. A duras penas me alcanza la paciencia para mis hijos. Me enojo más fácil que nunca, contesto mal a la gente que me rodea y que me ayuda. Lloro porque no tengo más paciencia, deberían incluir muchas dosis de paciencia en el plan materno infantil. Tengo que hacer trámites. Sacar turnos. Organizar la agenda de visitas médicas. Las mías. Las de hijo mayor. Las de hija menor. Tramitar el documento. Tramitar la credencial de la obra social. Revisar qué pasó con la autorización pendiente. Cordinar horarios con marido. Sigo anotando cosas en la agenda. Alguien se refiere a mi licencia como "vacaciones". JA. 

Ya lo pasé una vez. Sé que pasa, pasa como pasó el embarazo, como pasaron las náuseas, la acidez, el dolor de espalda y las contracciones. Pasa como pasaron también las partes lindas, esas que sí fotografiamos, donde lucimos la panza, las que compartimos, las instagrameables. Sé que pasa y que me voy a sentir mejor, pero hay que atravesarlo. Me ayudaron todos, desde la familia cuidando y acompañando al flamante hermano mayor, hasta las enfermeras que me explicaron todo y me fueron dando claves para la recuperación. No sé cómo hacen las que no tienen ayuda. Mientras escribo esto me pica la garganta y toso. No quiero toser porque me hace doler la panza, pero toso igual. Tomo conciencia de cada parte del cuerpo que molesta. Se me hinchan los pies, la vejiga se infla, los gases molestan, el útero se deshincha, las tetas se llenan. Ya se tiene que despertar la beba. 

Escribo en cuotas, cuando puedo. Planifico a qué hora bañarme, no quiero estar sola en casa cuando lo hago por si me siento mal, todavía me cuesta. Necesito que marido me haga de enfermero y cambie las gasas de la herida. Pero en el medio algo pasa, y luego otra cosa, y el baño que sería a las diez termina siendo a las dos, y me doy cuenta que me olvidé de tomar el analgésico porque todo duele de nuevo. 

Se despierta y jugamos mientras la cambiamos, lo más rápido posible, no sea cosa que se moje en el cambiador. Le hablo aunque recién está descubriendo todo y no entiende qué le digo, "correte para acá, movemos este bracito, estiramos la pierna", como si lo fuera hacer. Pero ahí vamos. Empezamos a comunicarnos. La agarro a upa y huelo su cabecita. Tiene un olor embriagante. Acaricio sus cachetes como tanto soñamos cuando la veíamos en las ecografías. Se prende en la teta. Tengo que lavar este corpiño, mejor busco una babita limpia, a ver cómo la acomodo para que no se caiga. Con una de sus manitos se sostiene la mandíbula. Con la otra, me doy cuenta, me está acariciando. Vamos conectando de a poco. Nos comunicamos como podemos. Viene hijo mayor medio dormido. "Qué bueno que estés mejor, mamá". Lloro otra vez. En mí llanto hay preocupación, me siento mal porque él estaba preocupado por mí; hay agradecimiento; hay miedo; hay orgullo, culpa, cansancio, enojo, dolor y felicidad a la vez. 

Nos toca salir a la calle. Llevar a la beba al pediatra es mi primer paseo post parto. Me peino, me maquillo un poco, me vuelvo a poner el collar que me saqué antes de internarme. Cuando lo veo en el botiquín recuerdo el momento en que me lo saqué, justo después de hablar con mi marido y decirle que me venga a buscar, que parece que hoy es el día, que tenemos que ir a la guardia, que creo que rompí bolsa. Me miro en el espejo mientras agarro el collar y me emociono. Arreglarme de vuelta para salir me devuelve un poco a mí misma. El paseo me agota, y eso que anduve poquito. El ruido de la calle me abruma. Quiero volver a la calma del hogar. Pero llego y estoy tan cansada que tampoco la disfruto. 

"Dormí cuando ella duerme". No me sale. Pero de algún modo en la madrugada, entre teteada y teteada, me brotan las ideas y necesito escribir, más que dormir. Nada de lo que digo es nuevo. Seguro estoy plagiando a alguien. Solo escribo para sacarme ideas atragantadas mientras transito esta etapa, para exorcisar. Y pienso en la lista de las compras. Faltan pañales, gasas, apósitos, y más chocolates para cuando ataco la heladera a cualquier hora. 

Segundo paseo: damos vuelta por la ciudad. Llevamos al mayor al colegio. Vamos al sanatorio a ver a mi médico. Me sacan los puntos. Hacemos compras. Todo me emociona, se me aflojan las lágrimas. Pasar por los lugares donde pasé embarazada, ver los lugares donde tuve miedo, alto riesgo, medir el azúcar, pesarme, pesarla, ir a la guardia, repetir estudios, infectóloga, volvé mañana, sacá otro turno... la intensidad de las últimas semanas quedó atrás. Fue hace poco pero fue hace otra vida. Lloro de nuevo en cada paso del camino.

La vez anterior recuerdo que escribí: siento que me rompí toda y ahora me tengo que reconstruir otra vez. Ahora me siento parecido, pero más leve. El segundo puerperio es tal vez menos intenso pero más caótico. Ahora no me rompí toda, ahora quedé algo machucada y tengo que volver a acomodarme. El puerperio pasa. La beba queda. La vemos dormir, la vemos abrir los ojos, vemos a nuestros hijos crecer. Lloro de nuevo, la emoción cubre todo.

viernes, 3 de enero de 2020

Una nueva aventura

Arranco el año sentándome frente a la compu, en una mañana fresca y con los ruidos del día apenas comenzando. Hace meses que quiero escribir y las urgencias me llevaban para otro lado. Un segundo semestre de 2019 de mucho trabajo, reuniones laborales, reuniones de padres, visitas al pediatra, trámites, y todo acompañado de una panza que se hizo notar bien pronto: ahí empezaba a crecer nuestra beba, ahora le faltan un par de meses para salir a este lado del mundo. Me acompañó dando clases, viajando por la ciudad, andando de un lado para el otro. Más allá de las molestias clásicas y del cansancio arrollador que me atrapa por las noches, venimos súper bien e intentando disfrutar esta espera. Voy releyendo los posts viejos, de cuando esperaba a nuestro primer hijo, y pienso cuánto cambió, y cuánto de todo eso volverá: el insomnio, el cansancio, los miedos, la angustia del puerperio, los temores de primeriza que se reeditan como segundiza (?), todo combinado con un hijo que estará asistiendo a su última sala del jardín (cómo que ya hablamos de egresaditos? ¿Cómo?!) 

Cosas que no cambian:

- los opinólogos y opinólogas. Que la forma de la panza, que mejor llevalo a tal jardín, que qué flaca, que qué gorda, que el nombre, que si ponerle aritos... todos tienen opinión formada y todos se empeñan en decírtela. Lo mejor, hasta ahora, fue este diálogo con un taxista:
- Ah, estás embarazada? Qué bueno. Tenés que descansar.
- Sí, sí, por eso ahora en lugar de colectivo estoy en este taxi 
- Claro, pero eso ya es mucho, qué hacés saliendo de tu casa?
- ...
- Y nada de cocinar, eh!
- Jeje, no, ahora le aviso a mi marido que hoy pedimos una pizza
- Pizza? No, nada de pizza, eso es chatarra. Tenés que comer sano. Una sopa. Algo así.
[y así todo el viaje, el buen hombre casi me manda a dormir hasta que nazca el bebé y alimentarme por sonda]

- la acidez y el insomnio: esto de no saber en qué posición ponerme para dormir, que si de costado me da acidez, que para el otro costado las náuseas, que panza arriba me duele la cintura, que este almohadón por acá, ah pero tengo que ir al baño y entonces desarmo la posición que me costó 15' alcanzar...

- caminar como pato: esta vez la panza se hizo notar desde temprano (aunque, como digo yo, lo que hubo fue una redistribución de la gordura) y eso implica dolores de espalda, andar con las piernas más abiertas, imposible sentarme cómoda... La mayor incomodidad la tuve en la sala de espera del obstetra, donde sin ningún pudor me despatarré lo mejor que pude para aguantar sin matar a nadie.

- la sensibilidad: si todo me emociona siempre, ahora se multiplica por mil. Releo esto que escribí antes que naciera Fabri y ya lloro de vuelta. 

Cosas que cambian:

- El tiempo: en el embarazo anterior tuve tiempo para leer, planificar, escribir en el blog, ir a gimnasia, a charlas y actividades para embarazadas. Ahora... bueno, pues ahora tuve tiempo para sacarme selfies.

- Nuevos miedos: que se suman a los anteriores: ¿podré con todo? ¿Cómo llevará el mayor la llegada de la hermana? ¿Nos alcanzará el lugar en casa? ¿Cómo organizaremos los tiempos? ¿Cómo nos repartiremos con los dos niños? Nuevamente: ¿podremos con todo? 

- El aguante: nuestros hijos crecen y nosotros también. Es decir, ya no somos (tan) jóvenes ni nos bancamos todo de la misma forma que hace unos años. ¿Será igual cuando nazca? ¿O reviviremos de alguna manera para aguantar la intensidad de los primeros meses?

De alguna forma nos iremos adecuando y acomodando a esta nueva etapa. Mientras tanto, se vienen los últimos meses de disfrutar la panza, con un hermanito que le habla y la espera y una familia que tiene muchas ganas de verla :-)

miércoles, 6 de marzo de 2019

Un nuevo año

Volvemos a las aulas. ¿Volvemos? Algo así. Volvemos a la historia de siempre: docentes ninguneados, propuestas tardías e insuficientes, la sospecha eterna de que dejan la paritaria docente para fin de febrero para forzar el conflicto y el paro. Venimos de años repitiendo la misma historia, cada vez más cansados, cada vez más enojados. Con ganas de volver al aula, con ganas de conocer a nuestros y nuestras estudiantes, con ganas de trabajar, con ganas de discutir educación, pedagogía, didáctica, currículum, proyectos, equipos y todas las cosas que atraviesan nuestra práctica. Pero con ganas, también, de llegar a fin de mes, porque la vocación no llena la heladera ni carga la SUBE ni compra los libros ni paga los servicios. Es ridículo tener que aclararlo, pero lo hacemos una y otra vez. En una época, a los que tenemos horas dispersas por muchas escuelas se nos decía "docente taxi", pero ahora ni siquiera alcanza para eso. La semana pasada tuve tres mesas de examen en tres instituciones diferentes. Para llegar a todas gasté, entre taxis y colectivos, unos $450. ¿Me alcanzaría la plata si tuviera que hacer eso todos los días? 

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Hace unos días entré a mi blog a buscar unos posts viejos y me dí cuenta que mi última entrada era del 1° de marzo del año pasado. Un año sin escribir acá. Y entonces recordé todo lo que pasó entre ese 1° de marzo y este nuevo inicio: como mamá, del jardín maternal a la sala de 3, de la jornada extendida a la completa, y mil cosas personales más que no vienen al caso; como docente, laburos nuevos, instituciones nuevas, concursos, desafíos, aprendizajes, trabajo y más trabajo (por suerte!), y también mucha (mucha) lucha. Sólo desde el punto de vista docente (dejando aparte las marchas y debates feministas), pusimos el cuerpo cuanto pudimos, y fue mucho. Luchas por el salario, el paro universitario más grande de los últimos años, la pelea contra la UNICaba, la vigilia en la Legislatura, la pelea para evitar el cierre de las nocturnas, enfrentar el recorte por goteo que aplican en todos lados... Llegamos a diciembre agotados. Realmente agotados. No pararon de pegarnos por todos los frentes. En medio de todo esto, ¿qué escribir? ¿Qué sentido tiene incluso esto que estoy escribiendo ahora? Catarsis, balance, reflexión, tratar de darme ánimos para enfrentar el año que comienza. Mientras escribo, darme cuenta otra vez que en esta vorágine de un nuevo marzo nos faltan las palabras de Débora Kozak, y vuelvo a buscarla en los escritos de su blog. Recorro esa página y me lleno de tristeza, por lo rápido que fue todo, por todo lo que quedó sin hacer, por lo doloroso de su partida, pero también de agradecimiento por haber llegado a conocerla y por haber compartido espacios y momentos que en estos contextos se valoran mucho más. Y también me lleno de admiración. Desde diciembre que quiero escribir sobre ella y no puedo, hasta que vuelvo a leerla y encuentro ahí las palabras que busco: "Por qué elegir hoy ser docente"  , siempre tan clara en su defensa de la profesión, en la enumeración de cosas positivas de nuestro trabajo. 

***

El 2018 nos agotó, sí, pero también nos ayudó a crecer. La lucha contra la UNICABA nos dejó, a pesar de su aprobación en la Legislatura, enormes debates y una construcción y solidaridad que son hoy la principal fortaleza de los terciarios de la Ciudad de Buenos Aires. El entusiasmo se respira en las aulas, esas que los altos funcionarios jamás pisaron. Ahí seguiremos construyendo, en el aula y en cada espacio donde nos encontremos. Con las palabras de Débora y de tantos otros compañeros y compañeras como guía, seguimos trabajando; retomando la frase que nos guió todo el año pasado: nos quisieron enterrar pero no sabían que éramos semilla. 

jueves, 1 de marzo de 2018

Adios maternal


Hace cuatro años empecé este blog a manera de pequeño proyecto personal, de espacio donde compartir historias (reales o inventadas, propias o ajenas) y donde matar un poco el tiempo. Sin quererlo se convirtió en un diario de viaje y, en simultáneo, en un diario de maternidad. Pero no es un blog de viajes ni un blog maternal, con algo de cuentos y un poco de educación. No me interesa promocionarlo ni especializarlo ni volverme influencer. Me interesa compartir.

Hoy comparto una sensación agridulce que me acompañó durante el mes de febrero: el adios al jardín maternal. ¿Pero cómo adios, si hace dos años escribía esto? Allá lejos quedan las dudas iniciales, maternal sí o no, dónde lo mando, el “casting” de jardines, las entrevistas y averiguaciones. Un poco más acá, aquellos primeros días, el caos de horarios de la adaptación y los nervios. De a poquito se fue instalando una rutina que se volvió agotadora y disfrutable en partes iguales: preparar la ropa, la vianda, revisar el cuaderno de comunicados, conseguir los materiales que nos pedían, comprar la fruta o las galletitas. Llevarlo y traerlo, disfrutar la caminata de ida en las mañanas por el parque y padecerla los días de lluvia sin suficientes manos para cubrir todo. Primer año en carrito, segundo año en colectivo. Primer año compartiendo una mega siesta después del jardín, segundo año de negociar upa o caminata en la subida por la escalera. Primer año de llanto desconsolado cuando subió al escenario en el acto final, segundo año de llorar de emoción al verlo feliz saltando con sus compañeritos y maestras en la fiesta de cierre.

Durante todo febrero volvió al maternal para el último mes de colonia de vacaciones. Entre feriados, demoras en las obras del jardín, ausencias por fiebre y otras delicias cotidianas, febrero se hizo mucho más breve de lo que ya es. Y acá estamos, guardando para siempre el guardapolvo pequeño y la mochilita de tela. Llorando, como no podía ser de otra manera, mientras preparo la ropa para empezar un nuevo año en un nuevo lugar. Es difícil escribir sobre el maternal sin volverme cursi, pero realmente es impagable la tranquilidad de saber que dejás a tu hijo en un lugar donde se queda contento. Él tal vez no recuerde los nombres de las maestras que lo recibieron cuando aún no caminaba, ni reconozca las caras de quienes fueron sus compañeritos cuando crezcan. Pero sí, esas son las personas que lo acompañaron durante desayunos, almuerzos, siestas, juegos y bailes durante dos años. Que lo aplaudieron cuando dijo sus primeras palabras y con quienes aprendió a compartir.

Ahora nos espera una nueva aventura. Nos pidieron que en la mochila llevemos una cajita de pañuelos descartables, pero yo compré dos: la otra va en mi cartera. Supongo que el inicio de clases me va a emocionar tanto como la despedida del maternal.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Preguntas apuradas sobre formación docente de una docente en constante formación

Preguntas apuradas sobre formación docente de una docente en constante formación

Es el primer domingo de diciembre, aunque por el clima y por la intensidad de los últimos días parece más bien un atardecer de otoño. Los profesores de la ciudad estamos en pleno cierre de notas y final de cuatrimestre; en este contexto, nos encontramos con la insólita situación de ponernos en alerta por el proyecto de cierre de los Institutos de Formación Docente de la Ciudad de Buenos Aires. Nos enteramos en los últimos días de noviembre, primero por los medios y después por redes sociales, de la propuesta unilateral del Ministerio de Educación porteño de crear una “universidad docente” para “jerarquizar” nuestro trabajo y ¿absorber? ¿eliminar? ¿volar de un plumazo? los institutos públicos gestionados por el Gobierno de la Ciudad: las escuelas Normales, el Joaquín V. González, el Alicia Moreau de Justo, el de Educación Especial... y tantos otros. Estos son los espacios donde se formaron nuestros profesores (maestros y maestras de inicial y primaria, docentes de idiomas, de materias de media, psicopedagogos, maestros especiales, traductores, profesores de educación física...), donde estudian quienes quieren dedicarse a la docencia, donde trabajamos día tras día miles de profesionales. ¿Nos consultaron? ¿Nos invitaron a participar? ¿Nos explicaron de qué se trataba el proyecto? Nada. Cero. Sólo pudimos responder una encuesta falaz y tendenciosa que circuló por todos lados (twits promocionados, redes sociales, encuestas telefónicas y hasta publicidades en apps de juegos) “¿Estás de acuerdo en que la formación docente pase a ser universitaria?” Da lo mismo que responda un especialista en educación, un estudiante de profesorado o un bot. SI/NO. Una falsa dicotomía. Una truchada. Una forrada.
Estallaron las aulas, las salas de profesores y los grupos de Whatsapp. Sentimos que no podemos quedarnos callados ante semejante situación. Estudiantes, docentes y autoridades empezamos a dialogar, por todos los canales posibles, tratando de romper el silencio y el temor que nos generó el baldazo de agua helada de la noticia. En un contexto adverso y tras el cansancio de un año intenso de trabajo y de reclamos, el tema nos agarra con la guardia baja. Pero aún así las redes y los puentes se tienden, y tratamos como podemos de explicar y difundir lo que pasa. Cada uno desde su lugar y con sus capacidades. Este pequeño aporte es más bien una catarsis, es volcar en palabras la angustia que genera esta situación: el peligro que corren nuestras fuentes de trabajo y las trayectorias formativas de nuestros alumnos, el ninguneo a nuestra experiencia y trayectoria. Cuando digo “nuestra” no hablo sólo de mí, sino del recorrido de estas instituciones que quieren cerrar y de la trayectoria de quienes trabajan y estudian en ellas.
Antes que nada, me parece cuestionable la dicotomía en la que nos quieren meter, en la que basan todo su proyecto: “jerarquizar” sería dejar de ser terciarios para pasar a ser universitarios (o sea, ¿mejores? ¿con más exigencia? ¿con más años de cursada?) El debate no puede ser “terciarios no / universidad sí” o “terciarios sí / no a la universidad”. El debate debería ser en torno a cómo mejorar la formación docente (inicial y continua) y a cómo combatir la falta de profesores en la ciudad. Y para esto, hay que demostrar que se conoce el enorme sistema actual, con sus fortalezas y sus debilidades. Pensar en “terciarios sí, universitarios no” o al revés nos pone a la defensiva, cuando en realidad hay tanto por mejorar y proponer. Pero no sirve una participación falsa (encuestas en redes) o convocatorias apresuradas y excluyentes (jornada de pocas personas con el proyecto ya cocinado). Se necesita diálogo, se necesitan días de debate en todas las comunidades educativas involucradas, se necesitan mecanismos para elaborar propuestas concretas para tratar de mejorar entre todos. Recién ahí, habiendo escuchado a los que formamos parte de estas instituciones, deberían elevarse proyectos a la Legislatura y al Congreso Nacional, debatir en comisiones, escuchar a los actores involucrados y luego, finalmente, votar. Para todo esto se necesita tiempo. Lo trabajamos en las escuelas, en las clases de formación ciudadana, en el trabajo cotidiano: así debería funcionar una sociedad democrática.
Pensaba seguir el texto hablando de mi trayectoria personal, pero en realidad no viene al caso mencionar los puntos más importantes de mi CV. Alcanza con decir que para ejercer la docencia es necesario algo que muchos olvidan, que dejan a un costado cuando los maestros y profesores estamos en el centro de las discusiones (en febrero y marzo, en las paritarias, con el inicio de clases): para estar al frente de un curso [del nivel que sea] es requisito indispensable un título de grado (terciario o universitario), una certificación que nos habilita legalmente para ejercer la docencia. Si hay quienes ejercen sin título es justamente por la falta de docentes, porque hay más cursos que profesores, pero así y todo son estudiantes avanzados del profesorado. Claro que el papelito no garantiza que sepamos dar clases. Pero es necesario, fundamental, indispensable... y no reconocido salarialmente. ¿Cómo puede ser que haya graduados [terciarios o universitarios] que invirtieron años y dinero de sus vidas estudiando que cobren salarios por debajo o apenas por encima de la línea de pobreza? ¿Qué mensaje da esto a la sociedad? ¿Realmente les asombra que falten docentes? ¿Realmente piensan que si faltan docentes es porque es una profesión “terciaria” y “desprestigiada”? Para ejercer como profesores en los Institutos de Formación Docente, además, pasamos por procesos exigentes de selección de antecedentes, donde competimos con nuestros currículum vitae cargados de antecedentes (carreras de grado, posgrados, cursos, artículos publicados, congresos, experiencia docente, etc. etc. etc.), donde pasamos por entrevistas ante jurados y presentamos proyectos de trabajo. ¿Realmente consideran que no estamos en condiciones de realizar un trabajo de calidad en la formación docente?
Acá vuelvo a hablar de mí para comentar algo que aprendí en los últimos años. Si bien mi recibo de sueldo acusa menos de cuatro años de antigüedad docente (de esa que podemos certificar y llevar de un lado para otro y nos garantiza, con el paso de los años, un pequeño porcentaje extra de sueldo), tengo casi diez en ejercicio (en universidades privadas, en secundarios, en seminarios y materias de la Universidad de Buenos Aires, en cursos de extensión). Recién llevo tres años trabajando en el sistema de formación docente de la Ciudad de Buenos Aires. La gente que conocí allí es increíble y aprendo de ellos todos los días: profesionales con muchos años de clase y horas de aula encima, profesores de prácticas, colegas de distintas disciplinas (psicología, didáctica, ciencias naturales, matemáticas, letras, juego, música, educación sexual, teatro, ciencias sociales, educación, filosofía) que estamos ahí con el objetivo común de formar maestros. Las ideas y proyectos aparecen todo el tiempo. Es realmente estimulante ir a trabajar cada semana. Estar allí me hace reflexionar todo el tiempo sobre mi tarea docente en esa y en otras instituciones. Los y las alumnas participan, piensan, interpelan, preguntan. No siento que los formo a ellos sino que me formo con ellos: el aprendizaje es constante. Sería genial que funcionarios, legisladores, comunicadores y especialistas que crucen las puertas de los IFD y vean cómo se trabaja allí. Que les pregunten a los estudiantes cuáles son sus necesidades, qué necesitan para aprender mejor. Tal vez no necesiten una “universidad de prestigio” sino mejores condiciones de cursada, más turnos y aulas, más becas para poder hacer sus prácticas sin tener que trabajar afuera, vacantes para que sus hijos puedan ir a la escuela, acercar los IFD a los barrios en lugar de alejarlos hacia una mega-archi-súper-universidad que les queda a horas de viaje y les hace imposible la cursada.
“Universidad de prestigio”, escribo, y me pregunto qué piensan por prestigio, si creen que el prestigio se consigue poniendo un sello en un papel, emitiendo una ley que crea una Universidad de Prestigio para Docentes del Futuro y así, efectivamente, por arte de magia, la ciudad se llenará de prestigiosos docentes muy requeridos por un sistema educativo floreciente... y prestigioso. El prestigio se gana y se construye, día a día, trabajando y colaborando para que cada vez más gente vea en la tarea docente una profesión deseable. Eso es lo que hacen los IFD de la ciudad, todos los días, en algunos casos desde hace más de un siglo. ¿Para mejorar hay que destruir desde la raíz y fundar todo desde cero? ¿Es esa realmente la manera?
En resumen... En estos días estuve masticando bronca pero también preguntas. Ante todo, ¿Quién dijo que los profesores que estudiamos en universidades estamos más “jerarquizados” que los que estudiaron en terciarios? Mi salario como profesora en media siendo de la UBA es el mismo que el de un egresado del JVG o de cualquier otro terciario, y está bien que así sea: nuestro trabajo es el mismo y nos corresponde igual remuneración por igual tarea. ¿Quién dijo que trabajar en la universidad es mejor que trabajar en un terciario? En mi caso particular es al revés: en la UBA soy ad-honorem y en el terciario cobré desde el primer día. Sin contar que el docente universitario queda por fuera del Estatuto del Docente (¡caramba! Será este un efecto no deseado de esta revolución educativa, o realmente apuntan a eso?) Para crear el proyecto ¿Se compararon tasas de graduación de institutos terciarios y de profesorados universitarios? ¿Se compararon las poblaciones y las condiciones sociales de cada uno? ¿A qué clase de alumno apuntan? ¿A un estudiante de 19 años de clase media, recién salido del secundario, con el apoyo de sus padres y que no trabaja? ¿O a estudiantes de más de 25 años, con familiares a cargo, que trabajan, que en muchos casos están en contextos desfavorables? ¿Se hicieron esa pregunta? Las carreras propuestas, ¿serán de cuatro años o más? Las clases, ¿se dictarán en un solo edificio o en varios? ¿Qué ocurrirá con el patrimonio edilicio de los profesorados? ¿Cómo se gobernará? ¿Cómo será su estructura interna? ¿Quién elegirá a los decanos, a los jefes de departamentos, a los cordinadores, a los rectores? ¿Ya tienen definidos los planes de estudios y los diseños curriculares de las carreras? ¿Habrá materias optativas y seminarios como los Espacios de Definición Institucional que actualmente cada terciario diseña para sus planes de estudio? ¿Por qué no generar más convenios de articulación con las universidades ya existentes: licenciaturas para profesores, profesorados para licenciados, ingenieros, técnicos, posgrados para todos? ¿Por qué el proyecto se presenta a las apuradas, de manera autoritaria, sin instancias reales de debate y participación? ¿Por qué no se convoca a la enorme comunidad educativa de las instituciones terciarias de la Ciudad? Y en un contexto más amplio: ¿qué está pasando con las Universidades Nacionales? ¿Qué ocurre con su financiación? ¿Cómo considera este gobierno (en sus instancias nacionales y locales) a la Ciencia, la Técnica y la Educación? ¿Y a la Formación Docente continua? Viendo el contexto del Conicet, del Infod, de las universidades nacionales, de las escuelas de la ciudad y de los terciarios, no podemos más que preocuparnos.
Las preguntas siguen. El diálogo también. Somos muchos los que estamos en alerta. No crean que porque es diciembre apagamos nuestros cerebros. Los terciarios estamos de pie.








miércoles, 9 de agosto de 2017

Un paseo por el super

En el episodio de hoy: Madre e hijo de 2 en el supermercado.

- Fabri, dame la tablet, vamos a pasear
- No!
- Dale, hijo, vamos. Damela - pequeño llanto. Me ve con la campera y las llaves en la mano y se le pasa. - Vamos, que en un ratito volvemos. Si te portás bien, vamos a la plaza.
- Mhm! - afirma con la cabeza.
- Bajás caminando?
- Mhm!
Baja la escalera de la mano, camina media cuadra de la mano, vamos, qué éxito. A mitad de cuadra se queda parado y me mira. Hay que darle cuerda, hay que cantar. Cantamos "Despacito" para caminar despacio, y luego 1, 2, 3! A correr!!! Corremos. Frena de golpe. Despacito otra vez. A correr. A saltar los obstáculos. La cuadra es larga. Pasamos por la puerta de un colegio secundario y se quiere meter.
- No, Fabri, este es un colegio para grandes. No hagas berrinche, vamos.
Para cuando llegamos al super ya estoy agotada.

- Qué bueno, hay descuento en yogures.
- Wiiiiiiiii! - Grita contento como si entendiera.
Es hora pico en el Día%. Mucha gente. El niño se escabulle mientras miro la letra chica de la promo. Meto los yogures en la bolsa y lo persigo.

Compro las galletitas y la yerba con total tranquilidad. Siguen los éxitos, todo va bien. Vamos al sector fríos. Se quiere meter en la heladera. Reviso la fecha de vencimiento de la bandejita de carne y lo corro de nuevo.

Verdulería.
- Fabri, me ayudás a meter las papas en la bolsa?
- Mhm, pa-pa.
- Papas, sí. - Agarro la bolsita. Fabri agarra la primer papa. Pienso "ah, qué emoción, le estoy enseñando cómo comprar las papas". Mete la cuarta papa con mucho ímpetu, la bolsa se rompe, las papas ruedan. Fabri "wiiii yuipiiiiii" salta re contento y aplaude a las papas rodantes. Buscar otra bolsita, hacerle un nudito, volver a empezar.

Vamos a pagar. Hay mucha gente. Nadie me ofrece pasar antes. El niño es suficientemente grande para meter papas en bolsas, ya no merecemos pasar antes. Sector juguetes. Revisa, pero por suerte no pide. Sector golosinas.
- Fabri, elegí una golosina y después la comés.
Agarra los Rocklets. Me los trae. Vuelve y agarra dos paquetes de M&M mientras señala los turrones. Waaaaa Fabri pará. 
- Esto no, dejalo donde estaba.
Primer berrinche. Se le pasa cuando le doy sus Rocklets y le digo que espere a pagar. Entonces se va corriendo para la salida, para el extremo de la caja donde se supone que ya se pagó, con el paquetito de Rocklets en la mano. Dejo la bolsa en el suelo y lo persigo. Lo traigo a upa. Dale hijo, copate que falta poco, no te sientes en el suelo que es un asco. Empieza otro berrinche. Ya casi nos toca pagar. Pone los Rocklets en la cinta y se quiere ir corriendo para la puerta. Atajo al niño. 
- Hay que esperar un ratito para comer los Rocklets, paciencia que mamá tiene que pagar.
- Tenés tarjeta Día%?
- Sí, acá está. Fabri! Vení para acá! Te pago con débito, puede ser?
- Dale. Bolsita?
- No, gracias. Fabrizio dejá eso que está sucio. 
Pip, pip, pip, pasamos para el otro sector. Embolsar mientras miro que el niño no salga corriendo ni vuelva adentro del super ni se manotee algo ni regrese a buscar los M&M que no le compré ni me afanen la billetera mientras voy mirando cómo va la cuenta.
- Vos compraste milanesas?
- No, cerdo. Digo, ese carré de cerdo.
- Ah, pasame la bandejita. Mirá, se habían cobrado $1300 unas milanesas.
- ¡¿Qué?! Fabri, no salgas. Dejá de tocar las puertitas. Bueno, dale, tocá las puertitas. Contá los números de los lockers. Se hizo el descuento de las milanesas?
- Sí, sí.
Hijo se escabulle hacia las góndolas, entrando al súper de nuevo. Lo corro mientras pasan los últimos productos. Ya ni chequeo si alguien se los lleva. Dejo la billetera arriba de mi bolsa. Vuelvo con hijo a upa. Firmo el ticket con una mano mientras con el otro brazo lo sostengo a upa. Dejo los Rocklets a mano para que los coma en el camino de regreso. Reviso si tengo tarjeta, DNI y tarjeta Día% mientras la que venía atrás mío me empujaba para ir embolsando y ella, a su vez, le decía a su hijo [que a mí entender estaba re tranquilo] "no te traigo más eh! qué hinchapelotas estás!" 
- No se olvide sus tickets de descuento señora
- Ah, cierto, gracias! - No sé ya con qué mano los agarro, si las tengo todas ocupadas.
 
Ni chequeo a ver si se hizo el descuento de los yogures.
 
Volvemos. 
- Querés caminar, Fabri?
- No!
- Querés ir a upa de mamá?
- No!
- Bueno, muchas opciones más no hay.
Lo llevo a upa. Entramos al barrio y lo bajo para que camine. En cada encrucijada de caminos hacia los edificios va señalando cada dirección posible, como cuando mira Dora la Exploradora. En cada esquina le tengo que preguntar "vamos para acá o para allá?" Señala los caminitos correctos. Qué orgullo. Llegamos a la puerta del edificio. Mientras abro DÓNDE ESTÁ FABRIZIO?! Se metió atrás de una columna. Quiere jugar a las escondidas. Ay, dale hijo matame de un susto. Lo busco, se ríe, se vuelve a esconder, se vuelve a reir. No lo niego, es divertido. Pero no doy más. Entramos al edificio. Decime por favor que vas a subir las escaleras caminando y no a upa.
Le doy la mano. Subimos. En cada descanso señala los números de los departamentos y los dibuja en el aire. Yo aprovecho para recuperar el aliento. 

Llegamos al departamento. Corre a jugar con sus autitos. Le doy sus Rocklets mientras guardo las cosas. No doy más. Me tiro en el sillón. Recuerdo que le había prometido ir a la plaza, y recuerdo que me había prometido a mí misma no romper las promesas que le hiciera a mi hijo. Por suerte todavía no reclama. Viene en silencio, me sonríe y me mete un rocklet en la boca. 

Casi dos años y medio. Ternura y cansancio en partes iguales.